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Cada vez entiendo menos

Tres foramontanos en Valladolid 16 Jun 2015 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook) (*)

En este artículo quiero confesar que cada vez entiendo todo menos. No me importa decirlo porque desde el colegio de las Teresianas de Valladolid, pasando por la escuela de Muñoz-Alcoba y los institutos de San Isidro en la postguerra, el Español de Lisboa en los cuarenta y el de Vitoria luego, las diversas Academias Militares españolas incluida la de Estado Mayor y Superior del Ejército, las cuatro escuelas norteamericanas por las que he pasado y los cursos de la OTAN que realicé en Europa, puedo mostrar un sólido expediente indicador de que nunca fui un tarugo.

De ahí que me extrañe lo que me ocurre ahora, que tal como he insinuado se refiere a que cada vez entiendo menos todo. “¡Claro, el alzhaimer!” dirá usted, improbable lector mío, creyendo haber encontrado ya el motivo de mi penosa situación actual. Pero la cosa no va por donde usted supone. No sé lo que me deparará el destino, mas por ahora conservo más o menos viva mi potencia intelectual hasta el apunto de ser capaz de culminar con éxito el sudoku.

No. A lo que me refiero es a una especie de desbarajuste de la lógica que quizá tenga que ver con la invasión no digerida de la tecnología de la comunicación, contaminada por influencias extranjeras y por una educación mal enfocada como revelan los informes Pisa. Y por la manía por no ir por derecho según manda la lógica y cambiar simplemente por cambiar como si nada fuera permanente.

Este fenómeno se ve por todas partes. Sin ir más lejos, en los propios nombres de las tiendas. Antes éstas se llamaban cosas tales como “Camisería Moderna”, “Almacenes Rodríguez” o “Pastelería La Delicia”, o sea cosas de esas que se entienden. Pues ya pocas de éstas perviven, aunque recuerdo una que mantiene ese aroma antiguo: la que vi desde mi habitación del hospital cuando me operaron de peritonitis. Se llamaba Funeraria “La Propicia” (?). Excepción a la regla, porque ahora la moda es meter palabras en inglés, para demostrar que uno está al día, o componer acrónimos o siglas de difícil traducción. Del nombre de las empresas, casi nunca significativo, suelo entender solo el final, que es casi siempre SA, o sea, Sociedad Anónima, pero de ahí no paso, pues con la primera parte hay que desgañitarse para imaginar qué significa. Me digo, por ejemplo: “Esa F será seguramente de Fernández, y la A que la precede podría corresponder a Antonio o algo así. ¡Ah! Y la T, de transportes”. Claro que el letrero está pintado en la parte trasera de un camión.

Otra cosa difícil de entender son los anuncios. Y ahí si que se están luciendo, porque los empalman de forma que no se llega a saber cuando acaba uno y cuando empieza el otro. Y generalmente uno no entiende a qué vienen las escenas que nos muestran y que casi nunca tienen que ver directamente con lo que pretenden ofrecernos; de lo cual deduzco una intención subliminal de sutilezas psicológicas. Luego está el caso de quienes quieren poner algo en inglés y todavía no lo conocen bien. Da la impresión de que no sólo hablan mal el idioma de Shakespeare sino que además han olvidado el español. Por ejemplo, para decir “vuelos baratos”, que se entiende tan bien sin tener que seguir los cursos de Richard Vaughan, dicen vuelos “low cost” pero con acento de Vallecas.. Y es que parece que hablando como los británicos se demuestra que uno ya pasó por Londres y está “al loro”. Algo parecido a lo que ha ocurrido siempre con la moda y los cosméticos, todo ese arsenal de gastos femeninos de los que siempre se habla en un francés de andar por casa porque parece cursi pronunciarlo bien.

Pero lo que muestra más a las claras la influencia extranjera poco o mal digerida son los prospectos de los electrodomésticos. De entrada yo renuncio a leerlos por principio, y mira que he manejado manuales de aparatos electrónicos de última tecnología. Durante mucho tiempo tuve que hacerlo para ser capaz de mantenerlos en condiciones de funcionamiento, y jamas encontré dificultad alguna; sin embargo la versión hispánica de ahora me resulta imposible de entender.

Porque, en efecto, no hemos sabido digerir los anglicismos. Si uno no tiene un “coach” andará hoy medio despistado, ya que carecerá de alguien que le ayude a progresar en el oficio. Impresión ésta en la que están influyendo mucho los gimnasios, cuyos artefactos y ejercicios desconocen nuestro diccionario de la lengua. ¿Qué me dice usted de lo del “ing”, utilizado hoy con tanta largueza en lo que se refiere a los deportes? Ya hemos adoptado hasta el “puenting” y el “balconing”, que hasta da risa oírlo. Eso después del “trecking”, el “running” y otras lindezas de ese tipo. También habrá usted observado como la pereza española a la hora de expresarse ha encontrado terreno abonado en el rechazo a las preposiciones, hoy ya tergiversadas por la influencia inglesa que empezó con aquello de las “camas matrimonio” o las “mantas lana” de los anuncios comerciales – menudo ahorro de palabras – y ahora hasta ha tomado posesión del tiempo con lo de “vuelvo en diez minutos” sustituyendo arteramente al tradicional “volveré dentro de diez minutos”. Ay, señor, señor…Ya nadie dice “ese es un as” para indicar que alguien es excepcionalmente bueno en lo que hace; ahora será ya, simplemente,“un crack” (no confundir con la droga letal del mismo nombre).

Pero en lo que ya se riza el rizo es en la jerga de los ordenadores, tabletas y demás cacharrería tecnológica. Como se aprende a utilizarla sin emplear método alguno – solo por una especie de intuición – oír hablar a alguien en ella es como de Alicia en el país de las maravillas. Todo es un batiburrillo de palabras en el que encontrar algo de método o de lógica es poco menos que imposible.

Así que con unas cosas y otras estamos empezando a hablar y escribir de forma cada vez menos inteligible. Hasta los nombres de nuestras provincias y ciudades muestran hoy un caos de pronunciaciones diferentes que incluyen hasta sonidos ajenos a la bella lengua de Cervantes, tan mediterránea y a la vez tan mesetaria, tan rotunda y sonora, tan limpia en su expresión hablada, tan elegante en su versión escrita. Da la impresión de que nuestra Academia tiró la toalla y ya no hace ningún esfuerzo por mantener un mínimo de lógica y sistema. ¿Recuerdan lo del “bisnis?

Y me quedo con la cosa del idioma escrito y hablado. Porque en otras muchas pasa algo parecido; quiero decir, que no entiendo nada. Por ejemplo, en la política: todos aterrados con lo que se nos venía encima – una tremenda bancarrota económica – y cuando alguien nos la arregla dicen que quieren otra cosa e intentan defenestrarle y, de paso, cambiar nada menos que el sistema completo. Esto cuando éste demuestra precisamente funcionar en su lucha contra una corrupción que venía de antiguo. Y claro, Europa nos mira como a bichos raros porque nos empeñamos en hacer justo lo contrario de lo que conviene: uno se propone eliminar el ministerio de Defensa a pesar del 11M y cuando amenazan hasta al Andalus, y otra ser alcaldesa de la nueva capital de los vándalos para suprimir la policía antidisturbios, y… Bueno, ya saben ustedes.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm8.staticflickr.com/7769/17764429434_255163c238_b.jpg

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