Por Javier Pardo de Santayana

( Niños. Acuarela de Susana Baldis. En Facebook Hispacuarela) (*)
Uno de mis compañeros del blog reacciona ante una expresión mía inserta en “Tesoros ocultos”, reciente artículo en el que trataba sobre cómo, al vernos arrastrados por la actualidad, descuidamos mil posibilidades de inspirarnos en estímulos que sin embargo tenemos muy a nuestro alcance. Y de la forma más simpática del mundo me pregunta cómo es que me describo “matando el tiempo” cuando demuestro no necesitar hacerlo.
Cierto es que al escribir aquella manida expresión pensé más en la “ocupación” del tiempo que en su “muerte”, pero preferí mantenerme en consonancia con lo que se espera de una persona de mi edad. En todo caso, el buen uso del tiempo – o sencillamente su uso sin más – es, no cabe duda alguna, uno de aquellos dos o tres problemas esenciales con los que se topa el ser humano. Y a esto viene precisamente lo que a continuación diré.
Lo primero que sentimos – ya desde el mismo momento de nacer – es la necesidad de la supervivencia, y así buscaremos con avidez el alimento, que nuestro instinto encontrará en el cuerpo de nuestra propia madre, es decir, de alguien que cuenta tanto con la la voluntad como con los medios necesarios. Así la vida se muestra como un auténtico milagro a partir del cual tropezaremos más tarde con el problema de qué hacer con la propia existencia.
En tan temprana edad no hay duda sobre esto: ocuparemos el tiempo comiendo y durmiendo. Más tarde, impulsados por el lúdico instinto de aprender, lo utilizaremos para el juego, o séase para imitar a los mayores, que se dedicarían a cosas “divertidas” como cazar, pescar, buscar otro tipo de alimentos o construir y reparar el habitáculo. O, como hace prioritariamente la mujer, cuidando de la prole: mucho trabajo, en suma, siempre para sobrevivir. Luego, la relación con otros seres introduciría nuevas acciones destinadas a la defensa de lo nuestro frente a lo del prójimo.
Pero el progreso complicaría la cosa: se desarrollarían mecanismos y sistemas sociales que, al tiempo que nos ahorrarán trabajo, exigirán el desarrollo de otras actividades destinadas a adquirir lo que antes directamente procurábamos, En eso emplearíamos buena parte del tiempo disponible, distinguiendo ya oficialmente entre el trabajo y lo que llamaríamos “el ocio”; para unos un tiempo de descanso y para otros muchos un negocio, es decir, otra variante de la lucha por la supervivencia.
Sin embargo, el problema del uso del tiempo no sólo seguiría vivo sino que incluso se agudizaría. ¿Qué hacer de aquel don que Dios nos quiso regalar, cuando tenemos las oportunidad de utilizarlo a nuestro gusto? Porque descubriríamos que, como con la vida, no es fácil decidir en libertad. Contamos, sí, con nuestro propio pensamiento, y en principio no necesitaríamos más, pero la acción seguirá demandándonos ir más allá de simplemente cavilar. Esto nos hará sentir un vértigo o un cierto vacío existencial.
Fíjense ustedes si sentimos la necesidad de hacer, que incluso en nuestra actividad onírica, cuando teóricamente tendríamos que descansar sin hacer nada, nos convertimos en protagonistas de las historias más disparatadas. Y por si ello fuera poco fabricamos sueños como remedos de nuestra propia vida fantaseando sobre ella mediante novelas, obras de teatro y guiones de películas o inventándonos entretenimientos infantiles a algunos de los cuales llamaremos, muy acertadamente, “pasatiempos”. Así hemos llegado a disponer de todo un arsenal de trucos y espectáculos que nos enredan en algo placentero, mas que en el fondo no son sino un pretexto para ocupar aquella dimensión del hombre que tanto nos inquieta.
Rellenar el vacío del tiempo es, efectivamente, un problema esencial para la raza humana; una necesidad que se agudiza al llegar el momento en que los mecanismos sociales determinan que se agotó la etapa de actividad prevista oficialmente; cuando entramos en una situación que hace coincidir la abundancia de tiempo disponible con un declive de nuestra capacidad para la acción. Habrá entonces que buscar motivos o pretextos para “entretenernos” sacando provecho de lo que nuestra circunstancia nos ofrece. De ahí que el vulgo haya acuñado, sin añadir intención asesina por supuesto, una expresión sin duda metafórica mas que como ven tiene su miga: la de “matar” el tiempo.
Mi improbable lector habrá observado cómo en estos días en los que la imagen prepondera sobre el pensamiento la televisión ofrece, como imagen de la senectud para el conocimiento de otras generaciones, la de unos viejos desdentados jugando al dominó en la tasca o la de unas ancianas practicando el “aerobic” en su residencia de la tercera edad, es decir, haciendo cosas tontorronas e incluso ridículas. Y, como vivimos en un mundo mediático y los más jóvenes creen ver la realidad a través de las pantallas, ésta será la forma en que nos reconocerán si Dios no lo remedia: haciendo faena de aliño y matando al morlaco con un vil metisaca, como dirían los taurinos. No es de extrañar, por tanto, que yo mismo escribiera en algún sitio un pensamiento tan realista como éste: “los jubilados se pasan la vida buscando cómo matar el tiempo, y, al final, el tiempo sigue y son ellos los que mueren”.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/1/712/22501289921_6770dacbb1_b.jpg
Home