Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)
Suena el despertador. Olvidé cambiar la hora, así que me despierto antes de lo que hubiera deseado. El caso es que perdí el interés por oír las noticias del día y los comentarios subsiguientes, o sea que el aparato de radio ya está cumpliendo para mí la estricta función de despertar. Pero me da pereza apagarlo, así que casi sin querer escucho a los nuevos locutores, aún poco conocidos para mí pero que en principio suponía aceptables para mi sensibilidad de oyente.
El resultado es que apago al rato de escucharlos. Advierto en ellos un cierto afán por parecer inteligentes y ocurrentes. Lo suyo es, en efecto, toda una exhibición de ingenio aplicado a glosar la actualidad política, de forma que lo importante no parece ser tanto el acierto de los comentarios como un elegante y sereno escepticismo. Al menos así me lo parece.
Surgen las palabras de los presentadores como las aguas de un torrente de ideas que se precipitara sobre nuestros oídos aún por abrir del todo, o sea, algo más deprisa de lo que estimo conveniente a esas horas del día. Y entre las cosas de las que oigo hablar asoma un concepto frecuentemente invocado por los españoles como base de nuestro propio pensamiento y de nuestra conducta individual o colectiva. Me refiero al “sentido común” de siempre, cuya validez parece ahora sometida a prueba.
Dicen quienes realizan los comentarios que tal cosa ya no existe; al menos esa es la conclusión que parecen sacar del hecho de que la expresión citada sea recurso común de gente de muy distintas ideologías. Lo cual les sirve para desacreditar de paso a un personaje – el presidente del Gobierno – que frecuentemente apela a la contundencia del sentido común y de la opinión de aquellos a quienes tipifica como “gente normal”. Así, contra toda expectativa, el comentarista baila el agua a la progresía reinante que tiene ya anatematizada cualquier expresión por el estilo. O sea que presume de emplear las palabras del “pueblo”, para luego hacer ascos y recurrir a lo de todos, es decir, a expresar sus razones en series de a tres, utilizar esdrújulos inconvenientes y ceñirse a los libretos donde el militante conocerá lo que es correcto y lo que no es correcto en el partido.
Como dije, sigo un rato la emisión pero enseguida desconecto. Y lo hago con la intención – que no sé si cumpliré a rajatabla – de prescindir, ya definitivamente, de recurrir a las ondas radiofónicas para enterarme de lo que pasa por ahí, pues comentarios como los que acabo de escuchar no me parecen inocentes. Tras de las palabras agudas y brillantes, y traicionando mi esperanza de haber topado con un programa con el que podría coincidir en lo esencial, aparece el espectro del más feroz relativismo: ese fruto del pensamiento Alicia que intentaron inculcarnos desde el poder político y que parece haber logrado ya lo que buscaba: esto es, permear una gran parte de nuestra sociedad.
O sea que, según ahora nos dicen – y no me refiero ya exclusivamente a los comentaristas de la radio que sintonicé – el sentido común, esa expresión entendida y utilizada por los españoles de todos los tiempos, es ya algo algo completamente inconveniente. De entrada, según los nuevos moralistas, no es común ni cosa que se le parezca, ya que depende del sentido que pueda atribuirla cada uno. Es más, su ambigüedad podría convertirla en algo moralmente indeseable. Y de la misma forma, según los nuevos censores de la progresía, el referirse – siquiera sea en expresión popular de tradición inveterada – a la “gente normal”, es el colmo de la incorrección política y moral. Ya no hay “normalidad” que valga; como todo el mundo es diferente, no se puede distinguir entre una idea y otra: todas valen lo mismo. Y no hay ningún factor común entre nosotros, quienes vivimos este siglo. Sobre todo, no hay diferencia entre lo sensato y lo insensato; todo es objeto de opinión. Por lo visto, también son gente normal el joven que tumba farolas y quema cajeros o contenedores y el que vende papelinas a escondidas, por poner dos buenos ejemplos. O el que se pasea en Rolls-Royce, o el señor que se acuesta con el vecino de enfrente. Según parece desprenderse de los comentarios emitidos por los pensadores oficiales de la “corrección política”, hacer distinciones con lo de “gente normal” es poco menos que anticonstitucional en la medida que violenta la libertad de pensamiento. Así que en el límite todo es igualmente bueno y útil; la diferencia está en cada persona, que es por tanto la única medida de las cosas.
Lo cual nos lleva a no creer en nada y a considerar que no existe “lo bueno” ni “lo malo”; que lo bueno es lo que a cada uno pueda apetecer en cada momento de la vida. Nada hay que defender, nada hay que proteger salvo a uno mismo por la cuenta que le trae. No hay un recto juicio ni un recto proceder puesto que por lo visto ni siquiera existe un “sentido común”. Y como el “sentido común” venía siendo un concepto fraguado por la experiencia de una historia en común y de una moral de base espiritual modelada por muchas conciencias a lo largo de un montón de siglos, ya no podremos referirnos propiamente a “los españoles” como colectividad. Los españoles sólo seremos una colección de votos, y el “sentido común” una expresión del resultado de las elecciones sucesivas. He aquí el desideratum: el sentido común no será un concepto asimilado por nuestra cultura, sino un hecho político y plenamente democrático.
Desechemos, por tanto, como pretendió hacer el viejo Mao y ahora pretenden hacer los yihadistas, los símbolos de una cultura milenaria, empezando por ese sentido común que nos impide romper moldes y nos mantiene aún en la Europa de las raíces que la justifican. En vano habrán pasado nuestros santos y nuestros grandes pensadores, don Miguel de Cervantes y todos los que ustedes saben, Y en vano habrán pasado incluso nuestros propios padres y con ellos cuantos nos proporcionaron una base decantada por los siglos para desenvolvernos con cierto criterio por la vida.
La cosa es bien sencilla: según el pensamiento “Alicia” cada ciudadano piensa como piensa, y punto. De ahora en adelante el “sentido común” dependerá del cambiante resultado de los votos, que dictará cual es el “trending topic” intelectual de cada instante. Nada moverá a la convicción sino el lenguaje de los medios, el número de veces que aparece en la televisión un buen eslogan o el acierto en la elección de los mensajes de la publicidad. Habrá, sí, algo sólido que consolidaremos siquiera por un corto plazo de tiempo, que serán las modas. Ningún joven escuchará a sus mayores o esperará de ellos esa palabra que ilumina o ese consejo que conforta. Hablar de “sentido común” no será hablar como antes de un “buen sentido” compartido por esa “gente normal” – la mayoría de los españoles – que permitiría discernir entre lo bueno y lo malo, lo que conviene y lo que es inconveniente.
De lo cual se deduce que hoy por hoy el sentido común es, efectivamente, el menos común de los sentidos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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