Por Carlos de Bustamante

( Avaricia. Acuarela de Carlos Sarrate en Facebook ) (*)
Escribir sobre el hambre “con el riñón bien cubierto”, pudiera ser una señal cierta de hipocresía. Porque me digo, primero será hacer (remediar) y luego decir (escribir) ¿no? ¿Lo es en este caso?: Pues sí y no, les contesto y me contesto; porque sin ser del todo cierto, tampoco es falso del todo. O sea, que no caeré en la hipocresía si relato algunas experiencias vividas en las que “deseé henchir el vientre de las algarrobas que comían los cerdos y nadie me las daba”.
Pero aunque pecador como casi – por no decir sin casi- el hijo pródigo, no necesité volver compungido -arrepentido- a la casa paterna. Seguí y sigo siendo pecador, ¡como lo somos todos, oigan! Y el hambre fue pasajera, porque fue sí, extremadamente hambre, pero pasajera de sólo un día. Hambruna durante 30-40-50 o más kilómetros, porque entraba en el programa de “formación académica en la profesión elegida voluntariamente”. Hambre, pues, voluntaria, pero hambre real y vivida .
Convencido, pues, de que tanto, el hambre como el cansancio, la disciplina, austeridad etcétera, mal se pueden pasar o adquirir como preparación para los avatares, tal vez más duros de la vida, si no se viven; si no se experimentan en el propio ser. Si no se siente o adquieren, voluntariamente convencidos de que tanto el amor a algo o a alguien, la profesión por ejemplo, pueden no ser verdaderos si no van acompañados del dolor. Dolor de amor, o de Amor, si éste es más espiritual o sublime.
Se llamaba “la marcha del huevo duro”. Un día entero de marcha devorando… kilómetros; y un tristísimo huevo duro, más solo que la una, al toque -¿para qué…?- de fajina. Marcha interminable por tierras aragonesas hasta dejar atrás, muy atrás, el alfoz de Zaragoza donde se asienta nuestra querida, hoy, y a pesar de los pesares que no fueron pocos, Academia General Militar.
Después de un frugal ¿desayuno?, emprendimos la marcha ¡alegres!, como es propio de una juventud vigorosa dispuesta a todo por el Servicio a la Patria elegido. Curiosa, pero necesaria forma, de entender y vivir, voluntariamente y por elección, la austeridad, el temple y reciedumbre…, de la que la marcha del huevo duro era sólo un “botón de muestra”. El que sin embargo nos sirvió –experimentado en las propias carnes-, si bien temporalmente, lo que es la verdadera necesidad.
El Rezongón, que dicho sea de paso es de buen yantar para una humanidad que, por entonces rozaba en lo gigante, supo “divinamente” lo que era eso del nada consolador “ajo y agua”; dicho éste con toda propiedad. Enseguida les diré el porqué.
Por más que fuera grande y gordo el huevo cocido, era sólo un huevo. Y por más que lo comiera a pequeños mordiscos entre sorbo y sorbo de agua de la cantimplora, al no tener siquiera companaje, duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio.
Para que la digestión no fuera pesada, nada más comer… vibró el cornetín con el toque de llamada, para proseguir una eterna tarde de marcha. Ahora campo través con el armamento y equipo al completo. El mismo de antes, pero que, faltos del buen gobierno de las tripas cada vez se hacía más costoso el manejo de las armas; las que pesaban, sin haberlo experimentado nunca, como llevar a un muerto.
No sé de qué, encima se me ocurrió descomer lo que en absoluto había ingerido. Durante un alto providencial, el Rezongón hambriento y “apurado”, se adentró por una huerta cercana haciendo caso omiso al letrero de prohibido el paso. “In ocultis” entre un cantero de ajos con tallos altaricones, hice lo que tenía que hacer y me dispuse a volver a la formación.
Sin embargo y en posición poco bizarra, reparó el Rezongón en el fruto de los tallos que le sirvieron de pantalla protectora de miradas indiscretas. Eran bulbos hermosos de atractivas cabezas de ajos. Vacío por dentro y sicológicamente -además de en realidad- hambriento, una tras otra fueron a parar a la “bodega” no menos de una docena de cabezas de ajos gordas y ¡sabrosas! sin hacerlos el menor asco.
Cuando el cadetazo se sintió satisfecho y rebosante el depósito de tan “oloroso combustible”, reemprendió la marcha ligero como una pluma, mas no sin llevar un rastro horroroso del que se apartaban amigos y compañeros.
De regreso, ya anochecido, al glorioso recinto…, supo el Rezongón Infante lo que eran verdaderos “ardores guerreros”. Tanto, que muy en serio llegó a dudar si las cabezas de ajo, tiernas y sabrosas hasta decir basta, no estarían echando nuevos tallos con denodado intento de salida al exterior, lijando sin piedad cuanto encontraban a su paso. Justo pago al caso omiso del letrero prohibido el paso que el Rezongón se saltó a la torera.
Porque sí y azuzado por el recuerdo, intenté ser generoso, hoy (8-II-2015), en la formidable pero insuficiente campaña de Manos Unidas contra el hambre. Algo mucho más serio que la solo anécdota relatada. La que fue exclusivo entrenamiento, para conocimiento de causa. Pues eso. “Y que conste que no pretendo aconsejar; yo… digo nada más”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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