Por Javier Pardo de Santayana

( Caganet del belén )
Si hay una cosa que contribuye a “vivir” la Navidad, esa es montar un nacimiento en casa. Este año nosotros hemos empezado pronto; ya antes de la Purísima. Sabíamos que la casa se pondría patas arriba, pero eso forma ya parte del ambiente y de un rito en el que cada uno participa con un papel distinto. En nuestro caso, si yo pongo el arte mi mujer pondrá el método y el orden, gracias a lo cual la operación se desarrollará con cierta rapidez y resultará menos caótica que si yo diera rienda suelta a mi impaciencia. Por ejemplo, echando el serrín y colocando el musgo antes de montar todo el tinglado por ver el efecto.
En este sentido la cosa ha ido de dulce; además el paisaje de fondo no había sufrido los rigores de su encierro com habría ocurrido si hubiera sido yo quien lo guardara, y al final todo ha quedado francamente bien. Eso sí, con las mismas figuras de siempre, porque las nuevas, un par de ellas al año, las enviamos a los nietos para que haciendo uso de su fantasía las busquen un buen sitio y las hagan vivir en Mozambique.
Decía yo que este año hemos montado nuestro nacimiento con mayor premura de lo acostumbrado, y les confesaré que esta nuestra inquietud se ha visto motivada por la necesidad de contrarrestar, dentro de nuestras limitadas posibilidades, la campaña de descristianización – rayana ya hasta en lo ridículo – por los nuevos ediles consagrados tras un vergonzoso mercadeo. Desvirtuado el sentido de los días de inicio del Adviento y de algunas otras fiestas de raíz cristiana con las pamplinas del Halloween y otras campañas comerciales importadas sin más de Norteamérica, el ambiente es ahora aprovechado por la patulea de meonas, impúdicas jóvenes blasfemas, abuelitas perversas, nazis de izquierdas y rufianes para hacer desaparecer definitivamente cualquier símbolo propio de la Navidad cristiana, que es como decir sin más la propia Navidad.
En eso estaba yo pensando cuando en la última misa de domingo el párroco iniciaba su serie habitual de avisos finales a los feligreses. Y menos mal, pues empleó precisamente la ocasión para insistir en que, asomados ya a la cercanía de la Nochebuena, era el momento de recordar la costumbre de abrir nuestros hogares a la visita de otros feligreses y vivir la magia de la Navidad en la contemplación de nuestros nacimientos, dando a entender que esta entrañable tradición era ahora más que nunca conveniente teniendo en cuenta lo que está ocurriendo. Era en realidad una convocatoria a que montáramos nuestros belenes según la tradición establecida y nos uniéramos a la habitual contemplación de los de los demás. Y la motivación vendría de la lluvia de comentarios sobre la campaña oficial contra los nacimientos. Su respuesta sería que convirtiéramos en acción nuestras lamentaciones aumentando el número de feligreses que estas Navidades montasen su belenes y abriesen sus hogares al vecino. Es decir, hacer exactamente lo que yo estaba imaginando a tono con la idea general de proponer a las asociaciones belenistas un nuevo impulso a sus actividades y la presentación de sus fundadas críticas a quienes quieren erradicar esta expresión de nuestra cultura y nuestros sentimientos.
Ahora me llegan algunas escenas del “belén” montado por el ayuntamiento de la Ciudad Condal. Por si usted no lo ha visto le diré, que así como las bodas laicas no son sino un remedo de las religiosas, la celebración del “Solsticio” remeda aquí la de la Navidad. Encontraremos, sí a un hombre, una mujer, y un niño, pero los padres no serán Jose y María, sino dos simples ciudadanos, y el niño será un bebé cualquiera. En cuanto al escenario, nada de humilde cueva, sino un edificio de pisos normales que bien podría podría corresponder a unas viviendas sociales o burguesas. Debajo del balcón, unos muchachos que cantan en coro partitura en mano, algo que bien pudiera ser la “Macarena”, el “Achilipú” aunque su aspecto parezca gregoriano. Todo ello con apariencia de simple cartón piedra. ¿Conciben ustedes mayor estupidez que ésta? Claro que quien la inventó probablemente ni sabía lo que es un “solsticio”.
Lo que me extraña de tamaña estupidez es que los barceloneses no se carcajeen de los ediles que se marcaron esta pantomima, de esa gente a la que habrá que agradecer que no hayan metido en la escenita al “caganet” de un alto cargo de la Iglesia. O que no hayan incluido como “meanet” (que también de éstos he visto yo en los chinos) a la concejala que tiene por costumbre orinar en plena vía pública.
Yo, señores, que llevo tiempo intentando saber en dónde paran quienes otrora solían distinguirse por su famoso “seny” – aquellos que parecían ser ser la “crème de la creme” de la buena educación y el prototipo excelso de la ciudadanía “comm-il-faut” – no los encuentro por ninguna parte. Probablemente, porque quienes debieran representar oficialmente la imagen del pueblo catalán son hoy una panda de mugrientos de sandalia en mano, flequillo cortado a dalle y puño en alto. Y, la verdad, tampoco he visto reacción patente en contra de esa panda y sus adláteres, quizá porque muchos de los que teníamos por finos y educados ahora temen que les saquen lo del 3%.
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