Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Sansón en El Norte de Castilla, el pasado día 23) (*)
Nuevo atentado masivo en el corazón de Europa. Misma zona del mundo, mismos autores y misma reacción. Mismas frases convertidas en eslóganes. Mismas lamentaciones, mismo rasgado de vestiduras. Y misma exhibición de desamparo.
Todos somos el sitio en que ahora toque, así que ahora somos belgas. Los reporteros sacan del archivo los datos acumulados y se esfuerzan vanamente en decir algo que suene a nuevo, mientras las autoridades piden a sus secretarías que envíen los mensajes oportunos. Así que aunque sabemos que las “fuerzas y cuerpos de seguridad” ya estaban más o menos alertadas y no paran de esforzarse por localizar posibles terroristas – es decir, que afortunadamente hay mucha gente que nunca soltó presa – no parece que la situación general haya cambiado mucho, así que no tardaremos en repetir los gestos.
Lo que estamos viendo es, en realidad, la gran fiesta de la hipocresía. Porque muchos de los que más lloran y proclaman su fraternal solidaridad ni siquiera han dado un primer paso para evitar tanta tragedia. Por ejemplo, aquí en España hay más de cinco millones de habitantes que soportan un partido que – asómbrense ustedes mis lectores – ha rechazado unirse a quienes hace unos meses firmaron un pacto contra el yihadismo, es decir, contra los autores de los atentados de Bruselas y los desolladores del “Estado Islámico”. Esto pese a que el terrorismo no es cosa en absoluto ajena para los españoles. Es más, no creo que haya uno sólo de los que le votaron que no hayan vivido repetidamente jornadas de luto en nuestras calles: escenas terribles difíciles de soportar para cualquier alma sensible; imágenes que incluso le aconsejarían adoptar algunas precauciones personales. O sea, que o son unos malvados o son unos irresponsables peligrosos.
Usted dirá que no habrán caído en la cuenta de a quiénes votaban en realidad, que les faltaría información. Pero el caso es que debieron saber en dónde se metían y en qué lío nos metían a todos, porque los responsables del partido bien que nos dijeron quienes eran y en qué pretendían enredarnos. En resumen, todos sabíamos cumplidamente de sus amistades y proyectos. Sabíamos, por ejemplo – porque los hemos visto en la televisión – que son amigos y admiradores de los gerifaltes de ETA y de mucha otra gente impresentable; gente sin sitio en un lugar civilizado como Europa. Y algunos de los que les votaron indagarían sobre su procedencia en Wikipedia o en alguna otra fuente a nuestro alcance, y sabrían que el padre del líder había pertenecido nada menos que al siniestro FRAP, dato éste significativo pero que curiosamente casi nunca sale a colación por si a los tontos útiles les diera por argumentar que una cosa son los padres y otra la conducta de los hijos. Así que si el ya citado líder llora por la muerte de las víctimas de París y Bruselas nadie debiera ser tan crédulo como para tomarle en serio. Y sin embargo le votaron.
También oirán ustedes los llantos jeremiacos de quienes lamentan estas cosas y sin embargo se muestran comprensivos con los asesinos cuando no directamente amigos o compadres suyos, quizá porque se beneficiaron de sus atrocidades (recuerden la parábola del árbol y las nueces). Claro que una cosa es hablar de España y otra de Bélgica o de Francia; que el sillón y la moqueta del poder político obligan a hacer algunas concesiones de muy difícil justificación. Pero de constatar este hecho a tragarse lo de la solidaridad hay un trecho bien largo, así que les aconsejo que no les crean nada de lo que digan al respecto.
Tampoco crean ustedes mucho a quienes un día se dijeron que, como a todo se puede encontrar la parte positiva, un atentado podría ser ocasión bien propicia para desacreditar al gobierno y trincar el poder aunque esto fuera a costa del cumplimiento de un mandato constitucional como el que obliga a respetar la víspera de unas elecciones generales. Lo cual exige tener el rostro bien endurecido cuando el mismo presidente del gobierno acababa de salvar la vida de milagro y se habían producido movilizaciones multitudinarias para reforzar la unión de todos frente al terrorismo. Claro que también hay que ser ignorante y malcriado para, existiendo como existe una situación de alta amenaza en un ámbito global, apelar a la solidaridad internacional después de – agárrense que viene curva – haber declarado la intención de… ¡suprimir el Ministerio de Defensa! O para expresar sus condolencias después de haberse permitido hacer alarde de la incomodidad sentida ante la presencia del ejército en un programa educativo.
Y sin embargo ustedes verán a unos y otros escenificando su desolación por tanta muerte cruel, alabando incluso la exhibición de patriotismo de unas banderas nacionales de otros mientras ellos renegaban de la propia o reclamando más orden y mayor seguridad en beneficio de la “ciudadanía” cuando se rasgarán las vestiduras ante el más mínimo gesto de firmeza. Y las verán también hasta apelando a la unidad de todos al tiempo que proclaman nada menos que la desobediencia de la Constitución. Actitudes todas ellas inimaginables en cualquier otro país civilizado, pero favorecidas por la flojedad de las respuestas habituales ante la arrogante presencia de los nuevos barbaros, hoy exponente sobre todo de la perdida de voluntad y de prestigio de los norteamericanos, incapaces de proyectar una mirada a largo plazo que prevea el borrascoso futuro que ya asoma y de asegurar en consecuencia la supervivencia de Occidente como sede y origen de nuestros principios esenciales.
Así que detrás de los lamentos, de la solidaridad fingida, de los eslóganes y de toda la parafernalia del buenismo, no vemos nada realmente eficaz para enfrentarse con seriedad a la amenaza de la estrategia terrorista, que encuentra su mejor aliado en las primeras planas de nuestros periódicos y en los resúmenes de los telediarios.
PS: Y aún habría que citar a quienes – como los alcaldes de dos importantes capitales españolas – han atribuido la culpa de las muertes a los propios gobiernos europeos por haber provocado la respuesta, es decir, con los mismos arteros argumentos urdidos a raíz de aquel “11 de Marzo”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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