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¿Por qué antes no ocurría esto?

Tres foramontanos en Valladolid 22 Nov 2015 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Calvario de El Casar, Guadalajara) (*)

Un artículo mío en este mismo blog escrito muy poco después de la irrupción blasfema de la actual portavoz del Ayuntamiento de Madrid, con los pechos al aire, en la capilla de la Complutense, se refería a las pintadas que acompañaron a tan sonora marranada. Fueron unas frases que usted conocerá, como conocerá también a la mentora de la delincuente, o sea, a quien es culpable de situar a ésta en el lugar que ocupa ahora. Me refiero a esa señora cuyo aspecto de abuelita venerable esconde una realidad que es bien distinta y que una prestigiosa columnista de ABC nos reveló oportunamente. Las frases referidas animaban nada menos que a repetir la quema de los templos del año treinta y seis.

Mi artículo de entonces correspondía a un hecho tan cercano como significativo: la aparición en el pueblo de El Casar de aquellas mismas frases pintarrajeadas en vísperas de una celebración litúrgica sobre la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua. Había, pues, una consigna detrás de ellas. Afortunadamente la reacción del ayuntamiento resultó diligente y oportuna. Sin embargo, de nuevo – hace tan sólo una o dos semanas – alguien me señalaría cómo en un lugar del atrio aparecía de nuevo la misma frase aunque en formato menos aparatoso que el primero. Mas lo peor aún faltaba por venir. Hace unos días que, al final de la misa vespertina, el párroco se dirigió a los fieles para comunicarles la noticia de que el Calvario había sufrido los efectos del ataque de unos desaprensivos.

Para conocimiento de quien pudiera haber llegado hasta este punto en su lectura explicaré que el Calvario es la joya del pueblo de El Casar, aquí en la Campiña guadalajareña, y que está al borde mismo del valle del Jarama, dominando un majestuoso panorama que va desde las estribaciones de la sierra de Gredos hasta más allá de La Cabrera para atisbar incluso Somosierra, con Guadarrama al fondo de un extremo al otro y con la urbanización en que yo vivo apoyada sobre la ladera. SÍ; efectivamente, en la prolongación del llamado “Llanomonte» existe un lugar único: una especie de representación del Gólgota fechada el siglo XVII, con sus tres cruces de granito protegidas por un recinto de ladrillo y mampostería sin techumbre y sólo protegido por las verjas de hierro que cierran cada uno de los arcos; caso poco frecuente en una ermita, abierta en esta ocasión al sol y al aire. En el pedestal de la cruz central en que se halla clavado Jesucristo, una leyenda desfigurada por el tiempo dice sobre el conjunto de las esculturas:

“Este Calvario y Vía Sacra hizo a su costa el bachiller Diego López Canónigo de Santa María de Arvar Presbítero del Casar a Gloria y honra de la Pasión de Nuestro Señor Jesuchristo. Rueguen a Dios por él. Año 1648.”

Esta mañana, como hacemos con cierta frecuencia mi mujer y yo, caminamos ambos hasta él bajo el sol otoñal. Allí rezamos la oración de la mañana para recorrer luego de regreso al coche un delicioso camino habilitado para bicicletas y peatones desde el que puede divisarse el panorama. Así pudimos confirmar la información del párroco: en efecto, uno de los tres personajes del Calvario yacía en el suelo con su cuerpo y con su cruz partidos, aunque por fortuna la parte desplomada no se había fragmentado en trozos. Por otra parte – cosa curiosa – quienes perpetraron esta ofensa se habían ensañado solamente con la figura de Gestas, es decir, del mal ladrón. Menos mal, pensé yo, lo cual no es óbice para plantearme una vez más una pregunta que suelo hacerme con frecuencia ante las muchas muestras de odio que ahora observo contra la fe cristiana: ¿Por qué ahora sí pero antes no? Porque supongo que los animales que perpetran actos como éste, pintarrajean las fachadas de los templos, profanan el sagrado silencio de los templos, persiguen a la iglesia o pretenden borrarla de nuestra cultura, ya existirían en otros tiempos y otras épocas vividas por mi generación y la siguiente, hijas en parte de quienes en los años treinta profanaban sagrarios, hacían arder los templos, fusilaban obispos y sacerdotes o asesinaban a muchos españoles por la simple razón de ser cristianos.

La respuesta no parece ser difícil: si antes no hacían estas cosas y ahora las prodigan será porque ahora se atreven y antes no. Y si antes no se atrevían y ahora sí, digo yo que será porque hoy encuentran un ambiente que les es favorable; porque ven en el poder a gente que desearía hacer lo mismo que ellos por su propio impulso o por cosechar algunos votos; porque ven en la televisión a personajes que aplauden este tipo de desmanes y a los que nunca pasa nada; porque observan cómo medran los transgresores de las leyes, los esbirros del odio, los de la cofradía de la mala baba, y esos “okupas” amigos de la mugre moral y material que ahora gozan de apoyo de las autoridades; todos ellos impunes e incluso galleando en las pantallas; porque hay medios de comunicación afines que apoyan a los destructores de nuestra convivencia y que promueven revoluciones de salón. Porque desde los tiempos del presidente de las cejas circunflejas vieron como desde el poder se predicaba un feroz relativismo para el que lo bueno era lo que a uno apetecía, y, claro está, lo que ellos apetecen es, por ejemplo, quemar contenedores o, como en este caso, cargarse una escultura sacra.

En fin, todo parece bueno para erradicar de nuestra cultura milenaria las más profundas convicciones y la tradición más acendrada; para hacer de nuestra sociedad entontecida un buen lugar en que volcar el odio. El “odium fidei”, principalmente.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5775/23052538912_0e7d953475_b.jpg

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