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Apócrifo IV. 2. Cumplimiento de una condena

Tres foramontanos en Valladolid 01 Sep 2015 - 07:25 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Preparativos para la Crucifixión. Óleo de José de Ribera en la Iglesia de Santa María, Cogolludo, Guadalejara. Pintura.aut.org ) (*)

En el majuelo de José de Arimatea, del que era guarda y espantapájaros de carne y hueso, había un lagar y una cabaña. Situada ésta en el punto más dominante, pude contemplar un día lo que nunca pensé que pudiera suceder. La envidia de los hipócritas -los fariseos- había condenado a muerte a mi Amigo Jesús, Iahveh, Dios, YO SOY, el Mesías. Horrorizado y aún con la esperanza de que Dios no muriera, porque no podía ser y además era imposible, boquiabierto vi y, muy fino de oído, escuché lo inimaginable.

Con el cuerpo maltrecho, cubierto de sangre desde los pies a la cabeza, cayó en la cima del monte Calvario con el madero de la Cruz que, con la ayuda casi al final de un tal Simón de Cirene, llevaba a cuestas. Ensangrentado, desfigurado, pero sereno. Como solo Dios podía estarlo en tales circunstancias. Vi a los verdugos y a los soldados. Escuché los martillazos.

Le cosieron con clavos enormes manos y pies a la Cruz. Aún esperaba el milagro. Vino Myriam. Su Madre. Mi Madre. Junto a la Cruz de Jesús. La acompañaban deshechas en llantos, María Magdalena y María de Cleofás. De sus discípulos, solamente uno: el adolescente Juan. Los demás, todos huyeron.

Lo levantaron. Entre dos malhechores. En el mismo suplicio. Me desplomé como un fardo. Aquello que estaba viendo seguro que eran alucinaciones. Mi Amigo, el Mesías tan esperado, crucificado entre ladrones. Alucinaba. Seguro. Desde el suelo y casi tapado con las manos los ojos, aún vi lo que nunca hubiera deseado contemplar. Vi todas mis muchas miserias en el Cuerpo destrozado de mi Dios. Mis pecados y los de todos los hombres en las horribles llagas de un crucificado. Sólo la imagen dolorida pero serena de mi Madre, hizo que allí mismo Tarsicio no muriera de pena y arrepentimiento. Su Vida por la nuestra. ¡Cuánta miseria y cuánta maldad en Tarsicio y en la humanidad toda! E incomprensible, ¡cuánto Amor en mi Amigo, mi Dios! Escuché el murmullo de una multitud que, azuzada por los hipócritas, le insultaban y se mofaban con carcajadas de los demonios, como si asistieran a una fiesta. Bacanal (orgía) de los patricios romanos más corruptos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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