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Los quieren sin conciencia

Tres foramontanos en Valladolid 29 Ene 2016 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 23) (*)

De verdad, yo no sé si ha sido un mal fario o una conjunción astral, pero los españoles estamos experimentando un cambio radical y casi inexplicable. Un cambio que nos ha llevado a una situación absolutamente demencial, aún más sorprendente si consideramos que hace tan solo cuatro años nos disponíamos a afrontar una profunda crisis apartando del poder a quienes la negaron y se dedicaron a gastar alegremente para dar la impresión de que no pasaba nada, y transmitíamos una impresión de sensatez aceptando un panorama de inevitables sacrificios; una operación que exigía lo que conocemos como “apretarse el cinturón”. Y sin embargo ahora, sólo cuatro años más tarde, aunque aquellos en quienes depositamos la confianza cumplieron con el mandato manteniendo a un nivel más que aceptable todos los servicios esenciales y sacando a España del borde del abismo – aunque quienes trabajaron arduamente para conseguirlo acabaron siendo aplaudidos por Europa y más allá de Europa por el tesón y por la habilidad que habían puesto en el empeño – hoy nos topamos con una masa de “indignados» que no sólo no reconocen una realidad patente como ésta, sino que proponen cargarse el sistema de libertades con el que Occidente construyó la “sociedad del bienestar” exigiendo a cambio la implantación de viejas fórmulas y soluciones revolucionarias fuera de cualquier modelo admisible en una Europa civilizada y razonable. Fórmulas que los europeos conocemos por desgracia y que suponen el retorno del viejo y astroso comunismo. Verdaderamente hacen falta tragaderas conociendo lo que éste nos hizo vivir en el pasado siglo XX.

Pero si esto me sorprende y desconcierta, aún me produce superior asombro la naturalidad con que aceptamos haber pasado de aquella casi unanimidad en el realismo y la esperanza al espectáculo de este desbarajuste de hoy. El que tantos y tantos españoles hayan optado por la irrupción en escena de la sonrojante y folclórica apariencia de quienes impulsan y proponen el desaguisado; ese grupo de desarraigados que se presentan con el puño en alto y una chulesca mirada de suficiencia y odio que evidencia su intención de quitar a los demás de en medio e imponer su voluntad por cualquier procedimiento. Y me cuesta trabajo imaginar que quienes votaron a tan impresentable elenco supieran de verdad las intenciones de éste; de que lo que querían era instaurar en España un régimen chavista. Por eso me aferro a la esperanza de que una gran parte de quienes les prestaron apoyo en su día se hayan dado cuenta de lo que hicieron con su voto y no reaccionen demasiado tarde; que al menos confiesen que lo que consiguieron fue un mal sueño.

Porque en el calor de la campaña esta cuadrilla pudiera habernos engañado; pudiera ser que algunos medios se empeñaran en hacerlo y les saliera bien la jugarreta; Incluso que quienes ahora se lamentan aplaudieran ingenuamente sus bromitas. Pero a estas horas les conocemos todos; sabemos qué apoyos les sostienen y de qué pie cojean, quienes son sus amigos. Conocemos sus fuentes de financiación y el resultado de la aplicación de aquellas teorías inspiradas por dictaduras del otro lado del charco y adaptadas a nuestra sociedad en torno a las pizarras de una universidad desacreditada en la que los porros llegaron a venderse en el quiosco de los bocadillos.

Mas lo que ahora vemos es pura chulería, Sí; chulería es la palabra que mejor les cuadra y les retrata. Con ella pretenden imponerse a tantos tontos útiles como hoy encontramos por doquier. Y les han visto ustedes presentando en público una especie de gobierno no ya “en la sombra” sino bajo los focos de esa televisión que ellos manejan con tanto desparpajo. Hasta daba alepori verlos fingir el papelón.

No voy a entrar en el fondo de lo que dijo su sonriente líder, ese que va a ver al monarca en intencionadas mangas de camisa y que hizo una demostración de zafia arrogancia no ya hacia su teórico adversario sino hacia quien realmente quisiera suplantar. Me referiré tan sólo a un detalle significativo: oigo en la radio que se cebó contra un actual ministro del Interior tachándolo despectivamente de beato porque en algún momento se encomendó a la Virgen. “Nunca más ocurrirá ya esto” dijo el de la coleta con aire desafiante. Y yo me pregunté:¿Se dará cuenta la gente de que este hombre prefiere un ministro sin conciencia a un hombre que aplique criterios morales a su acción política? ¿Y qué pretenderá hacer con los que son cristianos, llevarlos a las checas? Quizás ahí este la madre del cordero…

Entonces caí en la cuenta de que, en el fondo, quien atacaba a alguien por creer en Dios y lo hacía con tanto odio concentrado en sus palabras podría ser víctima de una deficiente formación. Recordé, efectivamente, que su padre perteneció al tenebroso FRAP que tantos titulares mereció en sus días; un movimiento terrorista que mataba gente por pretendidas razones ideológicas. Y pensé que quizá ustedes no conozcan tan fastidioso precedente, omitido supongo intencionadamente por los medios y sepultado en el silencio por la gentileza de no atribuir a los hijos los pecados de sus propios padres. Aunque imaginen lo qué habría ocurrido si este caso se hubiera producido al otro lado del espectro…

PS: Lo gracioso es que este señor se llama precisamente “Iglesias”, lo cual parece una pesada broma del destino ya que lo más probable es que sus predecesores – quienes originaron su apellido – fueran precisamente unos beatos. Claro que tampoco se puede desechar la posibilidad de que aquello de “Iglesias” les viniera de su manía por quemar los templos, que es lo que más parece apetecerles.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1550/24491301332_9c8a78c9ef_o.jpg

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