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Una hazaña española

Tres foramontanos en Valladolid 15 Mar 2016 - 07:22 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( El vuelo Madrid-Manila de la llamada escuadrilla Elcano se realizó con dos Aviones Breguet XIX como el que recoge Wikipedia en esta foto)

Un miembro de la familia Loriga me convoca, como consorte, a la presentación de un libro. Se trata de la reedición del relato que hicieron los protagonistas de una portentosa hazaña llevada a cabo por un pequeño grupo de españoles veintiocho años después de la perdida de nuestro imperio; unos jóvenes aviadores que llegarían a Manila jugándose el pellejo por dar prestigio a nuestra nación y demostrar que no olvidábamos el lazo que con aquellas tierras habíamos establecido legándola nuestra lengua, nuestra fe, nuestros nombres y apellidos, y una buena parte de nosotros mismos. Eran ya tiempos en que los los Estados Unidos estaban avanzado en el proceso de deshispanización de Filipinas y de imposición de la cultura norteamericana, y era bueno recordarles quienes fuimos.

A la vista de los aviones utilizados en el viaje, hoy se diría increíble que alguien osara emprender una odisea tan ardua y peligrosa por mucho que se utilizara la tecnología común en aquel tiempo. Sí se atrevieron a hacerlo, sin embargo – casi coincidiendo con el retorno de la Habana de otros compañeros suyos que, como ellos, quisieron recordar al mundo la categoría humana de los españoles – Loriga, Martínez Esteve y González-Gallarza, tres ilusionados oficiales, y sus tres mecánicos, Perez Sánchez, Calvo, y Arozamena.

El viaje resultaría accidentado: una grieta dejaría en seco uno de los aparatos y Martínez Esteve y su mecánico permanecerían perdidos en el desierto durante cinco días antes de ser avistados por la Royal Air Force inglesa, por lo que no podrían reanudar el vuelo. Luego Loriga se vería obligado a detenerse involuntariamente en China por una causa parecida, enfrentándose a una situación kafkiana de masas alteradas e ininteligibles con las que, para hacerse comprender, el piloto recurriría a expresarse mediante sus dibujos. De ahí que sólo llegase a Manila, con el apoyo de los portugueses de Macao que les rescataron de las aguas cuatro días más tarde, uno de los tres aparatos albergando a ambos pilotos. Téngase en cuenta que los tres habían sacrificado el puesto de navegante por asegurar el de los tres mecánicos, y que los procedimientos para orientar su curso eran absolutamente primitivos si los comparamos con los de hoy en día.

Ni que decir tiene que el éxito de la aventura fue noticia de primera página y de repercusión mundial, y que la reacción de los filipinos resultaría clamorosa y plena de emoción y reconocimiento.

El caso es que hoy una convocatoria para mostrar un libro en el que los protagonistas dejaría memoria de su prodigiosa hazaña, sería también ocasión para revelar toda una serie de coincidencias entre las dos familias. Efectivamente, entre los sucesores de ambos aviadores se han forjado, con el paso del tiempo y sin que algunos de ellos mismos lo supieran, los invisibles lazos de una amistad fraterna. Mas no sería ésta la única coincidencia, pues quienes por diversas circunstancias representaron en el acto a aquellos dos hombres admirables habían seguido también, cada uno por su cuenta y de uno u otro modo, la profesión de nuestros héroes y coincidido en varias circunstancias personales. Así, ambos habían seguido la carrera de las armas y se habían hecho militares y pilotos: el hijo de González-Gallarza alcanzaría al más alto escalón de la milicia por méritos absolutamente propios, y el portavoz de los Loriga en razón de matrimonio, además de pasar por la academia de Segovia como lo hiciera el osado aviador gallego, sería uno los pocos, por no decir el único, que hoy reuniría – en este caso por gracia del destino – los títulos de piloto de avión y de helicóptero; o sea, como reuniría ambas capacidades el aviador homenajeado, quien en su breve vida – moriría el año siguiente al de la hazaña en accidente aéreo – sería, el primer hombre en colgar del rotor una aeronave; segundo y relevante hecho de repercusión mundial para la aeronáutica protagonizado por él mismo.

Así que en esta tarde mágica de la presentación de un libro se encontraban, rindiendo honores a sus antecesores muchas vidas entrecruzadas a través del tiempo – las de dos españoles que acudieron a la llamada del deber y las de sus descendientes – mientras fuera, en la calle, se oía el el lloriqueo de quienes no paran de lamentarse de sí mismos convencidos de que los españoles no llegaremos nunca a parte alguna. Y haciéndoles el eco, el gruñido de quienes odian a su Patria y estúpidamente abjuran del pasado.

Oído lo cual uno debiera preguntarse cómo es posible que los mismos españoles no recordemos quienes fuimos en el mundo y hasta quienes hemos sido hasta hace poco, cuando nosotros mismos demostramos de lo que éramos capaces en Europa. Pero ¿qué podemos esperar de una educación que, como la española, olvida las lecciones de la Historia y no transmite a los niños y a los jóvenes el imperioso recuerdo de sus héroes?

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