Por Carlos de Bustamante

( El prendimiento. 1619. Oleo de Antón van Dyck en el Museo del Prado. 344 x 249) (*)
Como habrán observado, ahora me permito pocas licencias graciosillas. Si les digo que no está el horno para bollos, será una de ellas. Así que la retiro. ¿Que qué pasa? Casi nada: más aprisa de lo que quisiera, se aproximan los momentos cumbres en la vida de Jesús, Myriam y Tarsicio. Como de broma nada, imposible que me permita alguna.
Es el fin de la historia más trágicamente bella nunca contada. Sin remedio, pues, he de ponerme serio. Con la seriedad del gozo inmenso juntos nunca sentido. La revelación de los misterios, fundamento de nuestra Fe. Revelación, al fin, del porqué y para qué vino Jesús al mundo. Si no les interesa o les parece un rollo, será mía y solo mía la culpa. No es, digo, una historia más. ¡Es la Historia! ¿Vale?
Aprovecho para decirles, si es que antes no lo he hecho, que viví muchos más acontecimientos irrepetibles. Por ser tantos y tanto el abuso de su paciencia, he de cortar por lo sano. Si es que valgo para esto, que lo dudo, sabrán por boca de Tarsicio lo insólito: cómo trataron, los fariseos sobre todo, al que pasó su vida -Tarsicio es testigo y no miento- haciendo el bien.
O sea, y perdonen, haciendo bien todo lo que hacía y decía. Lo leerán sucesivamente.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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