Por Javier Pardo de Santayana

(Loro. Acuarela de Cristina Irujo Echavarri en artelista.com ) (*)
Hay en la Primera de Televisión Española un ameno problema titulado “La Tierra” que dirige un presentador natural, simpático, gran comunicador y que hasta ahora venía siendo conocido por su condición de “hombre del tiempo”. El programa es extraordinariamente variopinto. Su tema general es la Naturaleza, que se nos presenta en sus múltiples y más variadas formas, desde las verdaderamente “cósmicas” – esas que nos superan en su grandeza y espectacularidad – hasta las de apariencia más humilde, sencilla e incluso insignificante. Lo mismo se habla de las galaxias que de los cebollinos, y tanto se contemplan las grandes perspectivas a vista de pájaro como los mínimos detalles de la cabeza de una pulga. Cualquier cosa del mundo que nos rodea y que pueda inspirarnos ternura o interés tiene cabida en este entretenido espacio que se introduce diariamente en nuestra intimidad para transmitirnos grandes y pequeñas cosas asombrosas.
Uno de los últimos alicientes del programa es, desde hace no mucho, un acertijo para el que se nos ofrecen varias soluciones. En esta ocasión no se trataba propiamente de una pregunta sobre varias fotografías, sino sobre un sonido. Y lo que uno creía oír era el desesperado llanto de una criatura. No parecía haber la menor duda: la grabación poseía todos los matices y variaciones que uno está acostumbrado a oír a los bebés. Pero las contestaciones – A, B, C y D – permitían elegir, además de la figura del consabido tierno infante, las de un asno, un mono y un loro. Así que uno pensaba: aunque parezca mentira podría tratase, no ya de un niño, sino de algún otro animal: ahí estaría el truco. Y uno pensaba que un mono como el de la fotografía, tan parecido a un niño, bien podía, por mucho que dudásemos de ello, ser la respuesta correcta.
Y sin embargo. la solución era “el lorito verde”, aunque uno hubiera supuesto que con un pico como el de esta ave sería imposible reproducir de una forma tan fiel un sonido tan complejo y tan particular. Al menos yo me dije: sé que los loros imitan bien la voz del hombre, pero me cuesta creer que no se advierta la diferencia en lo más mínimo. Esa cabecita de nada, esa lengua carnosa tan robusta y ese pico tan duro y curvado no podrán recordar y aún menos repetir el llanto de un niño con tanta perfección y exactitud.
Eso pensaba yo también antes de oír a aquel loro de Smara tan famoso. Recuerdo la mañana, a la hora del desayuno, cuando me acerqué al comedor de la residencia militar de la Legión. Yo había oído hablar de él como algo prodigioso, pero nunca pude imaginar que aquella fama suya fuera tan merecida. Estaba el comedor recién barrido y fregado, con las sillas apoyadas en las mesas para facilitar la operación, cuando yo me acerqué para tomar un café con leche. Y se ve que aquella era buena hora para la actuación de nuestro loro, uno de esos ejemplares africanos de tonos grises con plumas rojas en la cola que son tenidos por los más locuaces. Desde luego ese día se sentía eufórico, como deseoso de ofrecer al primer llegado su amplio y refinado repertorio verbal y musical. De su superdotado pico brotarían frases ocurrentes y oportunos comentarios sin necesidad de que se le animara a hacerlo. Recuerdo sobre todo una impresionante interpretación de la marcha de “El puente sobre el Río Kwai”, aquella que, para mostrar su cohesión y disciplina, silbaban los soldados norteamericanos prisioneros de los japoneses en la famosa película protagonizada por William Holden y sir Alec Guinness.
De verdad que quedé impresionado. Por mucho que hubiera oído desde niño tan curiosa particularidad, nunca llegué a creer que un loro llegara a extremos tan excelsos en su capacidad para distinguir entre bemoles, fusas , semifusas y otras matizaciones musicales o lingüísticas.
Claro que el de Smara era, además, un guasón redomado. Acostumbrado a vivir en el jovial ambiente de una residencia militar en la que predominaban, como es habitual, los jóvenes, había adquirido varias habilidades, como esquivar cerillas encendidas moviendo la cabeza como los buenos boxeadores. Y era ver la elegante capa de un oficial nómada y exclamar “Nóoomada…¡cabrón!” (como es sabido, para los españoles un aparente insulto puede ser la mayor expresión de amistad o admiración).
Pero lo mejor de nuestro loro era una historia que sucedió con ocasión de una visita del Gobernador General del Sáhara a los legionarios. En la unidad estaban a la espera de unas dietas que no acababan de llegar, y la cosa ya pasaba de castaño oscuro. Así que a alguien se le ocurrió recordárselo a tan alta autoridad aprovechando las prodigiosas facultades de nuestro emplumado personaje. Y preparó al animal mediante la repetida audición de una cinta grabada.
Cuentan las crónicas, y conociendo a nuestro loro no tengo por qué dudar de lo que dicen, que llegado el día y terminada la visita, cuando el Gobernador, invitado a entrar a reponer sus fuerzas en la residencia de oficiales, había cruzado por delante de la percha en la que el animal se hallaba acomodado y, ya en el bar, conversaba con el jefe del destacamento – en un momento en que paró el bullicio y se hizo un silencio de los que se justifican con aquello de que “pasó un ángel” – se oyó una voz en off que preguntaba a voz en cuello desde el comedor: “¿Y de las dietas, qué?”
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm1.staticflickr.com/514/19351126174_693a21bc45_o.jpg
Home