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Arte, pero ¿qué es eso?. II

Tres foramontanos en Valladolid 18 Dic 2015 - 07:27 CET
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Por José María Arévalo

( Royal Academy Gallery. Summer Exhibition, 2015) (*)

Continuamos con el artículo que don Javier López de Uribe y Laya publicó al inicio del curso académico en la revista de la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción, titulado “Arte, pero ¿qué es eso?”, que iniciamos la semana pasada en estas páginas y que terminaremos de publicar la semana que viene. Acabábamos el anterior con una referencia del arquitecto e ilustre académico en su artículo a cómo para los mercados del arte, éste se ha convertido en un foco de inversión más, en el que el valor comercial determina su calidad, que pasa a depender del interés que suscite.

“Sostiene Luis Racionero –continúa López de Uribe- que el arte actual está lleno de farsantes: un tiburón en formol vendido por doce millones de euros; una calavera de diamantes cuya puja fue artificialmente inflada por el propio artista, etc. Y defiende la idea de que buena parte del arte actual deja a la gente desconcertada, confundida o indiferente. Y que hay quien comete la imbecilidad, según sus palabras, de comprar cualquier cosa como si fuera arte. La especulación financiera y el arte son dos mundos que deberían estar y permanecer separados ( L. RACIONERO. Los tiburones del arte. Ed. Stella Maris. Barcelona, 2013).

Realmente, no es fácil comprender lo ocurrido en el ámbito de las artes plásticas a lo largo del siglo XX y en estos primeros años del siglo XXI, especialmente en relación con las transformaciones operadas en torno a los conceptos tradicionales en el ámbito artístico, como belleza, creación, etcétera.

Con el surrealismo comienza la evasión de la realidad, la búsqueda de un mundo onírico. El artista comienza a llevar una doble vida, alienándose y separándose de la realidad y de la sociedad. El artista se va convirtiendo en un ser centrado en sí mismo y que, con su trabajo, quiere sorprender. Para Miquel Barceló «el arte va más allá de lo que uno puede controlar, es un estado de desesperación» (D. ASHTON. Miquel Barceló. A mitad del camino de la vida. Ed. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2008). El factor sorpresa se convierte en un valor predominante.

( Rafael Gómez Barros. Casa tomada. Saatchi Gallery) (*)

Para Dora García, artista conceptual, autora del pabellón español de la última Bienal de Venecia, «el arte no tiene ninguna obligación. Puede ser lo que quiera: aburrido a muerte o histéricamente divertido, hermoso o espantoso, ordenado o caótico, culto o extremadamente idiota» ( EL CULTURAL de «El Mundo» 6-V-11, pp. 30 y 31).

La queja y el inconformismo van poco a poco invadiendo los espacios expositivos: la denuncia y el compromiso político encuentran un gran eco en la prensa cultural y en todos los medios de comunicación. Se valora, por encima de todo, el compromiso con el proceso creativo y social contemporáneo. El artista deviene en activista. Para Isidoro Valcárcel, uno de los más importantes artistas conceptuales, «no hay arte que no sea político» ( Exposición «Manifiestos. Voces individuales desde el imaginario colectivo». Espacio Trapézio. Madrid 2013). Algunos opinan que, como artistas, deben cumplir con su obligación de denunciar todo aquello que no les guste. Pero, ¿no sería eso mucho más propio de la literatura? Porque el arte no debe ser denuncia de los excesos de los gobernantes. La literatura sí puede serlo, además de ser creación.

Aparece así un movimiento, enormemente alejado de la belleza, que sirve más a la expresión individual y que mira con mucho pesimismo a la vida y al hombre. Se aprecian cada vez más las performances, las acciones efímeras, explicadas con un lenguaje nuevo y bastante incomprensible pero que quiere contar con la participación del espectador.

Pero el arte socio-político, en el que la estética brilla por su ausencia, envejece muy mal. El formalismo actual es hoy una mezcla de formas y colores con los materiales más diversos y sobre los soportes más inusitados, siempre con cierto aspecto descuidado que está muy de moda: son obras inocuas, que no generan emoción, que recuerdan a otras obras de otros artistas, y que aparecen en lugares públicos, ocupando mucha pared. Decía el crítico de arte Vera Icon, refiriéndose cruelmente al arte povera que ofrece material de desechos, cartones reciclados, papel de aluminio y mucha cinta de embalar, que si se rompe o se estropea no se nota. Su contemplación, añade, puede provocar hipo, risas nerviosas, ataques de epilepsia o episodios de ausencia ( V. ICON. «Las 10 obras que todo coleccionista de éxito debería tener». http://www.xtrart.es/2015/03/05/las-10-obras-que-todocoleccionista-de-exito-deberia-tener-por-vera-icon/

Los siglos XX y XXI están siendo siglos de rupturas en muchos aspectos; artísticamente la rapidez con la que avanza el mundo requiere cambios de pensamiento constantes. Los artistas son conscientes de ello y por eso no dejan de evolucionar. Experimentan con distintos soportes. El arte deja de ser estático y rompe los límites de la quietud, del lugar y del tiempo.”

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5658/23391680516_73aee131f9_b.jpg
https://c2.staticflickr.com/6/5754/23417851215_4d4417e4e8_b.jpg

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