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El Museo de la Catedral

Tres foramontanos en Valladolid 02 Oct 2015 - 07:28 CET
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Por José María Arévalo

( Retablo de Juan de Juni actualmente en la Catedral) (*)

Les contaba el pasado domingo la aventura de subir a lo alto de la torre de la Catedral vallisoletana con el nuevo elevador, que viví con mis compañeros jubilados, en la visita guiada que concertó nuestra asociación, y que incluía también un recorrido por el resto de la Catedral y su museo, de lo que les prometía escribir hoy, a lo que vamos, completando la historia de la Catedral que expliqué en el anterior desde el comienzo de la edificación por Juan de Herrera en 1582. Herrera aceptó el encargo para la ampliación definitiva de la antigua Colegiata de Valladolid que se convertiría en “catedral”, en 1596, cuando Valladolid fue reconocida como ciudad, lo que ya relatamos, pero la primera data de la época de nuestro fundador el Conde Ansurez, cuyo sepulcro abre la entrada al Museo catedralicio que ocupa precisamente lo que quedó de la antigua Colegiata.

Contábamos que desde que la nueva Colegiata ganó la condición de Catedral, las obras tomaron un ritmo tedioso que parecía no tener fin, a pesar de las modificaciones y los recortes hechos al proyecto inicial de Herrera. En medio de aquel hartazgo, con una Catedral que lo era sobre el papel pero que apenas ejercía como tal en la práctica, en 1688 el Cabildo acordó inaugurar lo que se había construido hasta aquel momento, justo a la mitad de lo planificado, y en vez de la cúpula central prevista se montó con carácter provisional lo que hoy es ábside del altar mayor, con simple ladrillo, y así se quedó, por lo que vemos ahora se cubre con cortinajes granates. Nos lo contaba la guía contratada para la visita, en torno al retablo de Juan de Juni que se trajo de La Antigua en 1922, cuando la reconstruyó –prácticamente- el arquitecto Ricardo García Guereta, que también dirigió con gran tino el traslado.

Fue el maravilloso retablo de Juan de Juni por donde continuó nuestra visita tras bajar de la torre. Que se queda pequeño en el ábside del altar mayor, nos decía nuestra guía, añadiendo que antes hubo otros instalados, como el actual de San Benito. A mí me parece perfecta su ubicación, que resalta la armonía de este retablo, mucho más equilibrado y bello que su análogo de la catedral de Burgo de Osma, que Juni realizó con un piso y dos calles laterales más, realmente grandioso pero para mi gusto excesivo, al menos en comparación con el nuestro.

( Catedral de Valladolid. Reja de la nave mayor. Fotografía anterior a 1929, procedente del archivo de Hearst; publicada en Vallisoletvm por cortesía de C.W. Post Center, Long Island University) (*)

En el artículo del domingo recogíamos en parte aquel otro “Cuando el retablo de Juni se llevó a la Catedral” de 30.10.11, en que explicábamos la transformación de la Catedral hasta nuestros días, pero no decíamos –y ahora viene al caso- que don Josemaría de Campos Setién, en aquella publicación en la revista del Ateneo, expresaba su discrepancia sobre el significado de la representación de la gran imagen central del retablo, con Azcárate, que en su magistral estudio sobre «Escultura del siglo XV, en “Ars Hispaniae”, curándose en salud, asigna a la Asunción Inmaculada, y Martín González atribuye, sin ambages, a la Inmaculada Concepción.

“El retablo de Juan de Juni –dice De Campos Setién-, junto con los relieves, en banco o predela, de la Sagrada Cena y la Oración en el Huerto, narra su Inmaculada Concepción, (Abrazo ante la Puerta Dorada), su Natividad, la Virgen y Santa Ana, la Dormición y la Asunción, además de otras figuras, “todo tan bien descrito por Juan José Martín González en su monumental estudio sobre Juan de Juni”. Todos sabemos que la Inmaculada Concepción de la Virgen está representada habitualmente, no exclusivamente, en el siglo XVI, como tan bellamente en este retablo, por el abrazo conyugal que en la Puerta Dorada se dan San Joaquín y Santa Ana, tan poéticamente narrado en los apócrifos Protoevangelio de Santiago, en el Evangelio del Pseudo Mateo, y en el Libro de la Natividad de María, cuyo fruto fue la Santísima Virgen, de la cual nacerá el Hijo de Dios, simbolizado en el relieve por el tierno y blanquísimo recental, Cordero sin mancha, de recorrido teológicobíblico desde el Génesis hasta el triduo Pascual, que sobre sus hombros lleva un personaje de segundo término, viéndose también, a través de un arco, a los antiguos patriarcas llenos de júbilo por la Aurora de la Redención”.

( Museo de la Catedral de Valladolid. Sepulcros del monasterio de santa María de Palazuelos en la capilla de san Llorente) (*)

“Entonces, creo –continúa de Campos Setién-, sin caer en la reiteración representativa, que con todos los atributos de la Santísima Virgen: la azucena en el diestra, el libro de la Sabiduría, de los Cantares o incluso del Apocalipsis (?) en la izquierda, gloriosamente coronada, el creciente de luna, el mundo y la serpiente a sus pies, refulgente con el resplandor de gloriosos rayos que destellan de su ser, puede ser no la Asunción ni la lnmaculada, ya representada en los paneles descritos, sino, como está, radiante de gloria y coronada de majestad, «Santa María Reina y Señora de todo lo Creado», (lnmaculada también, por supuesto), para la que se erigió el retablo en Santa María la Antigua”. Creo que es ésta de Campos Setién la mejor descripción del retablo que podemos incluir.

Y vamos ya al Museo catedralicio. La mejor crónica que he encontrado en la red es la de mayo de 2014 de Viajar con el Arte, en la que vamos a apoyarnos para dar nuestra impresión, sin extendernos demasiado – por lo que, cambiando de idea, a ella nos remitimos en cuanto a historia de la Colegiata-, y que pueden ustedes encontrar en http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2014/05/la-antigua-colegiata-de-valladolid-y-el.html

( Maqueta de la catedral según la interpretación de Manuel Alonso Abril, a fines del siglo XVIII, de las trazas de Juan de Herrera. Al fondo, portada sur de la colegiata del siglo XIII desde el claustro gótico desaparecido, hoy integrada en una de las salas del Museo Diocesano Catedralicio) (*)

Aparte las obras de Gregorio Fernández y Juan de Juni, nuestros mejores imagineros, que desde luego son para quedarse viéndolas toda la vida, me impresionaron cuatro entierros de Cristo, en madrea policromada, del siglo XVI, titulados los cuatro “Llanto sobre Cristo muerto”: uno en la primera sala del museo, de Francisco de la Maza; otro en la Capilla de san Llorente, de Isidro de Villoldo; un tercero de Alejo de Vahía de hacia 1500, quizá procedente de la predela de un retablo desmembrado de Bolaños de Campos; y sobre todo el que más me impresionó, el de estilo hispano-flamenco de inicios de aquel siglo, atribuido al Maestro de san Pablo de la Moraleja, colocado bajo el arco que tuvo la portada sur de la colegiata del siglo XIII, descubierta durante las restauraciones de esta zona para convertirla en museo en la década de 1960.

( Museo de la Catedral de Valladolid. Llanto sobre Cristo muerto de Francisco de la Maza) (*)

De “la gubia del Barroco”, hay un “San Martín repartiendo su capa”, la primera obra conocida de Gregorio Fernández; un curioso Arcángel san Gabriel desnudo, realizado para la iglesia de Tudela de Duero siguiendo el modelo del Mercurio de Giambologna; y dos magníficas tallas de Gregorio Fernández, quizá las mejores del Museo, en la Sala Capitular, el Crucificado del altar y el famoso Ecce Homo de cuerpo entero y tamaño natural, procedente de la primitiva iglesia de San Nicolás, que compite en belleza y perfección con el “Atado a la columna” propiedad de la cofradía de la Vera Cruz, que puede verse en la iglesia de la Hermandad en la calle Platerías.

Y de Juan de Juni, además del retablo ya comentado, en la Sala Capitular hay un busto del Ecce Homo de 1544, procedente de la cartuja de Aniago, que fue figura principal en la exposición conmemorativa de las Bodas de plata de las Edades del Hombre, en la propia Catedral, en 2013; y una impresionante cabeza decapitada de san Juan Bautista de 1545.

( Museo de la Catedral de Valladolid. Ecce Homo de Gregorio Fernández) (*)

Otro maestro bien representado en el museo es Alejo de Vahía, que además del “Llanto sobre Cristo muerto” ya comentado tiene un San Juan Evangelista y un San Juan Bautista, Santos Juanes quizá también procedentes del retablo desmembrado de Bolaños de Campos. A finales de 2009, el Museo Diocesano exhibió doce tallas y un relieve atribuidos al propio Alejo de Vahía, doce obras procedentes de las parroquias de la localidad vallisoletana de Bolaños de Campos, que acababan de ser restauradas con la colaboración de Julia Gil, la mayor conocedora del escultor, y que representan a cuatro Doctores Máximos de la Iglesia, San Juan Bautista, San Juan Evangelista, San Pablo, San Pedro, La Anunciación, San Antonio de Padua y el Llanto sobre Cristo Muerto. Parece que todas integraron el mismo conjunto escultórico, el retablo de Santa María de Bolaños de Campos.

( Museo de la Catedral de Valladolid. Llanto sobre Cristo muerto de Isidro de Villoldo) (*)

Por lo demás, a la entrada del museo hay dos bustos magníficos, como todas sus obras, de Pedro de Mena, los de un Ecce Homo y de la Dolorosa de hacia 1673; en la Capilla de san Llorente un Crucifijo del siglo XIII, un San Juan Bautista de un seguidor del mismo artista o una Magdalena de Pedro de Ávila, y en el centro de la Capilla dos extraordinarios sepulcros exentos de mediados del siglo XIII muy similares, pertenecientes a miembros de la familia Téllez de Meneses y procedentes del monasterio cisterciense de Santa María de Palazuelos. Se componen de sarcófago apoyado en leones sobre el que reposan yacentes. Uno está decorado con un Pantocrátor flanqueado por un Apostolado y un entierro con duelo en los laterales y los frentes con el caballo del difunto y con el escudo colgado al revés en señal de luto, y de nuevo el entierro; el otro sólo presenta escenas del luto.

( Museo de la Catedral de Valladolid. Detalle del Ecce Homo de Juan de Juni) (*)

La capilla de san Llorente conecta desde la derecha con otro ámbito en el que se muestra una sillería barroca de Felipe Espinabete procedente de San Benito, formada por treinta y cinco sitiales con tableros con distintos santos.

En la Capilla de santo Tomás se exhiben, en los arcosolios, piezas de plata de la catedral, esculturas de varias épocas y dos importantes retablos, uno dedicado a San Miguel, fechado ha. 1500 atribuido al Maestro de Osma, procedente de la iglesia parroquial de Corrales de Duero y otro dedicado a santa Ana, del siglo XV, del Maestro de Gamonal, procedente de la capilla de los Tovar en la iglesia de Santa María la Antigua. Otras pinturas destacadas se ven en la sala siguiente, la capilla de san Blas y san Juan Evangelista, unas tablas hispano-flamencas del siglo XVI con la Visitación flanqueada por los santos Mateo y Marcos en el momento de escribir los Evangelios procedentes de la iglesia de Nuestra Señora de La Asunción de La Seca y atribuidas al Maestro de Portillo. Y por fin, la custodia procesional de plata de Juan de Arfe y Villafañe de 1587, que procesiona el día del Corpus en Valladolid.

( Llanto sobre Cristo muerto del Maestro de san Pablo de la Moraleja ) (*)

En la capilla de santa Inés un sencillo arco de medio punto de rosca de ladrillo sirve de marco para un Descendimiento de Juan Picardo del siglo XVI; en el interior, un sepulcro exento del siglo XIII, un Ecce Homo de Alonso de Rozas de fines del siglo XVII y un Calvario con piezas de distintos orígenes.

Todo ello, más de 450 piezas entre pintura, escultura policromada, orfebrería y marfiles, en lo que fuera la iglesia principal de la ciudad durante toda la Baja Edad Media, un interesante conjunto fruto de la amalgama de distintas épocas, con restos románicos, de transición al gótico, gótico puro y final y una inacabada obra renacentista, además de elementos decorativos góticos, clasicistas, barrocos, rococós y neoclásicos.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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