Por Javier Pardo de Santayana

( Playa de la Magdalena, Santander. Acuarela de Javier Zorrilla.en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es ) (*)
¿Recuerdan ustedes lo tranquilos que solían ser nuestros veranos? Hasta sacaban los periódicos su serpiente para llamar la atención de los lectores. Eran pequeñas tonterías que llamaban a la curiosidad y daban motivo al comentario, añadiendo un toque de exotismo a un devenir relajado y pacífico. Supongo que a veces se trataría de sucesos inventados por reporteros decididos a no perder el puesto.
Claro que en el periodo estival a nadie le importaba nada que no fuera tomar un chapuzón en la playa o la piscina, tenderse como una boa al sol durante el día, o mirar a las estrellas fugaces por la noche. Facilitaba este ambiente apacible la ausencia de dos de los factores que más polémica generan: los tejemanejes de los políticos y las andanzas de nuestros futbolistas. Así que con los niños entretenidos y una situación sin liga ni parlamento, el fondo sobre el que se desarrollaban nuestras vidas en verano era como el de un lago en calma.
Pero amigo: este año, por los motivos que usted bien conoce, la cosa ha cambiado. Cierto es que no ha habido apenas partidos de fútbol, y que ese tema sólo ha fabricado dos serpientes de verano pelmazas y típicas: los dimes y diretes sobre el futuro de De Gea y Sergio Ramos. Pero los políticos siguieron moviendo el rabo como suelen y montaron un espectáculo de sinrazones y esperpentos muy cercanos a la estupidez sublime.
La mala baba hizo su aparición en plena canícula cuando una jovencísima política fue aporreada hasta dejarla hecha unos zorros por un trío de animales que incluía una rubia platino como locutora. La dejaron en el suelo, cerca de la puerta de su domicilio cuando salía temprano para desayunar. La rubia insultaba, y los otros dos bestias zurraban a la joven de lo lindo; operación ésta favorecida por la lenidad de quienes negaron la importancia de los “escraches”, esa elegante forma de anular a los molestos atemorizándolos mediante el acoso ante la puerta de sus casas como gesto ostensible de amenaza. Esto en un país europeo, avanzado y democrático en el que para todo nos mostramos exquisitos menos para la extorsión sindical y política, tan respetable en sus formas que incluye el acoso a las sedes del partido “contrario” en una jornada de “reflexión”, la rotura de las ventanillas de los camiones y autobuses que pretenden circular, y el sellado de cerraduras inyectando silicona. En tal sentido hay que reconocer que la paliza supone un verdadero avance en el empleo de medios contundentes para alcanzar objetivos partidistas.
También hemos tenido a una alcaldesa – nada menos que de la villa de Madrid – que se las da de amiga de los parias pero, que, después de colocar a sus “okupas” en la consabida mugre, se fue a veranear a una casa que costaba un pastón y luego se largó durante una semana para presentar un libro suyo en Buenos Aires con los gastos pagados por la empresa, mezclando lo privado y lo público con una visita a la presidenta del país: una visita que no venía a cuento ni por el motivo del viaje ni porque la citada autoridad argentina tiene una larga lista de razones para la sospecha; entre otros, el de inducir el asesinato del fiscal que andaba detrás de su posible responsabilidad en el ataque a una organización judía. O sea, en algo muy en la línea de lo expresado por aquel concejal suyo que tenía tanto humor que hasta se mofaba de los gaseados por los nazis. Esto sin contar con que a los españoles trató de hacernos la cusqui nacionalizando lo que hasta entonces había sido un negocio de una prestigiosa firma hispana: algo que por lo visto merece convertir en oficial un viaje que nuestra alcaldesa consideró privado. Pero el caso es que, de la alcaldía, nada que reseñar aparte de esto.
Y como suele ocurrir en los últimos años, los independentistas catalanes nos aburrieron hasta el hastío con sus tejemanejes y disputas, que llegaron a provocar la ruptura de una coalición “histórica”. Unos mostraron su mala educación habitual, otros su caradura, y unos y otros su deslealtad hacia el estado que les alimenta. Sí que definitivamente se les vio el plumero al comprobarse lo finos que son a la hora de meterse dinero en los bolsillos, así que es de esperar que pronto descubramos lo que fue del famoso tres por ciento al que se refería el ilustre Maragall. Y en eso estamos. Verdaderamente, ¡qué poca vergüenza!
Para mayor conmoción vivimos un verano de crímenes y también de inmigración desaforada originada sobre todo por la huida masiva de miles y miles de familias del escenario sirio; circunstancia ésta vilmente aprovechada por los mercaderes para forrarse a costa de ellas. Y así, mientras disfrutábamos del mar o la montaña vivíamos un impresionante drama de seres humanos, muchos de ellos niños, ahogados por el vuelco de las embarcaciones que los transportaban o por sofocación en las sentinas cuando no cocidos en tierra dentro de furgones sin ventilación.
Y, como ustedes saben – para qué explicarlo – seguimos los avatares griegos, demostración palmaria de que por aquellas tierras hay, como en las nuestras – ¿será el influjo del Mediterráneo? – demasiado bla bla bla y bastante poco sentido común. Saga interminable ésta de los vehementes helenos, seducidos por los amigos del de la coleta, que han tenido – como suele decirse – que “envainársela”.
En cuanto a las buenas noticias, sí que se dieron algunas y con apabullantes datos sobre la mejora evidente de la situación económica en España. Pero, por lo que se ve, nada que sea positivo merece el refinado gusto de una oposición que se niega a reconocer cualquier acierto del gobierno. “Cuanto peor, mejor, aunque haya que mentir”: este es el lema. Pues qué bien…
Hubo una cosa en la que, sin embargo, sí se respiró cierta tranquilidad, y ésta fue la gestión de los ayuntamientos, que brilló por su ausencia este verano. Aquí, todo parado. Mi impresión es que a los nuevos ediles les viene grande el cargo, y que el bagaje que traían era tan escaso que no contenía más que un par de ideas rancias que ellos – o ellas – creían novedosas. Luego vimos que las dos o tres iniciativas que traían pensadas se referían a cosas ya hechas o inviables. O que eran en realidad un “postureo” destinado a demostrar que podían cargarse impunemente algunos símbolos históricos. Y ahí se les acabó la poca cuerda que traían…
En fin, que para lo único que sirven estos “revolucionarios” es para incordiar a la “ciudadanía” y fastidiarnos el verano haciéndonos pensar en lo que nos vamos a encontrar en la “rentrée”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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