Por Carlos de Bustamante

( Políptico de la Resurrección, la Ascensión de Cristo. 1520.1522. Óleo de Tiziano Vecellio di Gregorio en Santi Nazaro e Celso, de Brescia. 278 x 122) (*)
Como chico de los recados, les acompañé a un descampado en el camino de Betania. No hubo luces, ángeles, resplandores, ni nada. “Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”. Levantando las manos, los bendijo. “Y mientras los bendecía se fue separando de ellos y elevándose al cielo”. Caímos de rodillas en actitud de adoración. Nos lo cubrió una nube. Está con el Padre. Bilocación. En la Transustanciación, también con nosotros.
Sin corresponderle a un esclavo, por muy libre que sea, no me resisto a narrarles lo que a Tarsicio le fue concedido presenciar. Pero ¡qué digo!, más; mucho más: ¡vivir! Favor muy especial de mi Ama y Señora, antes de abordar el suceso que leen en este título: Fue el siguiente día al hasta entonces día festivo dedicado a Iahveh-Dios: Domingo primer y más importante día de la semana en la Nueva Ley. El inolvidable de la Resurrección.
Como todos, sentí el gozo triste de saber resucitado a nuestro Dios y mi particular Amigo ( que no es moco de pavo oigan, con perdón) Jesús, aunque no con la presencia a la que estábamos acostumbrados.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1720/24865756581_19c0b1aa8e_b.jpg
Home