Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en La Razón el pasado día 24 de mayo) (*)
¿No está usted más que cansado, harto del politiqueo electoral? Pues yo sí. Hasta tomar la decisión de conectar a tierra y pensar en otra cosa menos desagradable; tal es el desmadre que advierto en el tratamiento de estos temas. Casi nada de lo que oigo, y menos el ambiente general, encajan en lo que siempre tuve por razonable y lógico. Pero no se trata de si concuerdo o no con lo que dicen; en realidad esto importa poco para las razones que provocan mi rechazo. El caso es que tengo por costumbre pensar de vez en cuando – sí, no se me asombren – y sin pretenderlo expresamente me causa una incomodidad casi insufrible esto de verme acometido por la sinrazón y la mentira, es decir, entrar en la artificialidad de un sistema mental basado en decir lo que no se cree y establecer como premisa que uno se va a tragar cualquier cosa que digan por falsa y artificiosa que ésta sea.
Tengo dicho, quizás en este mismo blog, que toda política está contaminada por la falsedad. Y esto no quiere decir que no la considere necesaria. Pero uno precisa por lo menos tratar con gente medianamente inteligente, o sea, que diga cosas que concuerden. Así que cuando lo que se pretende no es abordar los temas principales de interés para la nación con cierto rigor y conocimiento, enmarcándolas en el presente y apuntando hacia el futuro, sino cargarse al “adversario” y al sistema, encender los ánimos para forzar aplausos, buscar la imagen de mayor impacto, mostrarse fotogénico, explotar las reacciones viscerales o sacar partido de la ignorancia ajena, uno no puede por menos de sentirse incómodo, no sólo por el discurso habitual sino sobre todo por la sensación de que le están tomando a uno por tonto, que de todo ello se hace indecente exhibición en nuestros días.
Da la impresión de que, en el fondo, a casi nadie importa un bledo la nación, y menos su futuro; lo importante es maniobrar en busca del poder. Y a mi esto me recuerda la típica escena en la que, con el enfermo rodeado de médicos que intentan curarle, la panda de parientes busca sacar tajada intentando situarse en posición favorable para disfrutar del testamento. Es el momento de la desvergüenza más abierta.
Y ahí tienen ustedes a los españoles ignorantes de todo lo que importa. Por ejemplo, de que existe algo que llamamos el futuro, y que ese futuro se dirime ahora. También – algo asombroso – de aún que somos europeos. O de que cada vez que se dice una merluzada para salir del paso o ganar votos, los círculos ilustrados y pensantes no permanecen insensibles. Que, por ejemplo, no se puede anunciar que uno tiene la intención de suprimir el ministerio de Defensa sin merecer ante los europeos una descalificación definitiva; o sea, que luego uno no puede, no ya digamos hacerse respetar, sino pretender hablar en cualquier foro medianamente serio. Vamos, que podrá convencer de algo a algún palurdo, pero no pasar de ahí.
¿Cómo puede soportar alguien razonablemente bien formado todos esos pequeños trucos del manejo de la palabrita, del fotoshop y de los efectos especiales, de las primeras impresiones, de la bola de nieve elaborada con la ayuda de los medios, de la mentira explotada ad infinitum, de la eficacia de la pequeña o gran insidia, de la filtración artera y oportuna, de la descalificación amañada en beneficio propio, o de la proliferación de los esdrújulos, de las frases pronunciadas “in crescendo” para provocar el aplauso de los fieles, o de la vergüenza de los mítines; esa tabarra insoportable. Del aprovechamiento de los tres o cuatro eslóganes por la televisión adicta y de la siembra del odio en grandes o pequeñas dosis.
Así que no se trata tanto de la coincidencia o no con ideologías ajenas como de la aceptación de un nivel de mínimos. De no aceptar sin más que se saque partido de la pereza mental de nuestros ciudadanos. Sí; tengo la impresión de que Madariaga no andaba muy descaminado al referirse a la pereza de éstos a la hora de pensar. Dicen los norteamericanos que la clave de la democracia es un ciudadano bien informado; y es verdad, pero quizá debieran añadir “y bien formado”, pues al oír las frases hechas y eslóganes sin cuento repetidos para el consumo aquí en España, uno saca la impresión de que si nos pueden modelar como tontitos es porque no nos paramos mucho a pensar en lo que oímos. Quizá sea éste el resultado último de los informes Pisa.
O sea que tenemos a nuestra nación saliendo de una crisis de caballo y a una Europa frenada y mortecina, y fíjese usted cuáles son las recetas que buscamos, todas ellas opuestas a lo que en realidad se necesita. Del nivel de este patio de Monipodio da fe como pone a la nación en un momento crítico: con la salida de la crisis a medio camino, alejada de los grandes países europeos y desconectada de los grandes problemas de futuro, inestable, fraccionada y difícilmente gobernable. Eso sí, muy indignada pero proponiendo soluciones imposibles y hasta descabelladas. Ignorante de que, como aquel dijo, los experimentos se deben hacer con gaseosa.
Hay quienes aplauden esta muestra de vitalidad y “juventud”; de haber sido capaces de cambiar el panorama nacional. Pero entre los más señalados representantes de esa juventud tan entusiasta hay una señora que pasó de los setenta. Y lo que nos proponen estos “revolucionarios” y sus palmeros de salón es algo así como zarandear a un enfermo en plena operación.
Si por lo menos supiéramos bien a dónde vamos… Porque aquí nos parecemos a los niños que seguían al flautista, que no tenían ni idea de a dónde les llevaban. Eso sí, marchaban tan alegres y contentos. Claro que los flautistas nuestros sí saben a dónde quieren ir, que es adonde a ellos les conviene: una especie de caos indeterminado pero que huele a algo ya por desgracia conocido.
Fíjense ustedes en muchos de los personajes hoy de moda, tan contentos ellos con el desbarajuste que pretenden: son gente en general de escasa enjundia y experiencia pero con mucha mala baba y, por lo que se ve, escasos conocimientos de la Historia. Algunos son ratones de parqué, de ambientes asamblearios como de patio de vecinos o de círculos universitarios de escaso prestigio y demasiado botellón, desde luego indignados con todo lo que ven, mas no consigo mismos como sería procedente.
Gente en el más literal sentido de la palabra indeseable teniendo en cuenta en donde estamos y lo que se nos avecina, pero que se dará mucho arte en incordiar y crear “ambiente” de movida. De eso sí que estoy seguro. Algo como para sacar a España definitivamente de Europa y de cualquier otro entorno razonable.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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