Por Carlos de Bustamante

( La entrada en Jerusalén. 1302-1305. Fresco de Giotto di Bondone en la Capilla de los Scrovegni, Padua. 200 x 185) (*)
Camino otra vez de Jerusalén con Jesús y sus discípulos nos detuvimos en Betania. Después de unos días de confidencias con los suyos, volvió de nuevo a Jerusalén. Todos con Él menos Myriam. Aunque Jerusalén dista sólo tres kilómetros de Betania, me indicó Jesús dónde encontraría atado un borriquillo. Lo encontré. Y se lo traje. Según nos acercábamos a la Ciudad Santa, engrosaba la comitiva alegremente ruidosa. Con palmas y ramas de olivo, le escoltábamos exultantes de gozo. Camino de alegría donde mayores y niños le vitoreábamos como Rey.
A los fariseos, hipócritas, les rechinaban los dientes de rabia contenida: por temor al pueblo que le aclamaba. Urdieron venganza. Pero antes, y en ese ambiente de alegría, celebraron la Pascua.
Pobres. Al salirse luego con la suya y sin saberlo, nos redimieron a todos, como me lo explicó Myriam. Desde el pecado de nuestros primeros padres hasta los nuestros personales. Redención y perdón sin condiciones. Mejor, sólo una: había de ser por el camino reglamentario: el Sacramento de la Penitencia. “A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados. A quienes se los retuviereis, les serán retenidos”. Abiertas así otra vez las puertas del Paraíso.
Precio altísimo: derramada toda la Sangre de Cristo. Tuvo que ocurrir todo, para que Tarsicio -¡ahora!- lo entendiera divinamente. Ustedes seguro que también… cuando se lo diga.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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