Por Carlos de Bustamante

( La riña entre el Carnaval y la Cuaresma. 1559. Óleo de Pieter Brueghel el Viejo en el Kunsthistorisches Museum de Viena. Pintura.aut.org. 118 x 164,5.) (*)
Según la sabelotodo Wikipedia, es un nombre compuesto de dos palabras latinas: carne y tolenda (del verbo tollere: quitar). No creo, pues, erróneo traducirlo por “quitar carne”.
Les pregunta el Rezongón: ¿Cuándo se quita la carne de las comidas? ¿No es ahora (lo empecé a escribir en Cuaresma) los viernes? Aunque alguno me podrá decir que eso era cosa de antes (medieval o tridentino), debo contestarle ¡que no! Que es una “pequeña mortificación” que el actual Magisterio de la Iglesia nos manda cumplir. Otra cosa es que en uso de una discutible libertad, haya cristianos que no les dé la real gana hacer caso a la que debemos “obediencia”.
A falta de una, acabo de nombrar dos “bichas”: mortificación y obediencia.
Aunque pudieran…, no van por aquí mis rezongamientos…; sino por las “carnestolendas”. Palabreja que ciertos hermanos… malinterpretaban en sentido contrario al que me he referido. “Carnestolendas”: señora o señor gordos como gorrinos. O, en otra versión más apetecible: ponerse “morados a carne”. Y ése fue el sentido que se dio a los tres días de ponerse morados a carne antes de la privación de ella, todos los viernes de cuaresma después del Miércoles de Ceniza. Carne mucho más atrayente si era de nuestros lechazos churros y asado en barras sobre ascuas de sarmientos… Pero eso es otra historia.
Me corrijo: tampoco va este rezongón sobre las carnestolendas; sinónimo de “carne-vale” (quitar carne). Trataré, -puesto que carnestolendas, carne-vale o como “demontres” se llame, que ya estoy hecho un lío porque paren palabras de idéntoco significado, era vivido intensamente por los hermanos referidos con psicosis de hambre…-, sobre éstos, los hermanos muy unidos por la sensación de hambre, es sobre lo que va hoy el rezongón. Y es, que cuando llegaba la Cuaresma, llegaba con ella la impresión colectiva de hambre referida. Los hermanos repasábamos una y otra vez lo que al “respetive” decía –y dice- el catecismo del padre Astete y que recuerdo hoy como ayer lo de “no tomar carne ni caldo de carne los días llamados de abstinencia (desde los 14 años; y de ayuno-¡jo!- desde los 14 a los 59 cumplidos). Pero, en los de abstinencia, se pueden tomar huevos, lacticinios, condimentos de manteca y grasa de animales”.
Burla burlando el Rezongón lo hizo –rezongar-, sobre las madres, sobre los padres; sobre la familia y sobre los hijos. ¿Por qué, pues, no ser portavoz ahora del Papa Francisco sobre los hermanos? Pues vamos con lo dicho por S.S.:
“En nuestro camino de catequesis sobre la familia, después de haber considerado el rol de la madre, del padre y de los hijos, hoy es el turno de los hermanos. “Hermano”, “hermana”, son palabras que el cristianismo ama mucho. Y, gracias a la experiencia familiar, son palabras que todas las culturas y todas las épocas comprenden.
La unión fraterna tiene un lugar especial en la historia del pueblo de Dios, que recibe su revelación en el vivo de la experiencia humana. El salmista canta la belleza de la unión fraterna, y dice así: “¡Qué bueno y agradable es que los hermanos vivan unidos!” (Salmo 133, 1) Y esto es verdad, la fraternidad es bella. Jesucristo ha llevado a su plenitud también esta experiencia humana del ser hermanos y hermanas, asumiéndola en el amor trinitario y potenciándola así que va más allá de las uniones de parentesco y puede superar cualquier muro de extrañeza.
Sabemos que cuando la relación fraterna se estropea, se estropea esta relación entre hermanos, abre el camino a experiencias dolorosas de conflicto, de traición, de odio. El pasaje bíblico de Caín y Abel constituye el ejemplo de este éxito negativo. Después de la muerte de Abel, Dios pregunta a Caín: “¿Dónde está Abel, tu hermano?” (Gen 4, 9a). Es una pregunta que el Señor continúa repitiendo en cada generación. Y lamentablemente, en cada generación, no cesa de repetirse también la dramática respuesta de Caín: “No lo sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9b). Cuando se rompe la unión entre los hermanos, se convierte en algo feo y también malo para la humanidad. Y también en la familia, ¿cuántos hermanos han peleado por pequeñas cosas, o por una herencia? Y después no se saludan más, no se hablan más, es feo. La fraternidad es algo grande. Pensar que los dos han vivido en el vientre de la misma madre durante nueve meses, vienen de la carne de la madre, y no se puede romper la fraternidad. Pensemos un poco, todos conocemos familias que tienen hermanos divididos, que se han peleado. Pensemos un poco y pidamos al Señor por estas familias, quizá en nuestra familia haya algunos casos, para que el Señor nos ayude a reunir a los hermanos, reconstituir la familia. La fraternidad no se debe romper, y cuando se rompe sucede esto que ha sucedido con Caín y Abel. Y cuando el Señor pregunta a Caín dónde está su hermano, “yo no lo sé, a mí no me importa mi hermano”. Esto es feo, es algo muy, muy doloroso que escuchar. En nuestras oraciones, siempre recemos por los hermanos que se han dividido.
La unión de fraternidad que se forma en la familia entre los hijos, se lleva a cabo en un clima de educación a la apertura a los otros, es la gran escuela de libertad y de paz. En la familia entre hermanos se aprende la convivencia humana, cómo se debe convivir en sociedad. Quizá no siempre somos conscientes, ¡pero es precisamente la familia la que introduce la fraternidad en el mundo! A partir de esta primera experiencia de fraternidad, nutrida por los afectos y la educación familiar, el estilo de la fraternidad se irradia como una promesa sobre toda la sociedad y sus relaciones entre los pueblos.
La bendición que Dios, en Jesucristo, derrama sobre esta unión de fraternidad lo dilata de una forma inimaginable, haciéndole capaz de traspasar cualquier diferencia de nación, de lengua, de cultura e incluso de religión.
Pensad en qué se convierte la unión entre los hombres, también muy diferentes entre ellos, cuando pueden decir de otros: “¡Éste es como mi hermano, es como una hermana para mí!”. Es bonito esto, es bonito. La historia ha mostrado suficientemente, por otra parte, que también la libertad y la igualdad, sin la fraternidad, pueden llenarse de individualismo y de conformismo, también de interés.
La fraternidad en familia resplandece de forma especial cuando vemos la consideración, la paciencia, el efecto con el que se rodea al hermanito o la hermanita más débil, enfermo o que tiene alguna discapacidad. Los hermanos y las hermanas que hacen esto son muchísimos en todo el mundo, y quizá no apreciamos lo bastante su generosidad. Y cuando los hermanos son muchos en la familia, ahí he saludado una familia que tiene nueve, el más grande, la más grande ayuda al papá y la mamá a cuidar a los más pequeños y esto es bonito, este trabajo de ayuda entre los hermanos.
Tener un hermano, una hermana que te quiere es una experiencia fuerte, impagable, insustituible. De la misma forma sucede con la fraternidad cristiana. Los más pequeños, los más débiles, los más pobres deben enternecernos: tienen “derecho” de tomarnos el alma y el corazón. Sí, estos son nuestros hermanos y como tales debemos amarlos y tratarlos. Cuando esto sucede, cuando los pobres son como de casa, nuestra misma fraternidad cristiana retoma vida. Los cristianos, de hecho, van al encuentro de los pobres y débiles no por obedecer a un programa ideológico, sino porque la palabra y el ejemplo del Señor nos dicen que todos somos hermanos. Este es el principio del amor de Dios y de toda justicia entre los hombres.
Os sugiero una cosa, antes de terminar, me quedan pocas líneas, en silencio cada uno de nosotros, pensamos en nuestros hermanos y en nuestras hermanas. Pensamos, en silencio, y en silencio desde el corazón rezamos por ellos. Un instante de silencio. Con esta oración, les hemos llevado a todos, hermanos y hermanos, con el pensamiento, el corazón, aquí en la plaza para recibir la bendición.
Hoy más que nunca es necesario llevar de nuevo la fraternidad al centro de nuestra sociedad tecnocrática y burocrática: entonces también la libertad y la igualdad tomarán su justa entonación. Por eso, no privemos al corazón ligero de nuestras familias, por temor o por miedo, de la belleza de una amplia experiencia fraterna de hijos e hijas. Y no perdamos nuestra confianza en la amplitud de horizonte que la fe es capaz de sacar de esta experiencia iluminada por la bendición de Dios. Gracias”.
Por ser quien es, lo dicho, y bien dicho, claro, dicho está; porque él puede y debe hacerlo. Pero que conste que no pretendo aconsejar; yo… digo nada más.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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