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Un spa infantil

Tres foramontanos en Valladolid 20 Abr 2016 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Ann Pember en amantesdelaacuarela. blogspot.com) (*)

Leo que en el mismo Oporto, no lejos de donde comparten hogar Iker Casillas y Sara Carbonero, se acaba de inaugurar un nuevo “spa” con una característica especial. Quede claro de inicio que un “spa” es en realidad un balneario, palabra española que no debiera ser desconocida por cuanto fue de uso corriente durante más de un siglo en nuestros pagos como lugar de reposo y recuperación recomendada frecuentemente por los médicos para alejar a los pacientes de lo que llamamos estrés en nuestros días.

Eran los balnearios instalaciones bendecidas por la proximidad de aguas termales, y en ellas se tomaban baños relajantes y se bebían aguas que aportaban a los cuerpos beneficiosos principios minerales. España contaba con varios ejemplos importantes de lugares que gracias a la existencia de vestigios de una antigua actividad volcánica ofrecían esta posibilidad de compaginar una función medicinal con el negocio de la hostelería.

Yo recuerdo, sobre todo, el balneario de Solares, por delante del cual pasaría muchas veces camino de Santander hasta que se construyó la autovía del Norte. Entonces, indefectiblemente, recordaba que mi padre estuvo an aquel sitio muchas veces acompañando de niño a su familia y también que él disfrutaba sobre todo de la puerta giratoria de entrada, ese invento fascinante que permite dar vueltas y vueltas para llegar siempre al mismo sitio. La impresión de entonces me volvería de golpe a la memoria cuando anunciaron aquella película de tesis titulada “El año pasado en Marienbad” a la que tantos sentidos semiocultos sacarían los estudiosos de la cinematografía. Yo me quedé simplemente con la duda de si aquel título tenía o no una coma en medio, para saber si se refería a que el protagonista había pasado un año entero en el balneario o a que los acontecimientos del guión ocurrieron el año anterior al que el filme nos mostraba.

Fuera el caso que fuera lo sucedido en Marienbad, el ambiente de los balnearios tenía un sabor especial que yo relaciono con el final del siglo XIX y el comienzo del XX: un ambiente refinado de lo que se llamaba “gente bien” y un cierto sabor cosmopolita, como de conexión con lo mejor de Europa. Mas yo nunca nunca llegué a visitar ninguno de ellos por mucho que bastantes de mis compañeros sean fieles adictos a Archena, a donde suelen acudir para jugar al mus con sus amigos mientras que sus esposas se embadurnan de lodos y otras sustancias supuestamente saludables. Conocí, por cierto, a dos que encontraron mejor vida nada más regresar de hacer los baños, y no sé si adjudicar la circunstancia a los efectos de un relajo excesivo, o – buscando un enfoque positivo – meditar sobre la suerte de haber pasado directamente mejor de las delicias del balneario a las propias del mundo prometido.

Y, sin embargo, también una imagen tan consolidada y con arraigo como ésta ha acabado siendo objeto de la acción disolvente de la modernidad mal entendida. Ahora ya no se habla de balnearios, sino de “spas”, sin saber probablemente que “spa” es un término de origen belga que reproduce al nombre de una localidad de aquel país que, por albergar un importante balneario desde hace mucho tiempo, fue tomado como sinónimo de todos. En cuanto a su llegada a España, donde aquí los balnearios llevaban más de un siglo funcionando, responde a la eterna historia de nuestro papanatismo; es decir, que es una muestra más de esa ignorancia que lleva a adoptar palabras extranjeras sin saber que corresponden a cosas conocidas. Y tan utilizadas antes de su “descubrimiento” que, aún hoy, se contabilizan hasta sesenta y tantas instalaciones de este tipo.

Mas no sólo estamos a punto de abandonar un término clásico suficientemente significativo, sino que hablamos ya de “spa” para referirnos a una simple piscina con un par de aparatos para practicar gimnasia, y así hablamos de “que tal hotel cuenta con su correspondiente spa”. O a que no se quién, que está forrado, montó un “spa” en su propio domicilio.

Bueno, pues volviendo al principio de mi artículo, la ridiculez actual raya ya en lo sublime con la noticia de que en Oporto se ha inaugurado un “spa” para niños de 3 años como máximo. Para mí que este “spa” no está enfocado a su beneficio sino a sus padres y sus amistades; en primer lugar, porque los niños no necesitan untarse de ungüentos y lodos para ser felices, ni tienen un estrés que valga, ni viene a cuento darles masaje relajante alguno. Sí que puede servir, desde luego, para que sus papás se desembaracen de ellos y jueguen al mus – quizá mejor al “bridge” – sin que los niños les molesten.

Creo que esta es, por tanto, una ocasión más de gastarse el dinero o de sacárselo de los bolsillos respectivos a quienes tienen tanto que no saben ni qué hacer con él o gustan de presumir de estatus en los ambientes refinados de la Sociedad de la Opulencia. Desde luego a mí nadie me preguntó al respecto, pues a quienes se plantean estas cosas les habría recordado que hay un millón de posibles iniciativas para emplear los excedentes y hay demasiados niños con hambre y demasiados padres que no llegan a final de mes. Y conste que, hablando de “spas” infantiles yo mismo tuve la ocasión de asomarme a estos refinamientos en la maternidad londinense donde nació una de mis nietas, a la que, casi recién nacida, aplicarían un masaje de aceite relajante a cargo de una señora filipina mientras ofrecían un baño caliente en familia a sus padres y hermanos para recuperarse del reciente trance. Como también proponían a los visitantes, para consumir en en el amplio dormitorio de la parturienta, un delicioso almuerzo presentado bajo aparatosas cubiertas de plata.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1597/26296177326_f1f06b833c_o.jpg

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