Por Javier Pardo de Santayana

( Mercado. Acuarela de Ernest Descals en cuadrosernestdescals. blogspot.com) (*)
No es la primera vez que confieso mi escasa formación en materia económica. Tengo muy claro desde niño que la raíz de todos los males está en el egoísmo, y que éste tiene una de sus expresiones principales en el afán por el enriquecimiento, así que siempre me he mostrado indiferente en cuanto a las cosas del dinero y motivado en contra de él en cuanto a la apetencia. “Desprecio” podría ser el sustantivo que mejor cuadra a mi actitud ante la posesión del vil metal, aunque otra cosa bien distinta es la necesidad de quien no puede reunir el suficiente para crear una familia; cuando parece casi milagroso poder sobrevivir.
Yo veo ahora muy cerca de mi a muchos jóvenes y también a hombres maduros en situaciones límite, desprovistos ya, incluso, de esperanza, pero enviando currículos a troche y moche sin obtener respuesta alguna o emigrando temporalmente al extranjero con la intención de regresar cuando – Dios quiera – todo vaya mejor de lo que va; haciéndose mayores sin una situación estable que permita contemplar la vida de la forma que vieron en sus casas. Habiendo dicho adiós, no sólo a la posibilidad de prosperar ahora, sino siquiera a la de mantenerse dignamente cuando lleguen a viejos retirados del mundo laboral.
Pues bien, estando en esta situación y aun en la tesitura de consolidar una incipiente recuperación que parecemos dispuestos a cargarnos, observamos con el natural asombro cómo los españoles gastamos más y más alegremente en lo que los economistas llaman las “compras impulsivas”. Así lo dice al menos uno de estos especialistas, hombre ocurrente y simpático a quien conozco como tertuliano de un antiguo programa televisivo y que ahora interviene en un noticiario matutino mostrándonos pequeños flashes que intentan abrir los ojos sobre aspectos curiosos de la ciencia económica en relación con la experiencia de nuestro día a día. Se trata de recordar al radioescucha que este tipo de compras alcanza ya un montante de unos dos mil quinientos millones de euros, que no es ninguna tontería.
Sí señores, 2.500 millones anuales de euros suman en esta España de la crisis esos caprichos que caen en la bolsa sin haber sido pretendidos de antemano; esos dispendios no previstos en la lista y que responden a una cierta pulsión por comprar siempre algo aunque no venga a cuento ni convenga: algo que nos ha llamado la atención por su atractivo estético o porque nos despierta el apetito. Se trata, por ejemplo, de esas pastas de chocolate tan apetitosas, de esa latita de pasta de cangrejo de Alaska cuyo sabor desconocemos, o de esa camisa que no necesitamos pero que nos ha gustado tanto. De unos productos que, por cierto, deberían ser enumerados sin olvidar el sexo de los compradores, pues tengo la impresión de que en esta cuestión se diferencian ostensiblemente; así la ropa será compra impulsiva preferentemente para las señoras, mientras que el hombre caerá con más frecuencia ante la tentaciones gastronómicas o los artefactos informáticos.
Nos dicen los psicólogos que la compra compulsiva se muestra muchas veces en forma de adicción: que ésta no nos permite soportar la idea de abandonar el establecimiento comercial sin llevarnos con nosotros algo nuevo. Y que en el origen de este vicio podría haber una carencia emocional, un vacío que rellenar de alguna forma, una necesidad de sentirnos importantes o de vivir una aventura cinegética de la que siempre tendremos que volver con una pieza en el zurrón. Condicionamientos autoimpuestos que son arteramente aprovechados por los establecimientos comerciales para aplicar las más refinadas técnicas del “marketing”. Por ejemplo, situando las chuches, los chicles, las chocolatinas y esas pilas eléctricas que uno adquiere “por si caso” en la cercanía de las cajas como tentación de última hora. Como la que sentimos ante el invento de esos teutones dueños de supermercados que, conocedores de las debilidades del “consumidor” hispano, instalan un mercadillo variopinto en el que se amontonan diversas cosas atractivas que no responden a criterio alguno sino a la intención de coger desprevenido al ciudadano en forma de pequeñas tentaciones; cosas y que aparecen y desaparecen para no reaparecer quizá ya nunca. Pues, al ser consciente de que de no comprarlas cuando se presentan perderá la oportunidad de poseerlas, el ciudadano pica y compra. Y ahí he visto cosas tan variadas y hasta extrañas como una estación meteorológica, un clasificador de documentos, una tienda de campaña desmontable, un aplastador de latas, un colgador de bolsos, una tira de burletes, otra de deslizadores para las patas de los muebles, un juego de brocas, climatizadores aromáticos, guantes para montar en moto, cuentos y recortables para niños, calzado deportivo según la última moda, y hasta unos calzoncillos estampados.
Pero es que, póngase usted la mano en el corazón y dígame si de verdad no ha entrado alguna vez en un supermercado desprovisto de bolsa y sin coger carrito porque sólo llevaba un par de cosas en su lista, y no ha terminado frente a la cajera con una docena de trastos innecesarios?
¡Ay, este España nuestra de la crisis!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1591/25160442201_1f7f7d742e_o.jpg
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