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Prohibir la muerte

Tres foramontanos en Valladolid 15 May 2015 - 07:20 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Aeropuerto. Acuarela de Manolo Jiménez en Facebook) (*)

Atraído por el título – “No morirás” – que me suena como un precepto bíblico -, abordo la tercera del periódico ABC, página como ustedes saben de prestigio bien consolidado por la que a lo largo de los años han pasado destacados personajes de nuestra sociedad que, conscientes de la repercusión de lo que dicen y de la responsabilidad que entraña aparecer en esas líneas, miden cuidadosamente sus palabras. Gentes serias, sensatas, cuya voz bien merece ser oída.

Comienzo, digo, a hacerlo, y lo hago en voz alta mientras mi mujer conduce el coche. Al sugerente título de encabezamiento del artículo acompaña como un eco una expresiva frase extraída del artículo que aún acentúa mi curiosidad. Comienzo, como digo, la lectura, y cuando llevo ya leída casi la mitad del texto caigo en la cuenta de un hecho curioso: llegué hasta aquí de un tirón, esto es, sin son encontrar un solo punto seguido o punto y aparte; ni tan siquiera un punto y coma. Y asombrado, naturalmente, de haber podido hacerlo con fluidez y naturalidad, echo un vistazo general a lo que aún queda para constatar que la totalidad ha sido escrita de un tirón. Rara habilidad, me digo, y también rara osadía: exhibición de originalidad llevada al limite.

Pero no es esto sólo lo que me sorprende, pues desde el mismo inicio advierto su intención. Se trata de resaltar nuestra obsesión por lo políticamente correcto: de lo ridículo que resulta este buenismo de moda que exhibimos como para quedar bien en nuestra pugna ideológica; del esfuerzo por ser en esto más que los demás. En fin, el “no nos vayan a decir que…” Y de las desmedidas soluciones que de los problemas se proponen para conseguirlo por procedimientos administrativos. Todo ello a través, naturalmente, del humor.

Yo mismo escribí en este mismo blog sobre tales excesos y sobre cómo nos tragamos tanta estupidez como nos cerca sin casi darnos cuenta. Lo hice con motivo de un accidente ferroviario y también de otro aéreo de fecha más reciente*. Ahora intuyo la eficacia posible de hacerlo, como en el artículo del ABC, por medio del humor y la caricatura. En este caso se ve que el autor – cineasta y escritor, dice la persona que lo firma – creyó llegado el colmo de la sinrazón con un suceso – el de Lufthansa – cuyo tratamiento mediático y político considera no un hecho puramente aislado sino como la culmen de algo que venía ya de lejos y que refleja una deriva intelectual. O sea, que ahí llovió sobre mojado. Así que el autor acumuló situaciones reales, posibles e incluso imaginarias, en las que, para quedar bien ante la “ciudadanía”, los medios de comunicación y los políticos tenderían a aplicar soluciones imposibles.

El artículo no tenía desperdicio. A medida que lo leía lo vi coincidir con lo que yo mismo imaginaba respecto a la influencia en ellas del “pensamiento Alicia” que algunos sembraron y en el que seguimos instalados. Lo que cambiaba en este caso era la forma de ponerlo en evidencia, pues el articulista fingía abundar en él para, en clave de humor, someterlo al ridículo imaginando nuevas posibilidades de mostrarlo.

Naturalmente, el espacio del blog no me aconseja transcribir todo el artículo, y tampoco es cosa de hacerlo sin añadir más comentarios, así que de él solo reproduciré algún que otro párrafo que me parezca especialmente representativo. Pero sí diré que, sobre todo, lo que de él me queda es la denuncia de la estupidez en la que nos movemos a fuerza de obsesionaremos con la seguridad y que nos hace proponer soluciones que revelan la intención de eliminar por procedimientos administrativos la inexorable muerte como un anacronismo impropio, no digo ya de los tiempos actuales, sino de la propia existencia de los hombres: como algo que no podemos permitirnos y que el sistema político debiera erradicar.

Ni siquiera el batacazo que nos dimos con la Sociedad del Bienestar nos ha hecho desistir de una exigencia que, como ésta, debiera quedar consignada en la legislación vigente, tal como parece revelar el hecho de que ante cualquier suceso lamentable, sea cual fuere su naturaleza, nos empeñamos en buscar, sobre todo, un culpable, para, acto seguido, promover una ley, decreto o disposición de cualquier clase, que a guisa de pócima mágica o bálsamo de fierabrás lo corte de raíz. A lo cual yo añado ahora que el problema abordado será ocasión propicia para desprestigiar a alguien, machacar al rival político de turno y contabilizar algunos votos. O sea, para activar un mecanismo del que tenemos ya larga experiencia.

Termino con unos cortes del artículo “No morirás” para que usted se haga la idea:

“Si algo ha traído la modernidad, la edad del conocimiento, es el buen gusto de repudiar la muerte y la asunción del deber de no morirse… por eso es preceptivo protegerse de tal incomodidad con la voluntad avisada y la elemental buen fe de impedir que la muerte, tan anacrónica, nos sobrevenga sea en forma de accidente, de contratiempo o de encantadora sorpresa… y si el modo de alejarla es ilegalizarla, sea, y si el modo de ahuyentarla es prohibirla, venga… lo importante es encontrar a quien culpar, no asumir su inevitabilidad y buscar una explicación que ahogue cuanto antes la irrelevante verdad y erija un relato catártico, racionalizador, policial, explicativo, que mande a los sospechosos al exilio… es hora de atender la llamada de la vida, sagrada, inmarcesible, y exigir la presencia de tres (en este caso se refiere, naturalmente, a los pilotos), hasta que uno de ellos se suicide y podamos superar la apuesta a cuatro: uno de piloto, otro para que el primero no se duerma, otro para llevar el orinal y un cuarto para que desarrolle las tendencias suicidas, ya en minoría, con una puerta que resista el terrorismo pero no el hacha, y una cadenita en la puerta para disuadir sin evitar, en busca del aristotélico término medio… por eso Lincoln debió dejarse acompañar por otro presidente al teatro y por eso los camiones de transporte de mercancías peligrosas debieran tener un mínimo de dos suicidas al mando… y lo mismo para los tranvías, los taxis, las motos y los dirigibles, por si embisten contra la gente desafiando el orden, porque ¿y si uno de ellos se desmaya?, ¿y si le da un ataque de tos?, ¿y si le deja la novia?… y si el delantero chuta y falla, es que debió pasar, y si pasa y su compañero falla, es que debió chutar»…Así que, “ahora que ya sabemos defendernos de los pilotos, de los funcionarios, de los conductores de autobuses escolares suicidas, de los progenitores suicidas, de los adolescentes suicidas, sólo nos resta protegernos de los suicidas suicidas.”

Y, naturalmente, al final nos propone el establecimiento de un “observatorio de catástrofes”.

* Quizá haya usted leído alguno de estos dos artículos míos: “La seguridad y los excesos” y “La inabarcable mente humana”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7698/17391913851_180f205493_o.jpg

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