Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Jose L. Salinas en Flickr) (*)
Esperen ustedes que haga memoria; que no iré más allá de algunas experiencias familiares. Les confieso que yo mismo me he quedado sorprendido al empezar a hacer recuento quizá estimulado por la caza de brujas que sobre este asunto se ha abierto aquí en España. ¡Seguro que ustedes se dirán que lo que yo les cuento sí que es corrupción de la buena!
Evitaré menciones geográficas para evitar complicaciones y les pondré, para empezar, un simple ejemplo personal: mi hijo, cazador profesional en la sabana, se había tenido que liar a tiros con los furtivos que persiguen al rinoceronte blanco, y en este empeño había descubierto que tanto las armas como la munición de éstos procedían de la policía local. Y lo hizo saber a las autoridades. El resultado fue que le secuestró la misma policía. Menos mal que tuvo el arrojo de recuperar su pasaporte, escapar, y huir al país vecino a toda prisa. Ahora me dicen – de esto hace tan solo días – que en la comisaría en cuestión un puñado de policías locales y su jefe violaron a una joven nativa conocida de un español amigo. Y ahora nos informan de que por temor a represalias la denuncia ha sido retirada.
Yo por mi parte fui alertado desde el primer día sobre la más que segura posibilidad de ser parado por la policía local a la entrada o salida de los supermercados y zonas comerciales donde inexorablemente se sitúa y donde siempre encontrarían una razón para multarme. Esto forma parte de las admoniciones que se le transmiten al turista.
Miren ustedes lo que ocurre también con las multas y con los visados, y fíjense en estas casualidades: cada vez que uno tiene que pagar para abonar el importe de una multa en plena carretera u obtener la ampliación de un visado – cosa que es toda una aventura – el funcionario en cuestión tendrá la mala suerte de tener agotado el taco de recibos, con lo cual puede excusarse amablemente para cobrar sin que quede constancia de ese pago. Esto nos ocurrió a nosotros con un adelantamiento en lugar próximo a un paso de frontera y en la frontera misma. Entre una y otra cosa no transcurrieron más de diez minutos, que ya es rizar el rizo.
Claro que, para que usted se haga una idea de como andan las cosas por aquellas latitudes, le diré que en uno de los países a que me he referido y en el que una persona conocida andaba pendiente de a resolución de un juicio, el propio juez fue separado luego de su profesión precisamente por corrupto. Ahora el problema que queda por saber es si el corrupto es el defenestrado o si no lo será más bien quien lo defenestró. Mas lo que si es seguro, o al menos a mí me lo parece, es que al final de este teje-maneje el dinero en litigio acabará pasando a los bolsillos de alguien que desconozco pero nunca en justo retorno al reclamante.
Otra experiencia directa puede ser la de mi propia hija, quien en una reunión de amigas que organizaban programas de apoyo a los necesitados tuvo que tirarse al suelo con su hijo pequeño en brazos cuando se oyeron unas detonaciones. La policía local, “providencialmente” apostada junto a un banco, había perseguido a un facineroso después de que éste asaltara a un parroquiano y le había descerrajado un tiro en el rostro justo después de que aquél lanzara la cartera por la tapia del jardín en que mi hija entonces se encontraba. Así que ésta y sus amigas pudieron contar los dineros sustraídos, considerablemente superiores a los que, según informarían los medios, la policía había recuperado. He aquí, señores, la combinación perfecta: la policía, conchabada con la gente del banco y con el asaltante, se quedaría con la mayor parte del dinero, desfiguraría el rostro del ladrón haciéndole irreconocible, y, si ustedes me apuran, hasta podría reclamar una medalla.
Tremendo, ¿no? Pues ahora me llega la noticia de que una joven madre vecina nuestra en aquellos andurriales, a la que conocí tan solo hace unos meses, ha huido con su hija del país sin decir adiós a nadie. La razón, una amenaza de secuestro. Su marido debe tener negocios importantes, como tenía un señor al que nosotros conocimos y cuyo hijo se hizo amigo de uno de mis nietos. Alto cargo de la mayor empresa de seguridad de la nación, también tuvo que expatriarse ante otra amenaza parecida.
Con lo que uno se pregunta: si así están las cosas en el nivel de la vida sencilla y diaria, ¿qué pasará en las altas esferas de la administración de esos países? Y si tales cosas ocurren en las nacionres que están mejor organizadas y que se tienen por más razonables, que no ocurrirá en las que se distinguen como más desastradas y caóticas?
En fin, aquí me quedo, pues caigo en la cuenta de que, en un país que, como el nuestro, parece ser proclive al nefando vicio de la corrupción – un país en el que se llega a decir “piensa más y acertarás” y que “todo el mundo tiene un precio” – quizás esté dando ya demasiadas ideas al respecto.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/5/4072/4373056940_23d6339a42_o.jpg
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