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Apócrifo IV. 10. Lo que es capaz de hacer el Amor

Tres foramontanos en Valladolid 28 Oct 2015 - 07:28 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Maestro de la Moraleja. Llanto sobre Cristo muerto) (*)

Pavoroso. Imposible que nadie pueda imaginar siquiera tanta saña reflejada en el Cuerpo roto, magullado, llagado, ensangrentado -pero con todos los huesos intactos-, de un inocente. Éste sí todopoderoso. Pasado el primer momento de indignación, ayudé a José, el valiente y audaz, a embalsamar con piedad suma el Cuerpo de Jahveh, Dios, mi Amo, Amigo y Señor. Le acompañaba Nicodemo. Otro miembro ilustre del sanedrín. Tampoco estaba de acuerdo con la sentencia. No hubo votación. Estaban en minoría. Caifás y los suyos hipócritas, la mayoría absoluta dicha. La que -justa o injusta- decidía. Nada que hacer. El Amor lo llevaban en fardos enormes de mirra y áloe. “Cosa de cien libras”.

Aunque difícil medida la del Amor, los cincuenta kilos les pueden dar siquiera una idea. Del que le tenían los dos audaces.

Terminada la piadosa acción con Amor inmenso, fuimos requeridos por los legionarios a concluir y salir fuera del sepulcro. Por orden de no sé quién, corrieron entre varios la piedra enorme y con la sonrisa perversa de los malvados hipócritas, sellaron la entrada al sepulcro. Silencio total. Maldad consumada. Victoria del mal sobre el bien. Quedó allí mi gran Amor, mi único y verdadero amigo, “el que nunca traiciona”. El que con Él se sentía uno “fuerte como ciudad amurallada”, marchó cabizbajo, pobre y desvalido; inmerso en la más profunda tristeza de Amor. Mi corazón permaneció allí. Mi cuerpo encorvado y como Él derrotado, marchó. No quise que fuera lejos del sepulcro. Tarsicio se quedó ahora, vigilante, en el cabañuelo. Más asustados y tristes aún que el espantapájaros, desaparecieron grajos y tordos. Silencio. Desierto. Sólo Amor en mis adentros. Y por qué no decirlo, decepción. Sin esperanza. Sin comer ni beber más, pasé en la cabaña lo que restaba de tarde y noche precedente al sábado. Empañados los ojos de lágrimas, miraba y remiraba, sin apenas ver, continuamente a donde mi Amo y Señor estaba muerto y enterrado.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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