Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Cavilaciones musicales

Tres foramontanos en Valladolid 25 Mar 2016 - 07:29 CET
Archivado en:

Por Javier Pardo de Santayana

( El pianista Arkadi Volodos)

Recital de piano en el Auditorio Nacional*. Unos amigos nuestros no han podido asistir y nos pasan amablemente las entradas. Así tengo la posibilidad de disfrutar del arte de un formidable intérprete, verdadero prodigio musical capaz de expresarse con vehemencia pero también con la mayor delicadeza sin consultar la partitura.

Leo la larga referencia del programa después de haberle oído – puesto que antes sólo tuve tiempo para enterarme de lo esencial – y llego a la conclusión de que un buen número de matices atinadamente expuestos por el crítico coinciden con apreciaciones percibidas por mí mismo, pobre lego en los misterios del solfeo. Pero no es a esto a lo que hoy quiero referirme. En efecto, como ustedes quizás sepan ya sobradamente, mi tendencia natural me impulsa con frecuencia a concentrar mi atención en aspectos para mí asombrosos si bien inapreciables para la mayoría de la gente.

Me explicaré confesándoles a ustedes que – sin riesgo de minusvalorar la extraordinaria exhibición del pianista – mientras me dejaba seducir por su impresionante exhibición de inspiración y virtuosismo mi atención curiosamente se centraba en lo que aquella tenía de milagro consideradas las limitaciones propias de la naturaleza humana. Al ver al artista en su pequeñez y sumido en el silencio antes de poner sus manos en el teclado del piano, y constatar acto seguido esa capacidad de hombre y de artista que le permitirían transformar su realidad y la de toda la audiencia envolviéndonos durante dos horas en un ambiente mágico, no pude por menos de recordar una significativa frase suya: “Para mí, tocar es algo fundamentalmente intelectual. Noventa y cinco por ciento, cerebro; cinco por ciento, dedos. Las manos sólo realizan lo que está en tu cabeza y en tu corazón”.

Al leer lo cual pensé, efectivamente, en el cerebro del pianista, esa pequeña maravilla creada por la voluntad de Dios: esa pequeña cosa de tamaño mínimo que podría abarcarse con una mano apenas, ese regalo carente de la aparatosidad de cualquier otro ingenio humano; ese “software” construido de sustancia viva por un humilde útero; ese tesoro casi oculto en medio de la gran Sala Sinfónica de nuestro Auditorio Nacional que luego nos mostraría toda su inmensa potencialidad y nos movería a la emoción.

Porque cuando estamos acostumbrados a buscar razones y proporciones en las cosas, a idear maquinarias que aprovechan las leyes de la física y la química o a tropezar con dificultades a la hora de hacer funcionar nuestros inventos; cuando nos vanagloriamos de haber arrancado sus secretos a la vida creyéndonos que estamos creando alguna cosa cuando, sin embargo, todo está ya a nuestra disposición en la naturaleza, topamos de pronto con constataciones como ésta: que hay millones de notas musicales perfectamente recordables y de alguna forma conservadas durante años dentro de nuestro cerebro – y no digamos dentro del cerebro del pianista – listas para salir en el debido orden, convertirse en órdenes supongo que de naturaleza química, actuar con celeridad increíble y precisión extrema sobre los músculos, activar el movimiento de los dedos con la fuerza en cada instante requerida, y golpear con precisión las teclas siguiendo el deseado ritmo y actuando simultáneamente pero de forma distinta en uno y otro brazo. Y no sólo de forma mecánica, sino imprimiendo a todo lo largo del proceso la sensibilidad del arte – esa dimensión inexplicable – hasta que, concluida la interpretación, el artista se detiene y la naturaleza nos regala también la maravilla del silencio para ayudarnos a sentir el contraste y valorar el ramalazo creativo que tuvimos la suerte de vivir durante las dos horas precedentes.

Cualquiera que haya vivido la fragilidad de un sistema tan complejo al que acosan el autismo y el alzheimer, la locura o simplemente los efectos de la senectud, comprenderá lo que supone una exhibición como ésta. Y aún cabe asombrarse de que los recuerdos que en cada momento arrancamos desde la soledad de la memoria en la profundidad ignorada del cerebro para emplearlos en lo que en cada instante surja – en este caso para recrear la maravilla de unas variaciones de Brahms o de una sonata de Franz Schubert -, cohabiten en nuestro interior más íntimo con otros millones y millones de recuerdos: de datos y de números, de horarios y de anécdotas, de nombres, de cosas realizadas o aún pendientes de hacer, de impresiones remanentes de la infancia, de imágenes vividas, de teorías aprendidas, de gestos familiares, de momentos mágicos o irrelevantes, de rincones de nuestra propia casa, de noticias antiguas o recientes; incluso de cosas olvidadas. Y no podremos comprender cómo, entre todo ese barullo variopinto y aparentemente desorganizado cuya ubicación y naturaleza desconocemos, el artista es capaz de extraer instantánea y oportunamente, con precisión de relojero, los miles de notas que precisa en el orden y a la velocidad que necesita, frenética incluso en ocasiones, para convertirlas, además, en arte.

* Arkadi Volodos, San Petersburgo, 1972. Ciclo de grandes intérpretes.

PS: Mención aparte merecería una cavilación sobre cómo se materializa la memoria musical, sobre todo aquella que no tiene siquiera el apoyo de una partitura, puesto que carece de acontecimientos, conceptos o imágenes de referencia. Yo mismo me sorprendo a veces canturreando sin motivo aparente una melodía que durante decenas de años pareció no existir en mi memoria.

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by