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La industria del terror

Tres foramontanos en Valladolid 15 Nov 2015 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Calabazas de Halloween en Google)

Arranco este artículo recién celebradas dos festividades importantes: la del Día de los Difuntos y la de todos los Santos, ambas de profundo arraigo en la vida española. Su significado es de sobra conocido: ambas ocasiones tratan de recordar a nuestros muertos, invitarnos a rezar por ellos, y evocar el luminoso ejemplo de quienes pasaron por la vida haciendo el bien. Son, por tanto, ocasión para reflexionar sobre lo que es la muerte para el hombre y sobre lo que merece ser la vida, como también para reconocer que a nuestro alrededor ha habido y hay mucha gente buena y virtuosa cuyos pasos deberíamos seguir: mucha gente probablemente santa.

Y sin embargo, ese momento de meditación que se nos propone queda casi eclipsado por el ruido de otras fiestas sobrevenidas. El “Halloween” norteamericano se ha instalado en esos mismos días con tal fuerza que hoy se le ve ya por todas partes, y, sobre todo, en tiendas, puestos y zonas comerciales, calles, casas, colegios, clubes y grandes salas para eventos multitudinarios. O sea que el espíritu que inspirara la designación como días festivos de esas dos jornadas tan particulares quedó eclipsado hace unos pocos años por un carnaval de tema único basado en el terror causado por los muertos.

Verdaderamente, ¡pobres difuntos nuestros y pobres nosotros mismos como muertos que somos en potencia! Pues, según se nos dice, serviremos para asustar al respetable público. Sí; según nos vienen a decir, nuestro futuro consistirá en aparecer en los rincones más siniestros y asomar de vez en cuando para causar pavor a nuestros deudos. Cosa que, francamente, no me parece bien, pues banalizar la muerte hasta ese extremo me parece una falta de respeto, y lo digo aunque comprenda y hasta quizás aplauda que sea tomada con naturalidad. Lo que más me desagrada de tanto pitorreo a costa de nuestros difuntos es que se desaproveche una ocasión especialmente apta para una seria reflexión sobre nuestro destino y para enfocar debidamente nuestra vida.

Personalmente supe del “Halloween” cuando éste era aún desconocido aquí en España y yo vivía en Norteamérica. Como es natural, la visita de los niños vecinos para plantearme el “trick or treat” fue para mí ocasión de conocer una nueva costumbre del país: algo folclórico y curioso. Mas como aquí en España somos como somos, al cabo de unos años aquella costumbre había ya arraigado entre nosotros con tal fuerza que acabó superando a su modelo. Casi una semana entera hemos visto este año a los niños disfrazados de los personajes más pálidos, sangrientos y tullidos que puedan imaginarse e invadiendo espacios a granel incluso acompañados por sus profesores y maestros. Y a insaciables jóvenes y no tan jóvenes igualmente disfrazados y hacinados como sardinas enlatadas en las llamadas ””macrofiestas”, o sea, como ustedes saben, jugándose la vida cuando no metiéndose lo que no deben en un ambiente casi insoportable. De forma que la impresión final del día dedicado a nuestros respetados difuntos y a nuestros venerados santos es la de que, si éstos aún existen, deambularán como babeantes y amenazadores freaks que pueden asaltarnos por la espalda en medio del pasillo o matarnos del susto en cualquier recodo de un camino. Lo cual me parece una absoluta falta de respeto. Cierto es que cabe agarrarse a alguna tradición antigua, pues siempre hubo miedo a que los muertos pudieran regresar a vernos para vengar alguna afrenta del pasado, penar sus pecados o recordar a los vivientes que deben refrenar sus más torpes impulsos, pero admitir esta caricatura en pleno siglo XXI refleja un respeto bien escaso por la sufriente raza humana. Ahí tienen ustedes la que se ha armado por el bromazo de los desconsiderados “cracks“ del Barcelona que osaron irrumpir en la rueda de prensa de quienes acababan de perder un partido frente a ellos. Pero ya saben ustedes que hoy vivimos en tiempos en los que el respeto, la razón, el buen sentido – y no digamos, la coherencia – brillan clamorosamente por su ausencia.

En este caso, el argumento parece bastante claro, pues, como ustedes saben, la economía manda sobre la moral en nuestros días. Oigo decir que el dinero producido por la “industria del terror” alcanza alrededor de los 6.000 millones de euros, y ese es motivo más que suficiente para desafiar hasta a la santidad. Pero uno no puede por menos de alarmarse cuando ve que, en medio de tantas preocupaciones como habitualmente padecemos, sean éstas de salud, de trabajo, familiares o incluso de dinero – por ejemplo, ahora en plena crisis económica – lleguemos a gastar el dinero que gastamos por disfrutar de situaciones tan desagradables como las que se nos proponen.

Esto sin contar con el hecho de que, una vez más, todo acaba en la instalación de un nuevo mecanismo por el cual – miren ustedes qué casualidad – se neutralizan cuantas ocasiones nos convocan a la reflexión y el examen de nuestras conciencias, como ha ocurrido también con las salidas nocturnas de los jóvenes, para la mayoría de los cuales el domingo está ya definitivamente lejos de ser “el día del Señor”.

Paradójicamente nunca fue tan cierto el dicho popular de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Y es que el negocio es el negocio, y para eso vale cualquier cosa.

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

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