Por Carlos de Bustamante

( Passages. Acuarela de Alessandro Andreuccetti) (*)
Cuando inicio el presente artículo (5-II-2015), es Santa Águeda. El día en que la tradición española dice que “hoy” las que mandan, son las mujeres. Desde la forzosa reclusión del Rezongón por los coletazos de la pandemia gripal padecida, no les puedo decir si los bares y restaurantes de Valladolid rebosan de “madames” que celebran, alegres, su Patrona. Ni les puede decir tampoco si la alerta amarilla por frío y nieve, habrá arredrado a nuestras ilustres damas de festejar su día como desde tiempo inmemorial lo han hecho.
Narra el Anuario de los santos -varios tomos magníficos heredados- que Águeda fue una joven virgen cristiana siciliana; la que por rechazar los amores ”sui géneris” del procónsul de Sicilia Quintiliano, ordenó que fuera torturada cortándole los senos hasta que, renegando de su fe, consintiera las pretensiones del libidinoso procónsul del emperador romano Decio. Fue éste el octavo emperador que persiguió a muerte a los cristianos que se extendían imparables por todo el imperio.
En la tortura y con la paz de los mártires, cuenta el Anuario que habló así al procónsul, presente durante el suplicio: “¿No te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno de los que de niño te alimentaste en los de tu madre”? Desde la más remota antigüedad y hasta nuestros días, Santa Águeda es venerada como protectora de las mujeres. ¡Y vaya que si la veneran…! Como que en éste y todos los cinco de febrero son ellas las que mandan.
No sin cierta guasa, canta la jotica maña en la zarzuela Gigantes y Cabezudos del maestro… la parte que recuerdo y más que la memoria no me permite reflejar en este escrito:
“Si las mujeres mandasen
En vez de mandar los hombres
Serían balsas de aceite
Los pueblos y las naciones”.
Continúa la letra con alusión, para mí ciertamente jocosa, a que habría menos guerras… Lo que, con perdón, digo, que no se creen ni ellas….
Como realmente este día (¿sólo…?) mandan de verdad, tal vez una miaja machista no me resisto a recordar lo que es expresión común en los pueblos y naciones de hispanos: “En mi casa mando yo, pero se hace lo que mi mujer quiere”. Y ¿saben…? , digo yo, que g. a D. , porque en el caso del Rezongón al menos , si la mi esposa no mandase, este domicilio desde donde escribo, sería, con perdón por lo malsonsante del dicho, un “revolcadero de monos…” por lo desordenado, claro; y el detalle insustituible del toque femenino en el hogar y su entorno.
Particularmente y extensivo a casi todas las esposas de los militares antiguos (sin descartar, claro, a los modernos, ni a las de los de otras profesiones) han sido tales los avatares sufridos, que curtidas en circunstancias complicadas en extremo, bien pudieran estar sobre un pedestal como auténticas águedas o poco menos. No digo, pues, que sean las “nuestras” caso único, pero lo afirmo porque es lo que mejor conozco.
“Y que conste que no pretendo aconsejar: yo… digo nada más”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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