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Un verano de locos

Tres foramontanos en Valladolid 05 Sep 2015 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Atardecer en Alicante. Acuarela de Carlos Martín) (*)

No deja de ser curioso el desfase que existe entre la percepción pública de las estaciones del año y su realidad. Ahora, por ejemplo, tendemos a considerar que terminó el verano cuando de él aún queda nada menos que septiembre. Parece que el cambio brusco que experimentan nuestras vidas al terminar agosto señala ya el relevo estacional. Quizá sea porque confundimos el verano con el veraneo.

El caso es que sentimos haber dejado atrás un verano especial e interminablemente largo. De entrada las temperaturas batieron desde pronto récords de calor, y esto parece habernos afectado hasta el caletre. Hemos vivido un ambiente como de fin de siglo o algo parecido. Y no es de extrañar, puesto que mientras sudábamos la gota gorda veíamos cosas de las que afectan al ánimo del más pintado: cosas tan sorprendentes que nos resistíamos a aceptar que fueran reales.

Tuvimos sí, la sensación de vivir una larga pesadilla, y eso que aún nos faltaba el fin de fiesta. La imagen repetida en los medios de comunicación era la de la plaza de Síntagma, de grato recuerdo para mí, que pasé en ella varias noches en dos viajes inolvidables. De Grecia – quién lo iba a decir – nos llegaba la actualidad política. Algaradas, manifestaciones, y nada menos que un partido filocomunista en actitud chulesca pretendiendo enmendar la plana a Europa. Mientras tanto, en España, sus palmeros, como un triplete cómico fuera del tiempo en que vivimos, intentaban su justificación. ¡Quién podría haberlo imaginado, después del monumental fracaso del pensamiento cutre que nos dejaría millones de muertos como herencia!

Finalmente, envaine general por mor de la razón tras de dejarnos ver las colas de un corralito y el patético llanto de los jubilados griegos. Luego, equilibrios semánticos para salir del paso sin dejarse los dientes del todo en el empeño, mientras los españoles colmaban las carreteras camino de la playa o se perdían en los chiringuitos a golpe de paella.

Mientras tanto, en la realidad virtual que padecemos, una maniobra elefantiásica y cansina para no dar siquiera opción a la esperanza. Quienes antes reclamaron el rescate de España como solución a lo que ellos mismos propiciaron se negarían ciegamente a reconocer la recuperación que la paciencia y determinación de nuestros gobernantes y el encomiable esfuerzo de los españoles había conseguido, y la ponían en peligro arremetiendo con saña partidista contra quienes consiguieron sacarnos del hoyo en que nos habíamos metido por negar la crisis e intentar resolverla malgastando lo poco que quedaba.

Todos contra el gobierno. Para tocar poder era preciso cargarse el establecimiento aunque fuera pactando con el diablo. Poco importaría que los responsables económicos de Europa y del resto del mundo elogiaran nuestro éxito a la hora de salir de la situación de crisis en que tan torpemente nos metieron nuestros gobernantes, o ver lo que ocurrió a los griegos por engañarse a sí mismos y hacer caso omiso de lo que les decían los hombres sensatos. ¿Aprenderemos algo de la experiencia ajena? Porque aquí parece haberse perdido la razón. Durante la canícula, y antes y después de ella, las burradas fueron continuas e increíbles en su abundancia y en su encono: persecución de símbolos como objetivo prioritario, cambios en los nombres de las calles, nombramientos de gente impresentable, y la imagen repetida hasta el hastío de políticos diciendo sistemáticamente que el gobierno todo lo hace mal, sin caérseles la cara de vergüenza por la ejecutoria propia y sin aportar una sola idea constructiva; sólo con la obsesión por destruir al oponente.

Sí, terminan ya unos meses de calor y de excesos, de ambiente desaforado y surreaalista, como de liquidación de lo que pudiera quedar de razonable. Y del verano aún nos queda septiembre. No lo olviden, porque este nuevo mes promete ser de órdago a lo grande; y nunca mejor dicho. En Cataluña están preparando una especie de “gran orgasmo nacional”, así que ustedes verán banderas a porrillo, como si las regalaran pero con cargo más o menos directo al fondo público. Y no se perderán la visión de cadenas humanas, de tiernos infantes y de bellas jóvenes sonrientes enarbolando gallardetes y proclamando su fervor ”patriótico”. Y, naturalmente, al Barça al fondo como símbolo supremo, pues recuerden que no es un club cualquiera; que es algo “más que un club”.

Verán también hasta la náusea la pretenciosa imagen de los líderes: al del tupé y al del ojo entornado haciendo el paripé de que van juntos pero con la navaja presta a ser utilizada ante el botín que ansían, y a algunos diciendo ”bueno, pues que se vayan, que por lo menos estos pelmas nos dejarán tranquilos”, porque los tontos útiles abundan en un lado y otro. Y, naturalmente, oiremos la matraca conocida, como si los predecesores de los hoy traidores a su patria hubieran sido los reyes de la historia y hubieran soportado estoicamente la maldad de “los borbones” y del enemigo castellano. Como si no hubieran sido ellos mismos protagonistas de una historia común desde hace muchos siglos; como si no hubieran participado en los hazañas del primer estado moderno de esta Europa también nuestra y no hubieran recuperado los limites de Europa, descubierto un nuevo mundo y completado el contorno del planeta con el resto de sus ahora “odiados españoles”; esos contra los que han montado zafias y arteras campañas de desprestigio.

Pero déjennos respirar un poco, por favor. No nos martiricen con tanta sinrazón y tanta monserga de escaparate, que ya está bien, señores. Que estas cosas afectan hasta a la salud y además tenemos demasiado paro; que hay aún demasiada tarea por delante.

Venga, pongámonos a trabajar todos unidos, de la mano, juntos, que todos somos una misma cosa. E imaginen, por favor, que así lo hacemos: que nos dejamos de garambainas y nos ponemos a vivir tranquilos ahora que ya salimos de lo peor y hasta nos felicitan al ver la buena pinta que tiene la cosa si no acaban mandándonosla al traste. No nos machaquen, que no tenemos culpa de que unos pocos sean tan chalados y ambiciosos o estén tan cabreados que quieren que también lo estemos todos. Miremos un poco por la ventana en vez de al televisor y a la pantalla del móvil, donde los de la mala baba están empeñados en machacarnos ya definitivamente.

Y pensábamos que no quedaba ya verano…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm1.staticflickr.com/655/20649612858_c550a994ca_o.jpg

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