Por Carlos de Bustamante

( La venida del Espíritu Santo. Lienzo de Acisclo Antonio de Palomino y Velasco. Escuela barroca española en el Museo del Prado. Pintura.aut.org.164 x 108) (*)
Otra vez en el Cenáculo. Ahora todos gozosos. Nuevo Ruáh (soplo, viento), ahora impetuoso. Y fuego: llamas pequeñas que se posaron sobre la cabeza de cada uno de los presentes. También en Myriam (aunque digo que no le haría ninguna falta). Recibieron todos los dones del Espíritu Santo. El que vi sobre Jesús en forma de paloma cuando fue bautizado por Juan en el río Jordán. Sobre mí, Tarsicio, sólo una chispita de la llama. Ninguna decepción.
¿Para qué necesitaba yo, esclavito, el don de hablar lenguas y hacer prodigios? ¿No era lo mío servir? ¿Acaso no me llevaría así mi Amigo con Él, cuando dispusiera? Con la sola chispita, entendí divinamente el valor de hacer bien el trabajo propio de cada profesión u oficio. ¿Algo mejor que servir a mi Amigo, Dios y Señor, con mi trabajo sin chapuzas? Tarsicio, pues, tranquilo. Pero digo, me dije, más: ¿Acaso no puede una chispita de fuego ocasionar un gran incendio en el bosque? La sonrisa de Myriam dio cumplida respuesta a ¡todos! mis interrogantes. Recurrir a Myriam, digo también que me dije, nunca falla. ¡A ver…!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1506/24529527439_5c8a202157_b.jpg
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