Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Carlos Armando Ortega Delgado, en Facebook ) (*)
Muchas son las ocasiones en las que de un tiempo a esta parte he sentido la sensación que suele preceder al vómito. Y una vez más les ruego que no tomen lo que diré a continuación como puro comentario político, porque tiene que ver con actitudes y con sentimientos que me mueven a reaccionar quiera o no quiera. Una de ellas, como casi todas, es reciente y también difícilmente superable.
Se trata de la imagen en televisión de unos señores en cuya expresión se hace patente el regodeo. Efectivamente, en sus rostros se percibe una intensa expresión de felicidad reconcentrada, un fuerte regusto como de venganza. Una manifestación del placer del mal ajeno.
La razón era que un compatriota suyo acababa de optar a un importante puesto internacional y no lo había conseguido, hecho que yo tuve claro, no desde el principio, pero sí en las circunstancias del último momento. Todo parecía ir razonablemente bien hasta la víspera: la influyente Alemania se había mostrado favorable a nuestros intereses y ésta era una buena baza de principio. Pero, mire usted por donde, en el último instante se produciría la coincidencia de la votación con un momento álgido; una de aquellas ocasiones en las que se contiene la respiración: Grecia, con el agua al cuello, convocaba un referéndum y ponía en juego su suerte y la de Europa.
Luego la Unión plantearía unas duras condiciones para acudir el rescate, y quedaba pendiente del refrendo por el parlamento heleno de una contradictoria aceptación. Así se producía de un día para otro una situación en la que la votación por el ansiado puesto quedaba relegada a la condición de trasto incómodo. Con ello prevalecería la máxima ignaciana de no hacer en tiempos de mudanzacun cambio que podía ser incluso mal interpretado como inoportuna rectificación, y se confirmaría a quien hasta entonces ocupara el puesto.
Bueno, otra vez será; también es mala suerte. Esto sería lo normal. Pero por el momento ha sido la ocasión para, una vez más, sentir la mala baba de muchos de nuestros políticos, para los cuales la menor prioridad sería el bien de la nación. Absolutamente prioritario será, por el contrario, cargarse al adversario político, ya convertido decididamente en enemigo. De ahí la satisfacción que translucían los rostros de los opositores al Gobierno, y también mi sensación de incontenible asco.
Recordé entonces otra ocasión en la que se jugaba la posibilidad de que un español ocupara un puesto relevante. El candidato tenía todas las de perder. El puesto era, nada menos que de Secretario General de la Organización del Atlántico Norte, compartida por los europeos con los norteamericanos. Y nuestro candidato era miembro de un partido que había mostrado repetidamente su animadversión hacia la organización que él pretendía ahora representar. Mucho hacía falta tragar, “por consiguiente”, pues era era evidente la contradicción; bastaba tan sólo recordar aquellas marchas de bocata y autobús pagado a Torreón y aquellas enardecidas masas humanas de pañuelo rojo al cuello para las que simplemente la palabra “OTAN” era motivo ya para explotar de un odio incontenible. Y, para más inri, el candidato era profesor de química, o sea que conocía bien los efectos de la energía nuclear.
Bueno, pues, naturalmente, todo el mundo acogió entonces con la natural satisfacción la noticia de su designación, tal como ocurrió con otros puestos también relevantes en el ámbito internacional. “Quien te ha visto y quien te ve” diría la gente con razón, pero la mayoría de los españoles se sintió satisfecha y orgullosa de que contasen con uno de sus compatriotas por muy contradictorio que fuera el nombramiento. Además aquel señor lo hizo francamente bien. Yo tuve ocasión de verle desenvolverse en un medio tan exigente como al que accedió, e incluso le invité a que hablase en otro foro de gran importancia intelectual. Y he de decirles que nunca vi en mi vida un converso más sinceramente convertido. Bueno; sí hay algún caso más que yo conozca. Pero ahora me pregunto qué pensaría el ex Secretario General cuando oyese al líder actual de su partido anunciar su deseo de suprimir el Ministerio de Defensa, burrada ésta que desacreditaría en Europa – y en cualquier país civilizado y medianamente importante del planeta – a quien la pronunciara en un mundo como éste, nuevamente plagado de riesgos y amenazas. Digo que me lo pregunto pero verdaderamente ya lo sé: se llevaría las manos a la cabeza y no dará crédito a lo oído.
Pero ya saben ustedes del silencio de los que podrían hablar y no lo hacen. Y como los que podrían hablar no parecen dispuestos a parar el carro, podemos ver escenas como éstas en las que sus compañeros de partido muestran una alegría desbordante porque España no haya conseguido un puesto de importancia. Lo cual tiene bemoles cuando uno acaba de envolverse aparatosamente en la bandera nacional. Esto es como para creerles algo.
Ahora comprenderán ustedes mi sensación de náusea. Claro que hoy sería mucho pedir que los infantilizados y pastueños españoles, seducidos por las teclas y los tuits, mostraran una pizca de memoria y un adarme así de entendimiento. Voluntad sí que tienen – sólo faltaría – pero ya vemos en qué dirección se está orientando con negación de la historia y la razón. ¡Ay el silencio de los intelectuales!
Detectar estas cosas asombrosas y exponerlas siquiera sea a un más que improbable lector en público responde en parte a mi papel en este blog. Ahí tienen ustedes, por ejemplo, ya que hablamos del famoso “fair play”, algo realmente increíble y más en un patio de vecinos como en el que vivimos: el silencio sobre el hecho de que el padre del de la coleta fuera miembro de una organización terrorista responsable de múltiples asesinatos, algo sobre lo cual, con lo que rajamos sobre cualquier cosita irrelevante, ya tiene mérito no decir absolutamente nada. Sé que su padre y él son seres distintos, que su familia es su famila y que a la familia habrá que respetarla evitando incluso los escraches (ejém, ejém). Y que bla, bla, bla… Mas no me digan que no es tremendamente rara esa excepcional delicadeza impuesta en este llamativo ejemplo por la “corrección política”; salvo, claro está, si el dato fuera rotundamente falso, lo cual no parece ser el caso.
Como increíble parece, visto también desde el ambiente actual, aquella reacción de los españoles, incluida la oposición política, cuando el señor Solana, socialista de pro y como tal antinorteamericano por naturaleza – “OTAN, de entrada no” – fue designado Secretario General de la Organización Atlántica.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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