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Otro cenizo

Tres foramontanos en Valladolid 12 May 2015 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Don Quijote y Sancho Panza. Óleo de José Jiménez Aranda en pintura.aut.org, 29,5 x 42,5 ) (*)

A alguien he oído comentar que para que a uno le concedan un premio nacional es condición casi obligada ser algo cenizo, y cuanto más, mejor. Ocasión pintiparada es, por ejemplo, el premio de las letras españolas en un año dedicado al genio de nuestra literatura. Sí, ya saben ustedes: aquel cuyos restos hemos buscado últimamente.

Es cierto que éste nos describió la vida de un “enderezador de tuertos” – o como más suele decirse, “desfazedor de entuertos” – lo cual exige un cierto espíritu de disconformidad con algo, así que para satisfacer a la clientela siempre se podía sacar a colación el tema del descontento vital que tanto favorece a los espíritus más distinguidos. Y como aquí lo que “mola” es estar cabreado y ahora más que nunca, se trajeron de la morería a un señor de esos que dan bien en el “casting”. O sea a un señor que se fue de España porque no le gusta el sitio y prefiere otro mejor, y en vista de eso se nos fue a Marruecos, que allí sí que hay justicia social y separación de poderes y todas esas cosas tan bonitas.

Como era de esperar, o mejor, de temer, al agraciado se nos vino de trapillo al acto. Lo cual me permite Imaginar una escena doméstica en la que el susodicho se dirigiría a algún miembro del entorno familiar para preguntarle algo así como: “¿Y ahora qué me pongo?” A lo que, naturalmente, le responderían, “Oye, majo. ¿que qué vas a ponerte? Pero si digan lo que te digan acabarás enfundándote el equipo de intelectual disconforme… Hombre, quizás podrías añadirle una corbata, pero cuídate de que sea lo más vieja posible para no empañar tu imagen y dejar bien sentado que si aceptaste el premio sería a duras penas”.

Así que el cenizo de turno decidió saltarse el protocolo. Nada de hacer lo que harían los demás. Sólo faltaría…Y se fue al acto de entrega cual cordero de Ramadán que caminara hacia el degüello, o sea, dejando bien patente que bueno, aceptaría el premio, mas no con entusiasmo desde luego dada la injusticia que hay en el mundo y el hecho de que los ricos sean tan malos. Además uno se muere y todo se va a freír espárragos, así que no es cosa de alegrarse por nada y menos de agradecer algo a Su Majestad el Rey. Por otra parte, si uno hace cosas que no hacen los demás, y menos las personas educadas, la gente piensa que uno es más inteligente.

Como ustedes bien saben esta actitud de pesimismo a ultranza es la que está hoy de moda aquí. Y curiosamente coincide con la de siempre de muchos de los españoles que se tienen por intelectuales, así que nunca queda mal. Sobre todo resulta imprescindible para “vender” imagen, pues la posibilidad de que alguien llegue a ser feliz queda totalmente descartada. Se trata de “cuanto peor, mejor”, lema utilizado por nuestros políticos para cargarse al adversario y que los intelectuales – esa “élite” – necesita como tarjeta de presentación.

Así que el homenajeado se presentó en el paraninfo casi de trapillo, y menos mal que no se puso su chilaba. De lo cual podemos sentirnos satisfechos, ya que nuestro laureado literato podría haber elegido incluso una corbata negra, lo que habría estado a tono con un acto que, por lo que tengo oído, más pareció un funeral que una celebración gozosa. Según reflejan los comentaristas, el quejumbroso discurso del homenajeado – dale que te dale con la injusticia y todo eso – contribuyó poderosamente a tal efecto.

Y ahí es donde yo creo que nuestro hombre erró sin hache de la forma más aparatosa, pues si es cierto que don Alonso Quijano gustaba de “enderezar tuertos”, Cervantes demostró poseer un fino y profundo sentido del humor, rasgo clave en el que uno no puede por menos de caer en la cuenta tan pronto como inicia la lectura del Quijote. O sea, que el egregio autor de la novela más famosa de la historia, pese a vivir una vida nada fácil y en absoluto placentera, mostraría un talante decididamente opuesto al que siglos más tarde exhibiría el “intelectual” agraciado con su premio.

A lo que el laureado literato sí que respondería tal como esperaba el protocolo fue al cobro de su premio. Al menos no tengo noticia de que renunciara a él o lo destinara a paliar los desastres que tanto le acongojan. Pero no se me extrañen, pues es cosa sabida que quienes se tienen por “intelectuales” gustan de arremeter contra los males de la sociedad desde la comodidad que les ofrece el hecho de no “mojarse” nunca en funciones que entrañen responsabilidad. Y esto les permite lucirse sin peligro y hasta alardear de desapego – no diré de “odio” – hacia el país en que nacieran. Pero he de hacer notar que en esta ocasión el tiro salió por la culata, pues, al decir que se sentía cómodo con la “nacionalidad cervantina”, el homenajeado aceptaría como propio el más cabal prototipo de español que se conoce, esto es, el que nos ofrecen los protagonistas del Quijote y el propio don Miguel.

Mas, ay señor, señor, ya sólo nos faltaba esto: que, en tiempos de desesperanza y mal café, el receptor de atenciones y lisonjas de un acto evocador del genio de las letras españolas nos apareciera trajeado como para visitar a la familia, nos largara luego una tabarra, y, para colmo, hiciera un guiño a la impresentable pandilla del tic-tac: desfachatez y falta de respeto a sí mismo y a los españoles que debiera descalificarle para siempre.

Lo malo es que nos quedamos tan tranquilos oyendo estas burradas mientras luego nos ponemos estupendos ante las tonterías más banales. Recuerden a aquel señor que llegó a declararnos su intención de suprimir el ministerio de defensa y que sin embargo aún amenaza con gobernarnos en un próximo futuro. Supongo que huyendo siempre del contacto con Europa, donde le mirarían como a un bicho raro y desde luego como algo impresentable…

Pero, volviendo a lo que estábamos, ¡pobre hombre éste del premio! ¡Qué ocasión más desaprovechada de infundir esperanza y de sintonizar con lo profundo del alma de los españoles!

Menos mal que se habrá vuelto a Marrakech, donde se encontrará mejor que entre sus compatriotas y dejará de darnos la matraca. Todos nos quedaremos más tranquilos. Le imagino enfundado en su chilaba de adopción, reconcomido por lo mal que encuentra todo lo español, prisionero de los tics de los “intelectuales” y de esas modas que amargan la vida a quienes debieran transmitirnos sobre todo la belleza del arte y de su vocación. Los que ahora se muestran incapaces de dar gracias a Dios por disfrutarla.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7674/16669444903_8d1d88207a_b.jpg

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