Por Carlos de Bustamante

( Santa cena. Murillo) (*)
Fue a punto de finalizar la cena. Tomó Jesús un cáliz grande, sobrio, elegante, especial. Con la mirada, y sin palabras, me indicó llenarlo de vino. Lo hice. Rojo como la sangre. Pero era vino. Me aparté. Junto a Myriam. Expectantes. Como todos. Con la solemnidad que nunca vi igual en Él.
Tomó pan y, solemne, dijo:
-“TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS”.
Igualmente, consagró el vino con estas palabras:
-“TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE. SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA”.
Comimos un trozo cada uno de ese pan, que ya no era solo pan, sino Su Cuerpo. Y bebimos todos un sorbo de ese vino, que ya no era solo vino, sino Su Sangre. También supimos que el Mesías había vuelto al seno de su Madre…
El velo, descorrido en parte, me permitió casi desvelar el Misterio. ¡Y mi gran parte de culpabilidad! Recibí el consuelo del perdón en las miradas de Jesús y de Myriam.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm4.staticflickr.com/3751/19251309356_f0177f665c_b.jpg
Home