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Estampitas y recordatorios

Tres foramontanos en Valladolid 26 Ene 2016 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Foto familiar antigua) (*)

Busco un tema para el blog y encuentro invadido el panorama por una situación insoportable que jamás habría podido imaginar: una especie de invasión de “aliens” de todas las calañas disputándose los saldos en el gran mercadillo como en las grandes rebajas del momento. Así que opto por mirar hacia el recuerdo donde otros momentos parecidos de desunión y desconcierto se muestran matizados por la poesía del pasado y tienen la contrapartida de habernos conducido a otros momentos que, siendo incluso trágicos, abocarían en otros de mayor paz y tranquilidad que los actuales.

El caso es que no hace mucho me detuve a husmear entre algunos soportes físicos en los que encontraría la huella del pasado. Por ejemplo, de mis tiempos de niño. Ya he tenido ocasión de escribir en este mismo blog algunas memorias rescatadas de entonces en las que se refleja el ambiente que viví en un Valladolid en plena guerra. Son viejas fotografías sueltas que ahora estoy haciendo revivir para que una nueva generación entienda su significado. También encuentro otros documentos incluso más antiguos que conviene ilustrar con nombres propios y notas escritas.

Mas mi trabajo – un trabajo que recomiendo a los “mayores” como aportación a los más jóvenes – no se ciñe solamente a aquella época, sino que se extiende a la entera vida de mis padres, al menos en lo que aún nos queda en forma no sólo de fotografías, sino también de cartas, telegramas y otros documentos.

Con las fotografías basta con añadir algunos nombres, investigar a qué lugar y situación podrían corresponder, y añadir a los álbumes que las contienen alguna información introductoria que dé idea al curioso de la época a que se refiere. También, lógicamente. haciendo alguna labor de restauración como añadir algunas esquineras sueltas. En cuanto a los documentos escritos, lo que procede hacer si se quiere que sirvan para algo es abrir una carpeta clasificadora donde puedan mostrarse por el anverso y el reverso añadiendo un índice “ilustrado” que permita saber de qué va la cosa y alguna información en torno a cada uno de ellos con la ayuda, si fuera necesaria, de los servicios de Google y Wikipedia (por supuesto, sin fiarse demasiado de ella).

De tal trajín me ocupo yo actualmente, con la satisfacción de que cada día de trabajo es terreno ganado al triste olvido. Y con el aliciente de ver cómo de poco en poco surgen chispas interesantes e incluso sorprendentes; pequeños tesoros descubiertos que no aparecen a primera vista. Con lo cual se van resucitando aquellas muestras de vida de otros tiempos, como si una varita mágica fuera coloreando los recuerdos y echándolos a andar de nuevo ante nosotros. Sí; aquellos cajones y aquellas estanterías de la vivienda antigua que albergaban trastos y papeles viejos destinados a acabar en una contenedor de desperdicios empiezan a mostrarse como un pequeño museo de latidos.

Muchas cosas concretas podría yo contarles sobre los retazos de vida que llevo ya, afortunadamente, rescatados, y entre los cuales descubro incluso interesantes momentos históricos. Pero son tantos que sólo me referiré, en el poco espacio que me queda, a los recordatorios y estampitas. En ellos descubro, por ejemplo, algo que en tiempos pasados fue corriente y que ahora casi ha desaparecido. Era entonces habitual repartir recordatorios de los óbitos, muchas veces incluso con la fotografía del difunto, como en un último esfuerzo por retenerle entre nosotros. No era, como suelen ser, por ejemplo, las esquelas, una simple noticia con los datos esenciales, la lista de deudos que en teoría le recuerdan, y, a veces, la invitación a asistir al funeral. Alguna vez contienen un breve comentario que destila el cariño y la admiración de quienes le amaron en vida, pero lo más normal es que de su alma sólo asome la señal o la ausencia de la cruz. Sólo esto nos indica su actitud ante la muerte y también respecto a la vida; mientras que en los recordatorios clásicos el énfasis estaba sobre todo en presentarnos el trance del deceso como un encuentro con el Creador. Y lo hacían ofreciéndonos la ocasión de asociarnos espiritualmente con las jaculatorias .

En cuanto a las “estampitas”, solían ser un modo de mostrar el afecto entre los amigos y, sobre todo, entre las amigas. De ellas hay también una buena muestra entre mis documentos. Estas imágenes, que eran utilizadas como un gesto de amistad que se conservaría cuidadosamente en una caja o entre las hojas de un misal, solían contener al dorso una dedicatoria cariñosa al pie de una oración dedicada a la Virgen que, naturalmente, merecía el intercambio de mensajes. Mas tengo la impresión de que ya nada queda de aquel ir y venir de las estampas, en las que ahora descubro, sobre todo, las antiguas amistades familiares y escolares de mis dos hermanas. Esto por no decir que malicio su desaparición total. Como de los recordatorios a la antigua usanza, salvo para las primeras comuniones, ya que los imagino aún como parte de las muchos motivos de gasto que ahora acompañan al rito religioso y que mueven incluso a algunos padres a no celebrara el sacramento.

Así pues, las estampas y los recordatorios parecen haber desaparecido como parte viva y palpitante de nuestro pequeño mundo personal, dejando de contribuir como hacían antaño al ambiente de fe y de espiritualidad que en mi niñez e incluso en mi juventud latía poderosamente en nuestro entorno.

He aquí un exponente más de la descristianización de nuestra sociedad. Y es una pena, pues releyendo ahora la colección de estampas y recordatorios que han pasado por mis manos estos días he encontrado conmovedores destellos de espiritualidad cada vez más difíciles de detectar en este materialista y zafio mundo en el que nos movemos hoy en día. Así que veo el ambiente del que son reflejo los “aliens” del mercadillo en que nuestro futuro se subasta, la imagen de los niños y los jóvenes encelados con sus pantallitas y dándole a las teclas, y la triste estampa de los más mayores aislados en sus residencias en espera de un triste final, y pienso en lo mucho que hemos perdido en “verdadera calidad de vida”. Ustedes ya me entienden.

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