Por Carlos de Bustamante

( Estatuilla de los premios Goya, obra del escultor José Luis Fernández) (*)
La caja tonta que habitualmente preside los cuartos de estar, nunca colma nuestra capacidad de asombro. En un alarde de bien hacer, clasifican las películas según sean o no recomendables para ciertas edades. ¡Narices!; si con la advertencia de para 12 años vemos lo que vemos… ¿cómo serán las para mayores de dieciocho…? Aunque el Rezongón no tratará hoy sobre esto, ¿por qué, digo, suelen ser las películas españolas las que no se distinguen precisamente por “limpieza”? ¿Y a ésas nos piden subvencionar…? No sé lo que hará cada uno en uso de su libertad. El Rezongón, por ella y porque le da la real gana, que es la razón más legítima y poderosa que conozco, de no ser película española antigua, por sistema quito inmediatamente las españolas modernas. Porque además de bodrio -salvo honrosas y escasas excepciones- son impresentables y con obsesión del sexo más burdo.
Dicho lo cual con lo que el Rezongón se queda tan “oreado” pasamos a lo del título: Blasfemo y grosero. Después de anunciar hasta la saciedad o a bombo y platillo, como ustedes prefieran llamar a la ceremonia de entrega de los premios Goya –, todos, muchísimos, relacionados con la cinematografía. El también si lo prefieren llamado séptimo arte. El que visto lo visto durante esta presentación, es, cuando menos, un insulto al verdadero arte.
Perplejo el Rezongón se pregunta: ¿pero quién y por qué nos presentó la gala…un impresentable? Grosero hasta decir basta desde que abrió el piquito, no precisamente de oro, sino lo que “procede… -con perdón- del moro”, llegó al cenit del más barriobajero de los mortales calificando la expresión hostia (o en cristiano Sagrada Forma) con el calificativo de prostituta en expresión de burdel.
Como erre que erre seguía el impresentable presentando premios Goya sin cesar de proferir groserías, hice lo que acostumbra este Rezongón en el que poca cabida más tienen tantas perplejidades “para mayores de doce años”: apagar tan bruscamente la caja tonta que bien creí que el ¡ay! Procedía de ella o del mando; menos mal, a distancia.
Después del desagravio como Dios manda, repetí el consabido latinajo: ¡“Quosque tandem Catilina abutere patientia nostra”!
No satisfecho el impresentable presentador con su impresentable vocabulario en el que entre improperios malsonantes de ¡alabanza! a los premiados por la aportación, dijo, a la cultura, cedió la palabra y entrega de goyas a uno de nuestros más “insignes”… representantes en la dirección de películas españolas modernas. Las que se autodefinen el no va más de la cultura cinematográfica (¿) y “de cuyo nombre prefiero no acordarme”. El impresentable susodicho, se permitió expresar alto y claro referente a la supuesta virtud: “Entre los que no se encuentra el Ministro”. Como el Sr. Wert estaba presente, al Rezongón se le subió el pavo de vergüenza ajena.
¿Es de recibo que “el insigne”… siguiera allí haciendo el payaso sin que la autoridad lo sacase de la sala con las orejas de burro puestas en su “insigne cabeza de Goya”? Eso sí, del bracete del presentador por la alfombra que ellos mismos tiñeron del más vivo color rojo que produce la desvergüenza.
Y que conste que no pretendo aconsejar; yo… digo nada más.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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