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El Viernes Negro y la entrada del Adviento

Tres foramontanos en Valladolid 06 Dic 2015 - 07:21 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Lluvia en la Ciudad. Acuarela de Javier Zorrilla en acuarelasjavierzorrilla. blogspot.com.es) (*)

Parece mentira: no fue sino el pasado año cuando entró en España el “Black Friday” norteamericano, y hoy se diría que lo hubiéramos parido. Claro que recibió el apoyo de unos medios tan sensibles a las banalidades como tibios con las cosas importantes. Y habrán visto cómo las multitudes de un país en crisis atiborraban los centros comerciales para sacar partido a las rebajas.

Lo que quizá no sepan es su origen, que algunos atribuyen al recuerdo de unas compras que pusieron en números negros los rojos de una mala racha comercial. En cualquier caso lo importante fue que acabaría convirtiéndose en una operación de “marketing” que se sitúa en el viernes siguiente al día de Acción de Gracias, lo que la hace coincidir con el inicio del Adviento. Por cierto: indago en Google y veo que 56 años antes de que los colonos ingleses del “Mayflower” se reunieran en Plymouth, Massachussets, para comer con los indígenas en la euforia de una buena cosecha, lo había hecho ya el español Martínez de Avilés en la Florida, tal como refleja en el “Florida Museum of Natural History” un curioso cuadro cuya fotografía acompaña a la información que aquí recojo.

En todo caso lo que yo quiero resaltar es que hoy en día nuestro “Black Sunday” es ya más “Black Sunday” que el del propio pueblo americano. Que lo que a mi me asombra – tal como he podido constatar yendo de compras a una de las grandes superficies próximas y escuchando la radio y viendo la televisión – es la facilidad con la que acogemos la cultura ajena y el poco aprecio que hacemos, según parece, de la nuestra. Y que esto se hace patente cuando vemos que un pueblo de raíz cristiana que debiera estar viviendo la alegría de la Navidad – de aquel hecho asombroso que cambió la faz del mundo – sustituye sin más esta celebración por acontecimientos foráneos con escaso sentido, arrumbando así rápidamente lo esencial. Como lo que fueron otrora días de recogimiento y oración a nuestros muertos pasaron a ser hoy de terror, de “treat or trick” o de fiestas multitudinarias, también el comienzo del Adviento se convierte ahora en ocasión para comprar a precios rebajados. Ya lo vimos tan sólo hace unos días con la invasión del Halloween. Cuando nuestra tradición predominante nos impulsaba a respetar los muertos y meditar sobre nuestra existencia, identificábamos ahora a los difuntos como seres siniestros que vagarían desesperados infundiendo terror a los mortales. Así que, en vez de a rezar por ellos, el ambiente nos lleva ya, desde la más tierna infancia, a huir despavoridos de ellos. Y ahora, cuando comienza la celebración del hecho más importante de la historia de la Humanidad, empezamos a relacionarlo también con las balanzas comerciales.

Decía yo al comienzo que me había acercado a ver los efectos del Black Friday en nuestras costumbres, y que lo había hecho en un importante centro comercial. Pues bien, allí observé, junto con la invasión del inglés y de otras lenguas como medio de atracción para la venta, la desaparición a ultranza de cualquier símbolo que pudiera transmitir algún sentido de la verdadera Navidad. Por de pronto el entrañable nacimiento de otros años brillaba ahora por su ausencia y era sustituido por un manido amontonamiento de cajas de regalo abrazadas por lazos de colores. Mas no se trataba solamente de que hubiera o no un belén; lo verdaderamente llamativo es que no había una sola referencia a lo que es razón y fundamento de las fiestas navideñas: nada de “Feliz Navidad”, sólo, sin más, “Felices Fiestas” y, como mucho, aparte de los espumillones al uso y otros adornos espectaculares, unos tenderetes de madera rústica. O fuera, en las calles, paraguas flotantes y otras cosas que no vienen a cuento: ni una señal que recordara la razón de ser de lo que celebramos.

Y mire usted qué casualidad: sólo poco días antes había yo visto en los periódicos la foto del nacimiento ahora exhibido en el ayuntamiento de Madrid. Y había constatado que, no habiéndose atrevido a suprimirlo – al fin y al cabo alguien podría reprocharla el abandono del hecho cultural – la edil que puso de portavoz a la profanadora de templos partidaria de incendiar los templos se habría limitado a reducir el tamaño de la instalación. Verdaderamente, ¡qué poca clase y cuanta mezquindad la de esta gentecilla! Pero hay cosas peores: en Pamplona un supuesto “artista” presentaba una profanación abyecta: la colección de unas formas consagradas tiradas por el suelo conformando la palabra “pederastia”. En resumen, una birria como arte una muestra de un alma envilecida.

Ahora, que tras los atentados de París vemos el embeleso de los españoles con las banderas, los himnos patrióticos y las actitudes propias de la cultura gala – cuando somos testigos del respeto casi sacro de otros países por su cultura y sus principios – no deja de llamarnos la atención la facilidad enfermiza con que los españoles abandonamos nuestra identidad, como si fuera natural mostrar desprecio a nuestros fundamentos esenciales para acoger con entusiasmo y desmedida rapidez cualquier cosa que llegue de fuera si es que de alguna forma va contra nuestra cultura y nuestras más profundas convicciones.

PD: Ahora a ver qué hacemos con el “Cyber Monday”… Por el momento parece que se añadirá al Black Friday como comienzo de las ventas de Navidad. La diferencia es que por ahora es una simple marca que utiliza la vía de Internet. Lo común es que pretende movilizar nuestros bolsillos y que tampoco tiene que ver nada en absoluto con la Navidad salvo como nueva ocasión para desnaturalizarla.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5622/23049837999_2485db4f3d_o.jpg

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