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Apócrifo IV. El sol sale de noche

Tres foramontanos en Valladolid 26 Dic 2015 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Cristo y María Magdalena. 1638. Óleo sobre tabla de Harmennsz van Rijn Rembrandt en Buckingham Palace, Londres. 61 x 49,5. Foto en Pintura.aut.org) (*)

No; no era que la estrella -que antes había visto muy brillante en el firmamento- hubiera bajado a la entrada del sepulcro. Era una luz mucho más intensa la que salía del interior. Me dijeron que cuando sucedió la muerte de mi Amigo, además del gran terremoto con el que reventaron hasta las rocas de los montes; el velo del Templo se rasgó de alto en bajo. Con el resplandor que ahora cegaba desde el interior de la cueva sepulcral, el velo que cubría mis ojos para no ver lo evidente, se abrió con tal girón que, como si hubiera nacido ciego, en Tarsicio se obró el milagro de Bartimeo. Pero aún no del todo. Fue acto seguido.

Entre las brumas del amanecer en el día más glorioso de la historia de la humanidad, vi venir presurosa una mujer: mis ojos cansados, pero todavía lúcidos, distinguieron a María Magdalena. La enamorada venía a perfumar más aún el cuerpo de su Amado. Allí no vio cerrado el sepulcro con la piedra enorme que ella sola un hubiera podido rodar; ni centinelas; ni a Tarsicio que, centinela vigilante, miraba desde lo alto. Sus ojos buscaban sólo al Rabí. Al Maestro. Ella tampoco vio resplandor alguno. Ciega para lo que no le interesaba ver, miró dentro de la cueva y no vio lo que quería. Vio, sí, dos ángeles sentados a la cabecera y pies donde estuvo Jesús. Pero el Cuerpo de su Señor no estaba allí. Espantada o loca del gran Amor, corrió de vuelta al cenáculo donde estaban reunidos los once con Myriam. Con la voz entrecortada les comunicó la tremenda noticia: “Se han llevado el Cuerpo de mi Señor y no sabemos dónde le han puesto”, dicen que dijo.

Escopeteados salieron Juan y Pedro corriendo. Aunque no etíope, Juan corría como un gamo de los de mi tierra. Llegó primero. Se asomó al sepulcro, pero no entró. Lo hicieron juntos, que yo lo vi, cuando, entradito en años, sudoroso y jadeante, llegó Pedro. Los dos vieron los lienzos de la mortaja y el sudario enrollado aparte. Pero a Él no lo vieron. ¡No estaba! María Magdalena, impaciente, esperaba afuera llorando.

Fue entonces cuando yo ¡¡le vi!! ¡Jesús vivo en persona! El girón del velo ante mis ojos ciegos lo abrió el Amor. Aunque torpe, todas las piezas fueron encajando. Pero, aunque me salga un poco del relato, permítanme que les narre la escena insólita. La que ustedes juzgarán. Empañados por las lágrimas, María no distinguió quién tenía delante. Creyó, la pobre, que era el hortelano. Y éste le dice:

-“Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?”

-“Señor, si tu le has quitado, dime dónde lo pusiste; y yo me lo llevaré”.

-“¡María!”. Se volvió entonces y dijo:

-“¡Rabboni!” (Maestro-mío-).

Nuevamente ¡Jesús!:

-“No me toques, porque no he subido todavía a mi Padre”; mas anda -añadió- ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y vuestro Padre; a mi Dios y vuestro Dios”.

Lo mismito que Tarsicio vio y oyó, es lo que María comunicó a los discípulos. Luego, me lo dijo Juan: Myriam sonrió. ¡A ver…!

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5627/22863817194_846745c365_b.jpg

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