Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Santi Gutiérrez en La Opinión el pasado 21 de junio) (*)
Saben ustedes que soy especialista en detectar motivos de asombro. Por eso me veo obligado a referirme a la política muy a pesar mío. Pero tendrán que comprenderlo, porque en la España de hoy ésta es precisamente el principal origen de dislates e incoherencias, y, lógicamente, también de mis sorpresas. Así que les ruego que interpreten cuanto escribo desde esta perspectiva: la de un retablo de las maravillas repleto de sorpresas.
La noticia del día de ayer tendría que haber sido que nuestro país estaba ya creciendo al ritmo del cuatro por ciento: algo asombroso si nos atenemos a la situación que hasta ahora hemos vivido. Y, naturalmente el hecho quedaría registrado en los periódicos. Pero se nos mostró como una cosa más casi sin importancia, es decir, sin resaltar como noticia novedosa del mayor interés; pasaría sin pena mi gloria y ahogada por los consabidos dimes y diretes, confidencias y sarcasmos, o sea sumergida en el acostumbrado politiqueo de vía estrecha. He aquí mi primer asombro. Porque según tenía entendido, para crear empleo se necesitaba inicialmente un crecimiento alrededor del dos o dos y medio, cifra difícil de alcanzar según estábamos no ha mucho. Luego, las medidas tomadas por el gobierno, tan aplaudidas por el resto de los europeos como protestadas por nosotros mismos, permitieron, según los expertos en temas económicos, rebajar ese umbral al humilde nivel del uno y medio o cosa parecida. O sea que, en todo caso, tres ya sería el “acabose”, así que el 4 % – ahora lo pongo en su expresión numérica por mor del impacto visual – es, según expresión hoy acostumbrada, “como para tirar cohetes”. ¿Cuatro por ciento? ¡Pero si eso es poco menos que increíble!
Pues sí, el cuatro por ciento ya está ahí: segundo asombro.
Tercer asombro: El mismo día en que se conocía tan relevante dato, el ministro de Hacienda anunciaría que se están estudiando algunas medidas importantes que relajarían la presión fiscal: medidas a las que vendrían a sumarse algunas otras que ya presagian un clima favorable para al contribuyente. Y yo entiendo que estamos en la lógica: cuando el partido en el gobierno prometió la rebaja de impuestos no hizo sino seguir la línea que siempre mantuvo y que aplicó en ocasiones anteriores: impulsar así la actividad económica. Ésta fue siempre, como se dice ahora, “su filosofía”. Mas no creo que sea preciso repetir que se encontró con una situación extrema; mucho peor de lo que se podía imaginar: estábamos al borde mismo de la ruina. Y en estas circunstancias parece natural, por tanto, que, una vez parado el golpe y hecho el esfuerzo que sin duda pedía la “ciudadanía”, los del gobierno pudieran volver donde solían: a impulsar la economía revitalizándola en vez de produciendo gasto público. Mi asombro ha sido que por ahora nadie haya expresado algo tan sencillo y evidente. Veo, por ejemplo, como los medios se enredan en señalar dimes y diretes, gestitos y pequeñas maniobras, caseras intenciones partidistas y toda clase de mínimos detalles, faltos todos ellos de una visión global o secuencial. Todo es atribuido a las exigencias de la política pequeña, como si España fuera un patio de vecinos en el que toda ruindad tuviera asiento. Ni siquiera el gobierno ha sido capaz de relatar – por lo menos hasta la hora en que esto escribo – algo tan sencillo como esto. Es decir, que, según parece, a nadie se le pasa por la mente una explicación tan lógica como ésta; sólo pueden admitir el juego de los más pequeños y ruines intereses. Nadie concibe que detrás de las decisiones de un gobierno pueda haber una buena intención o una mínima visión. Me viene al recuerdo de un artículo mío bastante reciente: el titulado “Nadie merece ya la buena fe”,
Cuarto asombro: no voy a entrar mucho en este tema, pero ya saben lo que está pasando: que hay muchos indignados porque querían que – oh, milagro – el desastre económico legado y también negado durante el decenio de los irresponsables fuera resuelto con el tratamiento indoloro de unas aspirinas y unos paños calientes. Es más, a que la rebaja de impuestos se aplicara con carácter inmediato: antes incluso de cualquier otra fórmula específica. Y es ya de sobra conocido que esos indignados, que parecen ser ya legión, han ganado la voluntad de muchos españoles, por lo que se ve poco informados y peor formados. ¡Ay el informe Pisa!
O sea, que se han agarrado como a un clavo ardiendo a los embaucadores. Pero resulta que los flautistas tras los cuales “van en pos” están dispuestos, según ellos mismos nos anuncian… ¡a brearnos a impuestos! Quinto asombro.
¡Viva la coherencia! No me digan ustedes que no es para quedarse con la boca abierta.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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