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“Mates” electorales

Tres foramontanos en Valladolid 09 Jun 2015 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 29 de mayo) (*)

Uno ya va acostumbrándose a esto, pero no deja de llamarnos la atención. Ya sabe usted: se traga una fase previa de la campaña electoral que le dejó poco menos que exhausto, y cuando, después de una fetén que le pone al borde de su capacidad de aguante de lugares comunes, eslóganes e insensateces, va usted a votar y cree que todo acabará cuando se sepa el resultado de las urnas – cuando ya espera respirar tranquilo – le caen las matemáticas encima.

Y no lo digo por mí, que nunca tuve nada contra ellas, pero mi experiencia es que para la mayor parte de los escolares, las “mates” son una de las asignaturas “antipáticas”, supongo que porque son consideradas difíciles y enrevesadas. Su mala prensa viene probablemente de que su entronque con la vida nos resulta demasiado indirecto. Nos hablan de la historia, y la relacionamos con nuestros abuelos y con determinados relatos fascinantes; nos hablan de la geografía y estamos viendo los ríos y los montes, y las playas; nos hablan de la lengua, y son nuestras mismas palabras, nuestros libros de cuentos; nos hablan del dibujo, y son los retratos de lo que nos rodea. Pero las matemáticas son tan solo los números, o sea unos garabatos sin sentido. Cierto que son utilizados para cosas prácticas como comprar los tebeos o las chucherías, pero en la escuela se traducen en áridas operaciones que hay que hacer y que se basan, por ejemplo, en la paliza de la tabla de multiplicar.

Pues si la política es la vida misma, y las elecciones tienen como objetivo el orientar la convivencia de los ciudadanos, lo último que de ella esperaríamos sería que se pusiera en manos de los números. Quiero decir con esto que a la hora de decidir en unas elecciones qué es lo mejor para los españoles, uno esperaría, por ejemplo, cierta valoración del momento que se vive, cierta visión o, al menos, cierta preocupación por el futuro; cierta confianza en el conocimiento, la experiencia y el buen hacer de quienes se ofrecen para gobernarnos. Pero nunca que el resultado de las urnas sea interpretado como quien interpreta los datos de una operación aritmética, cuyo resultado, por añadidura, no es evidente y casi siempre esconde un truco.

Porque las matemáticas serán antipáticas para la mayoría, pero el resultado que nos proporcionan resulta siempre conocido: bastará con resolver la operación, y en lo que salga estará la solución. Pero no es éste el caso de las “matemáticas electorales”, porque en éstas habrá gato encerrado: por ejemplo, como ustedes saben, según la propia ley electoral los números no valen siempre lo mismo en términos de escaños. Y luego vienen los tejemanejes: algo realmente de vergüenza ajena; ahí están los intercambios de favores, los cambios de chaqueta, las maniobritas tácticas, los compromisos subterráneos, y tantas y tantas cosas como desacreditan el proceso.

La consecuencia final es que se escamotea lo importante; que las tesis sostenidas antes se cambiarán para acumular apoyos mediante una justificación que no resistiría cualquier análisis medianamente riguroso, y se presentarán al público en versión amañada en los despachos y divulgada por medios afines.

Así que en este torbellino de mediocridades, las “matemáticas electorales” acabarán por responder a la visión infantil de unas “mates” escasamente ligadas a la realidad. En efecto, cuando uno esperaría que aquellas campañas insufribles, y la esperanzada movilización de “la ciudadanía” hacia las urnas, culminarían en un resultado ligado al sentido común y a los deseos de la gente, se topa de pronto con una especie de batiburrillo en el que se hacen compañeros de cama quienes antes se pusieron verdes, y los principios morales y las grandes ideas – en general escasas – tienden a diluirse en un escandaloso mercadeo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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