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El elevador de la Catedral

Tres foramontanos en Valladolid 27 Sep 2015 - 07:28 CET
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Por José María Arévalo

( Una de las vistas desde la torre de la Catedral de Valladolid) (*)

Desde el pasado mes de marzo se puede subir a lo alto de la torre sur de la Catedral vallisoletana, a los pies de la famosa figura del Sagrado Corazón, a 70 metros del suelo, conocer las diferentes estancias de la torre y su historia, y ver una panorámica única de nuestra ciudad: en los días claros se puede ver hasta la torre de la iglesia de Cigales; espectaculares vistas de la ciudad gracias al nuevo ascensor instalado -en medio de una polémica absurda, como veremos ahora- que completa el recorrido del existente hasta ahora que llega solo hasta los primeros ventanales de la torre, anteriores al piso donde están las campanas.

Así que me apunté en cuanto pude a subir a la torre, con mis compañeros jubilados, en una visita guiada que concertó nuestra asociación, y que incluía también un recorrido por el resto de la Catedral y su museo, de lo que les contaré en un siguiente artículo. No tuvimos suerte con el tiempo, la lluvia azotaba en los pisos de ventanales y sobre todo en el balcón superior, y aun así coincidimos todos en que había valido la pena subir. El tañido de las campanas a las doce en punto nos cogió por sorpresa, justo cuando las visitábamos; aparte del susto, el ruido no es excesivo, de los que requieren protección de los oídos, por lo que, creo, no fuimos avisados por la guía contratada por nuestro grupo. Pero la visita a la torre puede hacerse también separada e individualmente – a cinco euros, con un máximo en cada ascensor de seis personas más el guía-. Toda la información puede verse en http://grouptravel.es/ascensor-catedral-de-valladolid-guia-practica/

Digo que la polémica ha sido absurda porque éste es un recurso turístico de indudable interés y sin coste para el Ayuntamiento ni para el Cabildo. La inversión en esta iniciativa ha rondado el medio millón de euros, pero la parte principal de la cuantía se ha destinado no al ascensor nuevo sino a restaurar la torre. “Cuando nos adjudicaron las obras nos encontramos una situación de bastante deterioro, con forjados impracticables; se han sustituido muchas vigas y sobre todo se ha limpiado la piedra en el interior de la torre”, explicaba Álvaro Olivier, el gerente de la unión de empresas formada por San Gregorio y Rearasa. La estructura de la torre se ha remozado por completo, así como las estancias que alberga: desde la caseta del campanero hasta la maquinaria del reloj, la sala de las antiguas esferas o los péndulos.

( A la izquierda, la salida del nuevo ascensor, acristalado; a la derecha la del ya existente. Al fondo, la esfera antigua del reloj, que hubo que sustituir ) (*)

La obra ha sido pagada con fondos finalistas del 1% cultural que las constructoras que trabajaron en el Ayuntamiento depositaron para este fin. En 1998 el Ayuntamiento y la asociación Amigos de la Catedral, presidida en ese momento por Vicente Garrido Capa, firmaron un convenio a través del cual el Consistorio se comprometía a ceder el 1% de la cuantía de todas las obras contratadas. Es decir, ese porcentaje salía de las empresas constructoras adjudicatarias, que pasaba por el Ayuntamiento para, finalmente, ir a parar a la cuenta de la asociación. Ésta, sin ánimo de lucro, utiliza el dinero para llevar a cabo reformas en el principal templo católico de la ciudad.

La oposición insistió en su rechazo a esta obra en la coyuntura actual y pedía que el dinero se destinara a fines sociales. Frente a ello se evidenciaba que, al ser una cantidad procedente de un convenio, de no utilizarse para la Catedral, las empresas podrían exigir su parte.

( En el nivel de las campanas) (*)

No prosperó la polémica -incluida alguna manifestación de «perroflautas»- y al final no han quedado defraudadas las expectativas. El acceso a la torre tiene lugar por la capilla de San Miguel de la propia catedral metropolitana. Un ascensor que, como hemos dicho ya existía, sitúa a los visitantes en el nivel cero (la altura del tejado del propio templo). Desde ahí ya se toma el nuevo elevador panorámico, que asciende hasta los pies de la cúpula del pináculo. Una escalera de metal da acceso a la galería perimetral desde donde se puede disfrutar de la ciudad a vista de pájaro.

Este nuevo elevador recorre cinco plantas con tres paradas en su descenso, para explicar las distintas estancias: la del reloj, el único automático de España que da las horas y los cuartos con badajo; la de las pesas, y la de la carraca, instrumento que antiguamente se hacía notar en el desaparecido oficio de Tinieblas de Semana Santa.

Y después de esta mejora vendrán otras, la Catedral «es un pozo sin fondo de perspectiva de obras», con la cubierta, el acceso al otro ala y el suelo, este especialmente, que «grita una reparación», según explicaba el Vicario en la inauguración y recogía la prensa local. Para los Amigos de la Catedral, se trata de un «proyecto acariciado hace casi diez años», complejo, que permite una » reconquista más de espacios» y que supone un valor añadido a la ciudad, también en la faceta económica.

( La maquinaria del reloj, inglesa, del siglo XIX, de pesas que se ven en el nivel inferior ) (*)

La construcción de la torre sur comenzó en 1880, cuando se instalan dos máquinas de vapor para elevar las piedras. Las labores se prolongarían durante toda la década, hasta 1890. Aunque no sería hasta 1923 cuando se construye la actual cúpula y se coloca la gran estatua del Sagrado Corazón, elaborada en hormigón armado por el gaditano Ramón Núñez y con una altura de ocho metros. Sorprende la gran estructura metálica interna que asegura su anclaje y que en la visita a la galería se puede contemplar.

( Maqueta de lo que hubiera sido la Catedral con el proyeto de Herrera. Está en la capilla de San Miguel, donde se coge el primer ascensor) (*)

Durante la visita nos contaron la historia de las dos torres de la Catedral de Valladolid, la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, proyectada por el famoso arquitecto del siglo XVI, Juan de Herrera, que ya reseñábamos ampliamente en estas páginas en el artículo “Rincones con fantasma. 25. La Catedral”, de 09.10.13. Sintetizamos ahora lo que entonces reprodujimos de Vallisoletvm, que recogía en junio de 2011 un artículo basado en un guión original de Javier Burrieza, tituladoo “La Catedral de Valladolid más allá de la leyenda”.

“Por Valladolid corre, desde tiempos inmemoriales, una leyenda que atribuye al rey Felipe II –vallisoletano ilustre donde los haya- la culpa de que la Catedral haya llegado a nosotros inacabada. A comienzos de 1561, este monarca decidió que su Corte abandonara Valladolid para instalarse en Madrid; decisión que dejó a su ciudad natal sumida en una profunda crisis. La leyenda explica que Felipe II necesitaba un gran arquitecto para llevar a cabo sus planes para el futuro Monasterio de El Escorial y que, automáticamente, pensó en Juan de Herrera, sin importarle el trabajo que estaba realizando en Valladolid. La tradición nos cuenta, por lo tanto, que Herrera abandonó la Catedral de Valladolid para dedicarse por entero a El Escorial”.

( Grabado de Fournier que muestra la fachada de la Catedral antes de la caída de la torre en 1841, publicado por Vallisoletvm) (*)

Sin embargo, no es ello lo cierto. “La construcción del Monasterio de El Escorial se realizó entre 1563 y 1584. Por su parte, la Catedral de Valladolid comenzó a edificarse en 1582. Esto es, cuando Juan de Herrera aceptó el encargo para la ampliación definitiva de la antigua Colegiata de Valladolid que, años después se convertiría en “catedral”, el Monasterio estaba prácticamente terminado. Lo que realmente ocurrió fue que el famoso arquitecto, una vez realizado el proyecto de la nueva “colegiata” vallisoletana, delegó la dirección de obra en un arquitecto de su más estricta confianza y de gran prestigio: Diego de Praves. Juan de Herrera regresó, entonces a Madrid y continuó trabajando en muchos otros proyectos hasta el final de sus días, en 1597”.

Herrera proyectó –continúa- una Iglesia Mayor para Valladolid, de tres naves, sobria decoración, altura ilimitada, numerosas capillas, predominio del ritmo horizontal y dos imponentes torres que flanqueaban la portada de sus pies. “Como la obra iba a suponer un gasto enorme, Felipe II se encargó de garantizar que el Cabildo tendría ingresos suficientes para sufragarlo. Para ello le concedió el monopolio de la impresión de la Cartilla de la Doctrina Cristiana, con la que alfabetizó y catequizó a los niños, a éste y al otro lado del océano Atlántico. En total, durante varios siglos, la catedral se benefició de la venta de ¡70 millones de ejemplares! de esta Cartilla.

Aun así, el dinero aportado por el Obispado –desde su creación en 1595- no era complemento suficiente para sufragar la construcción y las obras fueron lentas desde su comienzo, hasta paralizarse tras el fallecimiento de Felipe II. La nueva Colegiata había ganado la condición de Catedral en 1596, una vez que Valladolid obtuvo el título de ciudad; pero, desde entonces, las obras tomaron un ritmo tedioso que parecía no tener fin, a pesar de las modificaciones y los recortes hechos al proyecto inicial de Herrera.

En medio de aquel hartazgo, con una Catedral que lo era sobre el papel pero que apenas ejercía como tal en la práctica, en 1688 el Cabildo acordó inaugurar lo que se había construido hasta aquel momento, lo cual se llevó a efecto en una solemne ceremonia.


( Ésta es la Catedral tras el derrumbe) (*)

En los primeros años del siglo XVIII, el Cabildo consiguió levantar la torre de la nave del Evangelio (la torre de la izquierda si miramos de frente a la Catedral). Esto supuso un gran logro, dado que iba a albergar las campanas del templo. La torre era muy esbelta y vistosa y no tardó en ganarse el apelativo de “la buena moza” entre los vallisoletanos. En 1729, el arquitecto madrileño Alberto Churriguera recibió el encargo de continuar con la obra de la Catedral. A él debemos la construcción del cuerpo superior de su fachada principal y probablemente el controvertido atrio con el que se salva la diferencia de altura de la misma con respecto a la calle a la que se abre.

Como muchos otros edificios del patrimonio monumental español, la Catedral de Valladolid sufrió el envite del devastador “terremoto de Lisboa” de 1755. La torre se resintió y, finalmente se derrumbó un siglo después, en 1841. Con el paso del tiempo, nuestra Catedral fue sufriendo otras…”amputaciones”. A comienzos del siglo XX, se desarmó la reja del XVIII que cerraba el coro, para que el interior del templo ofreciese un aspecto más “abierto”. Hoy, la reja se exhibe en el Metropolitan Museum de Nueva York, en una de sus salas principales.

A finales del siglo XIX, se edificó una nueva torre, esta vez en el lado de la Epístola (a la derecha si miramos de frente a la Catedral). La nueva torre quedaría rematada, en 1923, por una cúpula y una escultura del Sagrado Corazón de Jesús. Durante todo el siglo XX se sucedieron reformas interiores en la Catedral: se eliminó el coro de la nave central, se construyó una tribuna para albergar el nuevo órgano, se instaló el retablo mayor obra de Juan de Juni… Nuestra Catedral no cesó en su empeño por encontrar su identidad y mostrarse espléndida ante sus fieles y ante la ciudadanía en general.

Atrás quedó el rumor legendario que durante siglos nos hizo dar por cierto una historia de abandonos, traiciones y fatalidades. La Catedral de Valladolid ha sido testigo de excepción de nuestro pasado y ha permanecido velando nuestro devenir y nuestro progreso con discreción y lealtad.

En fecha muy reciente, el Ayuntamiento de Valladolid ha concluido la urbanización del entorno de la Catedral, convirtiendo el espacio que la circunda en una de las zonas peatonales más espléndidas, amplias y acogedoras de centro histórico de la ciudad. Nuestra Catedral pudo haber sido uno de los templos más grandiosos del Mundo Hispánico, como correspondía a la catedral de la ciudad natal del poderoso Felipe II. Sin embargo, su imperfección es lo que la define en nuestros días y, posiblemente, lo que sustenta su poderoso atractivo y su arrolladora personalidad”.

De la adición de la estatua del Sagrado Corazón como pináculo de la torre sur de la Catedral, también dimos cuenta en otro artículo de este blog, “Cuando el retablo de Juni se llevó a la Catedral”, de 30.10.11 en el que recogíamos otro de don Josemaría de Campos Setién sobre “Ricardo García Guereta. Arquitecto en Valladolid”, en la revista del Ateneo de Valladolid, que contaba en detalle la reconstrucción que dirigió este arquitecto, de la iglesia de la Antigua, cuando ya se creía perdida para siempre, y las obras que por las mismas fechas se realizaron en la Catedral, y el traslado a ésta del maravilloso retablo de Juan de Juni que antes albergaba La Antigua.

Cuenta de Campos Setién cómo el cardenal-arzobispo Cos y Macho le había encargado a García Guereta construir un remate en la torre de la catedral de metro y medio de alto, apoyado en una cúpula pétrea de diez metros de diámetro y seis de altura, reforzada en su interior con una estructura metálica, en forma de pedestal para erigir sobre ella la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. “Encargo seguramente influido por la repercusión de la consagración oficial de España al Corazón de Jesús, que se había realizado con toda pompa en el Cerro de los Ángeles, próximo a Getafe, por el rey Alfonso XIII, el 30 de mayo de 1919. En nuestra ciudad adquiría una significación especial por la promesa de «Reinaré en España con más veneración que en otras partes», recibida en Valladolid, en 1733, por el padre Bernardo de Hoyos, beatificado, con emotiva concurrencia popular, en Valladolid, el 18 de abril de 2010”.

En acta capitular de la S. I. Metropolitana de 18 de enero de 1922, el arzobispo Gandásegui exponía al Cabildo la realización del proyecto del anterior arzobispo, Cos y Macho, para colocar en la cúspide de la torre, a sus 60 metros, la monumental estatua del Sagrado Corazón de Jesús, de ocho metros de altura, de cemento armado, obra del escultor Ramón Núñez, profesor de la Escuela de Artes y Oficios.

La colocación de la imagen del Corazón de Jesús se sufragó por aportación popular. El Boletín Oficial del Arzobispado (24-VI-1923), insertaba, en treinta densas páginas, la relación de contribuyentes a la suscripción que sufragó el monumento. El prelado inauguró el monumento solemnísimamente el 24 de junio de 1923, consagrando la ciudad y la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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