Por Javier Pardo de Santayana

( Sitting pretty. Acuarela de Debi Watson, en debiwatson.com) (*)
Escribo esto aún con las huellas del sudor y la respiración alterada por el trabajo físico. Acabo de volver a mi “morada cántabra” y una vez más he tenido que meterme de lleno en faena.
Reflexiono sobre la actividad de la naturaleza, especialmente evidente en estas latitudes húmedas. Se diría, en efecto, que el paisaje siembre está inacabado y que la creación continúa aún después de millones de siglos de existencia. Tan real y evidente es este hecho que es el causante de este sudor mío.
No me digan que no sorprende que de la simple tierra ocre oscuro de mi finca – siempre igual e uniforme – sigan saliendo inexorablemente toneladas de nueva materia diversificada en formas, colores y comportamientos: convertida en seres con vida propia cuya presencia invasora llegará a agobiarnos. De ella saldrán los árboles ornamentales – los sauces, las palmeras, los laureles y cipreses; las mimosas, el magnolio, el fresno, la encina, los árboles de júpiter y el roble australiano -, los frutales – el naranjo, los ciruelos, los manzanos, perales y granados -, los setos de laurel cerezo, las enredaderas verdes, las hortensias, los camelios, rosales y adelfas, las calas y las canas, la vinca o la pieris japónica…
Tamaños y colores todos ellos diferentes, plantas crecidas a partir de cosas mínimas, algunas de ellas procedentes de aquí mismo: unas pequeñas simientes o pequeños plantones, unas varas o unos simples esquejes. Todo ello siempre de nuestra propia mano, es decir, sin necesidad de ayuda alguna.
El terreno era lo que aquí llaman un prado o una mies. De “Barrales” la llamaban, pues era zona húmeda atravesada por un regato ya no utilizado, así que su conversión en un parque de árboles y en huerta de calabacines, acelgas, pimientos, patatas, berenjenas y lechugas supone una transformación regulada por el tiempo. Por el tiempo, sí, y por la meteorología, que aquí permite que todo crezca sin más que algunos cuidados esporádicos.
De verdad que cuando, tras un gran esfuerzo quizás impropio de mis ochenta y dos, me enfrento al transporte de los desechos de la poda o simplemente de la limpieza de las hojas caídas – ay la mimosa de cuatro estaciones… para depositarlos en el montón de compost o en la pira que haremos arder con el municipal “nihil obstat”, no puedo por menos de pensar en la generosidad de la creación, transformada ahora en belleza ornamental y en alimento. Y cavilo sobre nuestro papel de humanos que modelan la realidad asombrosa de la naturaleza como colaboradores de la acción divina.
¿Cómo pueden salir tantas y tan variadas cosas de una tierra humilde y uniforme en su tonalidad? ¿Qué poca cosa basta para que, como con una varita mágica, ésta se transforme en esos potentes troncos que levantan sus brazos hacia el cielo, esas flores espectaculares de miles de colores, o esos sabrosos frutos de la huerta? Cuando nos dicen que en las simientes diminutas se halla ya escrito su futuro y que éste se realizará inexorablemente hasta convertir a aquellas en seres individuales diferentes entre sí y sin embargo perfectos en su desarrollo… O que a los altos árboles vendrán los pájaros para trenzar sus nidos, y a las flores las abejas y las mariposas, con lo que cada semilla creará su ambiente y añadirá su parte para adornar y construir la vida.
En efecto, con la colaboración de mañanitas de lluvia y largas tardes de sol; con el sonoro silencio de la noche y la luz de la luna, con el paso sin piedad de las tormentas y con el picoteo de los pájaros; con el concienzudo trabajo de los gusanos y topillos, con mi propio trabajo de azada y de rastrillo y con mis manos hundidas en la tierra – como en un acto mágico tan sólo propio de un planeta mágico – el panorama poco prometedor de una tierra de color ocre oscuro y aparentemente exhausta se revolucionará y adquirirá inimaginables rostros nuevos sin necesidad de inventar nada; simplemente dejándose llevar por la increíble oferta de la vida que no podemos dejar de agradecer a nuestro Creador.
Dirán ustedes que esto lo saben hasta los niños de primaria porque lo han visto en la televisión. Lo que me preocupa es que ya ni siquiera se asombran de estas cosas. Ahora están ya más cerca de exigirlas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm1.staticflickr.com/533/20199909921_1336d994c8_o.jpg
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