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La corrupción. Preguntas y asombros

Tres foramontanos en Valladolid 15 Ago 2015 - 07:21 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Gallego y Rey en El Mundo el pasado 20 de Julio) (*)

Una vez más les haré partícipes de mi falta de conocimiento en los asuntos económicos. Pronto les quedará claro que siempre descuidé este aspecto de la vida de la que hoy se habla sin parar porque parece ser el centro y el motor de todas las actividades que desarrolla el hombre. El caso es que por naturaleza y formación huí toda mi vida del contacto con el vil metal y nunca lo ambicioné sino que más bien lo rehuí como terreno propicio para el desarrollo del egoísmo. En realidad siempre creí que “todos los pecados se encierran en uno” que es precisamente éste.

Pues bien, dejado esto bien claro ya de entrada, les confesaré mi extrañeza ante algunas preguntas sobre la corrupción que considero interesantes y que, sin embargo, no veo que suelan plantearse en nuestros medios de comunicación. Destaca entre ellas una que se refiera a la razón por la cual hoy no hablamos de otra cosa que no sea ésta. Para mí la cuestión clave es si antes no existía, o si, por el contrario, siempre existió y, sin embargo, por alguna razón desconocida, sólo ahora ha cobrado la resonancia que estamos constatando diariamente.

Mi impresión es que siempre la hubo en el mundo del dinero. Que en éste siempre se jugó con ella aunque fuera manteniéndose en el filo de la navaja entre lo legal y lo ilegal para sacar partido de sus recovecos e indefiniciones, y se usaron artimañas para conseguir contratos. Esto por lo que se refiere a la gente “de parné», ya que los ciudadanos “de a pie” se limitaban tradicionalmente a evitar el pago de algunos impuestos no incluyéndolos en las facturas o camuflando su trabajo. En fin, la economía sumergida.

Así que de entrada cabe diferenciar entre la corrupción de la prosperidad y la de la pobreza. Ahora mismo hay países donde la corrupción llega hasta muy abajo porque la gente busca el dinero en cualquier parte posible desde una actitud de lucha por la supervivencia. Situación que no es el caso de España, pero sí, por ejemplo, de la mayor parte de los países africanos. Aquí creo yo que siempre la hubo sobre todo en lo que se conocía como la “recomendación”, práctica ésta en general bien intencionada pero que indudablemente suponía de entrada una discriminación para quienes carecían de padrino. Y a veces – nosotros lo hemos visto – la misma administración consentía situaciones no “reglamentarias” para salir del paso ante la escasez de fondos oficiales.

Otra cosa distinta es, desde luego, la corrupción en la prosperidad, situación ésta en principio deseable pero en la que algunas malas tendencias de la naturaleza humana coinciden con la afluencia de los dineros públicos. Tal fue el caso de nuestra “Sociedad del Bienestar”. Así no es de extrañar que esta lacra se esté detectando principalmente cuando existe un gobierno con mayoría absoluta y que, por tanto, maneja la mayor parte de los fondos oficiales. Como tampoco nos llega a sorprender que el mayor caso de reparto abusivo de dineros públicos entre miembros de un partido se haya producido, hasta salpicar nada menos que a dos antiguos presidentes autonómicos, en una de las pocas regiones gobernadas por el principal partido de la oposición. Tan corriente debió ser allí la corrupción, que su reparto fue tomado como algo natural por los votantes tal como pudo constatarse en las recientes elecciones andaluzas.

Pero es sabido que la corrupción se ha convertido sobre todo en un arma arrojadiza para la acción política, donde se pugna por demostrar que cada uno es más honrado que el vecino. El caso extremo se sitúa, naturalmente, en aquellos partidos que nunca olieron el poder y que ahora se jactan de su limpieza moral cuando en alguna medida, como tales partidos o de forma individual, no desmerecieron de los anteriores cada vez que tuvieron contacto con el presupuesto. Así ha ocurrido por lo menos con los sindicatos o individualmente con sus afiliados. Ahora el panorama nacional nos ofrece el bochornoso espectáculo de dos grandes formaciones políticas midiendo cada una las faltas del vecino, un tercero que viene de regenerador y revolucionario pero ya enseñó el plumero en las contadas ocasiones en las que tuvo la ocasión de hacerlo, y otros menores que presumen de puros siendo así que nunca tuvieron ocasión de demostrarlo. Pero cuando unos y otros accedieron a la posibilidad de lucrarse, como fue el caso de las tarjetas negras, bien que la aprovecharon individualmente. Lo cual no significa necesariamente que la corrupción sea imparable y no haya modo de extirparla, sino que la condición humana huele el dinero y con frecuencia cae en la tentación.

Dicho esto, he de decir también que constato afortunadamente una actividad de la justicia muy superior a la que anteriormente vimos en la persecución de quienes delinquen por este motivo, lo cual es tan positivo que estamos próximos, creo yo, a poder ser un ejemplo para otros. ¿Que a qué razón se debe esto? Pues esa es otra de mis dudas, aunque intuyo que, aparte de la extensión del mal en un ambiente de opulencia y una sociedad minada por un relativismo moral y un materialismo que en su día fueron propiciados incluso por quienes nos gobernaban, también podría reseñarse un mayor interés de control de lo económico. Lo exige, a fin de cuentas, la penosa realidad de una profunda crisis y lo favorece el fulgurante desarrollo de unos medios tecnológicos que por primera vez permiten acceder a todos los datos posibles y existentes. Naturalmente, a este variado cóctel debemos añadir la pugna política que ha convertido España en una especie de patio de vecinos en el que cada uno busca las vueltas al rival, ahora definitivamente ya “enemigo”.

Y aún añadiré una tercera incógnita; algo que me llama poderosamente la atención y de lo que desconozco cómo ha podido evolucionar tanto en tan escaso tiempo. Me refiero a la rapidez y contundencia de la acción policial en la persecución de esa corrupción de carácter económico que es también social y moral. Uno se pregunta el por qué de ese espectáculo que nos trae cada telediario en el que policías y guardias civiles arrestan a personajes más o menos conocidos, puesto que, según parece, la corrupción era ya corriente en otros tiempos y entonces no veíamos escenas como esas. Y tengo la impresión de que en que ocurra esto ha influido poderosamente la aceleración de la tecnología, es decir la capacidad, antes inexistente, de controlar cualquier operación mediante el empleo de los ordenadores y la captación de las comunicaciones. A lo que habrá que añadir también, supongo yo, el desarrollo de las capacidades necesarias para ejercer un mejor control de los dineros. En tal sentido me parece tan encomiable como relevante el inmenso esfuerzo realizado con objetivo de dotar a los mecanismos del estado de los medios y el personal especialista necesarios para reaccionar ante esta lacra que es ahora objeto de persecución generalizada. A mi me parece digna de admiración y orgullo la respuesta dada ante este reto por la Guardia Civil, dirigida incluso a relevantes banqueros, políticos e incluso miembros del gobierno; prueba ejemplar de buena democracia.

Sorprende también hasta qué punto la Guardia Civil es hoy en día experta en casi todo: criminalidad, droga, delincuencia y tráfico desde luego, pero también en otras materias muy diversas de carácter técnico y científico, como las telecomunicaciones, de las cuales hoy nadie escapa ya.

Otra cuestión que me pregunto es en qué medida los expedientes judiciales proceden de denuncias de partido, de las personas afectadas, o de iniciativas propiciadas por las propias agencias estatales. No lo sé, mas en cualquier caso me parece observar un aumento exponencial del interés tanto de los gobiernos como de la sociedad civil por que se proceda a una limpieza radical en el ámbito económico, y esto me parece sumamente positivo siempre que no proceda de la hipocresía o quede empañado por una motivación espuria.

Creo yo que la regeneración de nuestra sociedad debiera sacar de este proceso algunos frutos y lecciones importantes bastante más allá de su simple aprovechamiento ideológico o como munición contra el rival político, porque de lo que aquí se trata es de mejorar la sociedad y sus instituciones y no de ver la viga en el ojo del vecino y no en el propio. Pero claro, esto es ya arena de un costal diferente. Porque lo más probable es que, tal como venimos observando, en vez de para sentirnos mejor y construir un futuro más perfecto y más justo, la lucha por la corrupción sirva principalmente para desacreditar al adversario y luego entonar el mea culpa como nación corrupta. Una vez más, si Dios no lo remedia, en vez de sentirnos orgullosos por contar con un sistema que es capaz de generar desde dentro y sin prejuicios una reacción saludable de regeneración moral; en vez de valorar un mecanismo ejemplar para la investigación de los delitos económicos; en lugar de poner de relieve la independencia de un poder judicial que permite perseguir el delito sin tener en cuenta la posición social del delincuente; nos dedicaremos a fustigar al adversario, y, ya puestos a ello, a nosotros mismos, que así alimentaremos nuestra leyenda negra. Aquélla que aceptamos como corderos pese a haber sido fabricada en países que pretendían anularnos, y que hemos seguido alimentando cada vez que hemos tenido la ocasión, convirtiendo nuestros éxitos en motivo para la desunión y para recalcar un supuesto fracaso nacional. Así lo hicimos ante la impresionante reacción de los españoles frente el hundimiento del “Prestige”, con motivo de la importancia adquirida por nuestra nación “en las Azores”, ante el comportamiento valiente y decidido del pueblo de Madrid con ocasión del atentado del 11 de marzo del año 2004, y, más recientemente, malogrando la impresionante exhibición de solidaridad por el asesinato de Miguel Ángel Blanco con la presencia de los filoterroristas en las instituciones vascas y navarras. Que para chafar lo nuestro somos unos artistas de primera clase.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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