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Para frivolidades, la política

Tres foramontanos en Valladolid 26 Jun 2015 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Puerta el Sol, Madrid. Acuarela de Keiko Tanabe en Facebook ) (*)

No gana uno para sustos. Ahora ya apago la radio en cuanto me despierto, pero a veces se me pegan las sábanas y me cuesta darme la vuelta para hacerlo. Hoy es uno de esos días: oigo la voz de los locutores que describen el paisaje apocalíptico de un Madrid sumido en la oscuridad y zarandeado por una fuerte lluvia acompañada de granizo. La ciudad parece desarbolada, como superada por una tormenta que no respeta ni las estructuras ni las previsiones de los hombres.

Sigue una breve puesta a punto de la situación política, dominada una vez más por dimes y diretes, pequeños pactos, componendas y otras lindezas aderezadas por la falsedad. Luego se oye la voz de un famoso periodista hábil como nadie en el arte de poner “el toro en suerte”; esto es, en concretar las posibilidades de debate que encierran las noticias diarias. Entre los temas desliza uno referente a un escritor peruano al tiempo que español y que fue ganador del Premio Cervantes. El periodista solo toca el asunto levemente; se ve que no puede evitar traer a colación el eco que ha tenido la revista del corazón al destapar un “ligue” de postín: el de este literato, que llegó a presentarse como candidato a la presidencia de su país de origen, con una archiconocida y admirada dama de la sociedad española que enviudó recientemente de un ex ministro socialista.

El locutor que lleva la batuta salta como si le hubieran clavado las banderillas negras. Se ve que la mención de un tema “del corazón” no le ha gustado absolutamente nada; que desea mantener libre de cualquier frivolidad el programa que dirige. Así que, entre bromas y no bromas se permite un buen reproche a quien la osara introducir. Indudablemente él quiere sólo cosas serias en las que no entre la vida sino solamente la política. No le interesa, pues, a estos efectos, lo que la gente dice o comenta por ahí sobre otras cosas; admite sólo aquello que se gesta en las moquetas del congreso y en los variopintos lugares donde se están urdiendo los acuerdos y los desacuerdos entre los partidos. ¡Nada de frivolidad, señores!

Y sin embargo, mire usted por dónde, a mí me parece que es precisamente en las cocinas del poder donde se exhibe hoy día la mayor frivolidad. Si resulta ligero tratar de amoríos, más frívolo parece el lamentable tratamiento dado por la política española a la hora de enfrentarse a los problemas de este nuevo siglo ha poco estrenado. Y esto no es algo intrascendente. Por el contrario, se trata del futuro, de la sostenibilidad de España y de la vida de los españoles, de nuestras familias: de ser o de no ser. De ver si culminamos una difícil recuperación de nuestra economía o tomamos de nuevo la senda de la ruina; de consolidar las bases de un crecimiento que permita aumentar el necesario empleo o de volver a desacreditadas fórmulas de antaño ahora repetidas en algunos países hispanoamericanos que se alejan de la libertad y del progreso. Se trata, también, del futuro de Europa ante el retorno de los bárbaros. Se trata de la paz, tan cacareada como despreciada. De estar en condiciones de oponernos a la amenaza de un “choque de civilizaciones” nada menos.

Quiero decir con esto que no estamos para muchas pamplinas; que haría falta asegurar nuestro futuro – que será el del siglo XXI – pero no haciendo malabarismos con los números y apoyando los cálculos con medias verdades o flagrantes camelos que nadie comprende y que en nada responden a la simple voluntad de los votantes. Verdaderamente, ¡qué vergüenza pasamos contemplando el mercadeo de esas pequeñas sumas de trileros que poco tienen que ver con las ideas y con las buenas intenciones! Muchas veces se trata simplemente de cerrar el paso a quienes fueron ganadores alegando coincidencias traídas por los pelos. De olvidar lo anteriormente criticado para templar las gaitas necesarias y alcanzar finalmente las poltronas.

El resultado ha sido, efectivamente, vergonzoso. Vimos todo un tropel de personajes y personajillos cuyas virtudes o destrezas poca gente conoce. Algunas caras reflejan incluso la mala baba que pregonan: su voluntad de fastidiar. Y oímos burradas realmente impresionantes, antológicas, encarnadas ahora por personas concretas, como ese amigo de los terroristas de ETA al frente de la alcaldía de Pamplona. Para echarse a llorar…

Leo en la prensa que los policías de Madrid andan desalentados. No me extraña. Dicen que no ven clara ni la fiesta de su patrón San Juan Bautista. Ponen en duda que la nueva alcaldesa asista a ella teniendo en cuenta el origen religioso de la celebración; piensan que conceder medallas a quienes se distinguieron salvando vidas o persiguiendo delincuentes no entra precisamente en el perfil de esta señora de gesto atravesado. Así que no saben qué hacer; todo lo dejan a la espera de acontecimientos, y algunos dicen que lo festejarán por libre. También veo que la de Barcelona, proclive a abanderar las disidencias y amiga de los amigos del çóctel Molotov, piensa nombrar jefe de la Guardia Urbana a un fulano partidario de crear…¡un ejército catalán! Así, como lo oyen.

Ahora imagino a mucha gente culta, formada y consciente de su responsabilidad, con sus bocas abiertas contemplando cómo España, habiendo perdido definitivamente el seso y convertida ya en “anomalía de Europa” como dice Hermann Tertsch, se disuelve en su propio desatino alegremente, como si no pasara nada. ¡Esto sí que es frivolidad, y no lo de la Preysler!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm4.staticflickr.com/3741/18827735146_d996e8bb57_o.jpg

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