Por Javier Pardo de Santayana

( Nueva York. Acuarela de Álvaro Castagnet en Facebook ) (*)
Llanomonte es el nombre de una calle. No de una calle cualquiera, desde luego. De una calle que sigue el alto borde de una plataforma dominadora del valle del Jarama y desde la que se divisa un increíble panorama de montañas y tierras; de cielos y horizontes. De aquí que “Llanomonte» me parezca un nombre sugerente. Pero no es el único en estas latitudes. Por estos andurriales encuentro, por ejemplo, una “Cañada de la Honda” y no muy lejos un increíble “Camino de lo Cortao”, así como lo escribo. Mas yo mismo vivo en la avenida “del Camino del Pozo” a la que sólo sobra la inmodestia de “avenida”. Y conste que se encuentra rodeada como de un archipiélago de nombres de islas – Gran Canaria, Tenerife, Graciosa…- que hacen soñar viajes y aventuras.
Antes viví en la calle de Colombia de Madrid, sugeridora también de otros paisajes. Creo que fue un marino – el almirante Martel Viniegra, marqués de San Fernando – el que soñó y propuso el nombre de Hispanoamérica para aquel barrio de Madrid. Hombre con imaginación e iniciativa, gestó la venida a España de los Granaderos de Gálvez y así me permitiría conocer de cerca a un avezado astronauta norteamericano.
O sea que el callejero puede contribuir a la contemplación de la belleza, a la cultura, e incluso a iluminar los sueños de los ciudadanos, condenados a sufrir el día a día y la tediosa rutina de la gran ciudad. Pero ocurre que se utiliza con frecuencia para premiar o enaltecer a las personas; y ahí ya entra la ideología y también, con ella, el desatino. Y entonces sucede lo que sucede ahora, que se tachan nombres del callejero. Por ejemplo, se eliminan los de “los Borbones”, así sin más y sin discriminar. Sin tener en cuenta que la mayoría de los suprimidos están criando malvas como es lógico. Pero, como el plumero no puede esconderse, acaba por quedar en evidencia que la persecución de símbolos encierra la intención de cargarse la Constitución. Y, con ella, a quien mejor representa a la nación, o sea a quien más y mejor se esfuerza por dar prestigio a España. Y al final lo sufren hasta los taxistas, quienes por si no les fuera suficiente tenerse que saber los nombres de las calles, han de seguir pendientes de los cambios de nombre que decide un grupo de fanáticos y acaban por acudir al GPS. Algo así como nos ocurrió a nosotros en Mozambique donde aún cambian los nombres de ilustres portugueses para sustituirlos por los de desconocidos – y espero que no irrelevantes -héroes locales.
Por eso me ha parecido inteligente lo que he encontrado aquí, en mi pueblo de adopción: un subterfugio para compaginar la exaltación de quienes hicieron algo para la pequeña o gran historia de los hombres con la estabilidad del callejero, evitando así que esos odios que andan sueltos, y las conocidas envidias pueblerinas, hagan que los nuevos inquilinos del ayuntamiento no se contenten con lo que ya tienen sino que quieran enviar al olvido a quienes no comparten su ideología, O sea, para evitar que la emprendan con el callejero y, por extensión, con las estatuas y otros símbolos aunque éstos sean meras evocaciones de un pasado histórico. Así que se han sacado del caletre la idea de bautizar a una de nuestras arterias – vaya nombre ampuloso – con el nombre de “Calle de los Alcaldes de El Casar”, con lo cual matan a todos los pájaros de un tiro y se acabó el problema.
En todo caso, esto de los nombres de las calles es un lío bastante lamentable, aunque no lo sería tanto si no fuera por la ignorancia de quienes acaban de acceder al poder en los ayuntamientos, cuyo nivel es hoy tan bajo que confunden la velocidad con el tocino y yerran el tiro antes de disparar incluso. Éste es el caso, sin ir más lejos, en el ayuntamiento de Jerez de la Frontera, donde una edil que es ya famosa por los dedos meñiques de sus pies no sólo se permitió llamar “fascista” a don José María Pemán – de quien sólo sabía que no era de su cuerda – sino que se llevó su busto del teatro y lo condenó despectivamente al ostracismo. Sí que era, desde luego y sin la menor duda don José María, un hombre culto, creyente y de incomparable más categoría en todos los aspectos que la de los pies desparramados. Vamos, que no hay comparación posible entre un pensador, poeta y dramaturgo como don José María Pemán que Dios tenga en la Gloria y esta torpe política sobrevenida que torpemente pretende degradarle. Yo espero que aquel busto regrese al sitio donde estaba en cuanto los ciudadanos, con sus votos, echen definitivamente a esa señora de un puesto que nunca mereció ocupar.
Mas, con todo no abogaré por suprimir los nombres de las calles o evitar plasmar en ellas el recuerdo de héroes, de santos, o de españoles que en su vida brillaron por su su trabajo, su bondad o su saber. Ni se me ocurrirá un sistema de números y orientaciones a la manera de algunas ciudades norteamericanas aunque hayan tomado carta de naturaleza como en Nueva York la “Quinta Avenida”. Sí me pronunciaré por la adopción de nombres evocadores que las hagan en cierto modo vivas y a veces nos hagan soñar.
A mí lo que me gusta es, por ejemplo, aparcar el coche para ir a misa y hacerlo como suelo en una calle anodina en apariencia pero en cuyo rótulo se puede leer “calle de la Esperanza”. No me digan que no es hasta poético: va caminando uno hacia la iglesia, y al leerlo dice: “pues eso es precisamente lo que busco”,
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5666/21866008420_99bc2f904d_b.jpg
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