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La explosión del tatuaje

Tres foramontanos en Valladolid 23 Sep 2015 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Tatuaje en acuarela, publicado por Fernando Pino en batanga.com ) (*)

Ya el 14 de abril de 2010 publiqué en este mismo blog un artículo sobre la asombrosa proliferación de los tatuajes en nuestro país. Entonces lo enfoqué en relación con otros usos y costumbres recuperados de tiempos pasados, mas no sabía que aquello pudiera adquirir el auge que ha alcanzado en nuestros días.

Y como casi siempre voy de asombros, me esfuerzo por imaginar lo que pasa por la mente de mis coetáneos para tomar la decisión casi irreversible de revestirse de trazos y garabatos no se sabe bien por qué. Supongo que habrá una parte estética. Hace sólo unos días que traté para ustedes el tema de las modas masculinas a tono con una idea definida de uno mismo como parte de una generación determinada, y esto me hace suponer que la primera condición de quien se gasta los cuartos para que le utilicen como cartulina o papel Guarro estará en relación con una especie de mimetismo con el paisaje natural y humano. Y buscando inspiración, nada mas frecuente y cercano que las pintadas. De donde infiero que quien se expone a ser tatuado quiere de cierto modo convertirse en una superficie más para pintarrajear o escribir frases ocurrentes: uno de esos rincones y paredes mancillados por los mal llamados “artistas urbanos”, símbolo del actual desprecio al prójimo y también a uno mismo por lo que se ve. De ser esto cierto, el tatuaje sería un gesto para quienes desean significarse como espíritus libres o hacer ver que les trae al pairo el resto de la “ciudadanía”. O, de que, siendo incapaces de crear nada meritorio, sacan partido de las modas urbanas para, aprovechando la inspiración ajena, crearse la impresión de que hacen algo novedoso.

Imagino el momento de la gran decisión, esfuerzo mental para mí difícil a la vista de los rasgos y la expresión de muchos de los tatuados; algo que sólo podría comprender como fruto de la influencia del ambiente. Supongo que gran parte de las operaciones de tatuaje serán fruto de largas noches de juerga, o sea de muchas copas y cervezas si no de la euforia provocada por las pastillas y de la subsiguiente propensión a la machada. De lo cual proviene otro de mis asombros, cual es el de que tanta gente se gaste el dinero en una estupidez como ésta estando como estamos en tiempos de penuria económica, pues, aunque he de confesar mi desconocimiento en materia de precios, presumo que éstos estarán a la altura de los tatuajes, en general enrevesados y trufados de detalles como portadas churriguerescas, capillas sixtinas o templos orientales, a los que se añade la dificultad de realizarlos sobre las blanduras y protuberancias de la carne humana, tan abundantes hoy en nuestros pagos.

Imagino, sí, los minutos previos a la operación de tatuaje en que el tatuado elige su modelo y aquel momento en el que se siente fascinado por el barroquismo del dibujo, como también – no sé cuanto tiempo más tarde – el día en el que se siente hastiado de llevarlo impreso para siempre, puesto que ya no podrá cambiarlo sin meterse en un berenjenal. Aquel momento en el que lo que tanta ilusión le hizo se convierte en su mayor castigo.

Y pienso en los tatuados y tatuadas que, alcanzada ya la edad senil, ven su piel surcada por las arrugas y los dibujos del tatuaje ya irreconocibles, como si fueran restos de un viejo pergamino;: unos ancianos hastiados de verlos cada día y cada noche allí mismo, donde se los hicieron aquel día nefasto sólo por no se sabe qué: una maldición que les persigue hasta la tumba. Y a los futuros arqueólogos intentando descifrar las momias como en los restos egipcios del Valle de los Muertos.

Igualmente acuden a mi imaginación los brazos lacerados de los grandes amantes, heridos por los nombres tachados o borrados como castigo de sus enamoramientos y por el cansancio permanente de sí mismos, mientras se agolpan en mi mente insufribles escenas de tatuados en la intimidad conyugal con el aspecto de fieras salvajes u homínidos recuperados por el efecto de una transformación estética acentuada por los añadidos de aretes en las orejas o en los labios, por no decir en la lengua o en partes ocultas de su anatomía; que toda esta ferralla está también de moda. Y, naturalmente, la contradictoria imagen de un bebé en los brazos de una madre convertida por los tatuajes en objeto de su contemplación, mas con al niño asombrado de no parecerse al ser que le parió.

Por otra parte supongo que los tatuados serán conscientes de que su tatuaje reclama, no ya sólo la atención, sino también la curiosidad de los demás, como algunas de las pintadas que ensucian nuestras calles o como esas camisetas dotadas de un mensaje que nunca acabamos de leer enteramente. Y me pregunto qué es lo que pretenden al grabarlo en su piel como una parte de su propia personalidad. Es como si no cambiáramos jamás de indumentaria. Y si uno se cansa de soportarse a sí mismo y no digo de vestir la misma ropa, más digo yo que se cansará de no cambiar nunca de una piel ilustrada siguiendo el capricho de un día concreto y concebido por otra persona.

Habiendo nacido en otra época en que el hombre pretendía dar una imagen sólo de bien lavado y bien vestido, no puede por menos de llamarme la atención el aspecto que ahora busca de sí mismo. Ya me referí hace poco en este mismo blog a la importancia que hoy concedemos a hacernos ver al tiempo que a fundirnos con la masa disfrazándonos según un patrón reconocible, esto es, bajo un aspecto que reúna rasgos de actualidad social, para lo cual nos identificamos con señales concretas como si fueran piezas complementarias y añadidas a nuestra naturaleza. También me he referido al “afeminamiento” que solíamos atribuir al cuidado del cuerpo masculino más allá del necesario para reflejar un aspecto viril y saludable. Mis dudas se centran en si lo que en el fondo se pretende no será añadir rasgos que nos singularicen incorporando a nuestro yo exterior artefactos de toda suerte, como dibujos, frases hechas o exóticos cortes de pelo, o si, por el contrario, pretendemos parecernos a otros y convertirnos, como ocurre, en uno más.

Pero, cualquiera que pudiera ser el caso, la “moda cutre” ha ido más allá del éxito entre la gente tenida por “hortera”, y ha contaminado ambientes que antes pretendían el buen gusto y la excelencia. Un buen ejemplo es éste de los tatuajes en los que la mujer acepta, incluso con entusiasmo, los gestos del pirata, del presidiario o del hombre desgarrado por la mala fortuna. Claro que las variantes posibles en un territorio tan acotado como es el de la moda tampoco serían tantas si no echáramos mano de soluciones como ésta, puesto que el cuerpo humano es siempre el mismo más o menos, y los objetivos fundamentales de la vestimenta – esto es, protegerlo y medio ocultarlo – tampoco proporcionan demasiado juego. De ahí que la mayor parte de las veces lo que se da por novedoso no sea sino un recuelo del pasado, y que lo más llamativo suela proceder de inspiraciones más o menos exóticas.

El resultado final es que los hombres – y no digamos, las mujeres – se cosifican hasta convertirse en soportes publicitarios de tendencias, ocurrencias y mensajes pretendidos o sutilmente impuestos, y acaban por odiarse a sí mismos por aquel momento de debilidad en que un mal día cayeron.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://farm1.staticflickr.com/676/21409590645_c318b28b04_o.jpg

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