Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Manuel Gutiérrez de la Concha en el libro homenaje editado por Caja Cantabria) (*)
Como solía decir el periodista Luis Herrero, me juego una caña con pincho de tortilla – esta vez para apostárselos a usted – a que no tiene ni idea de cuál fue la primera guerra de los Estados Unidos como nación independiente. Y a que usted no se creerá si yo le digo que fue contra el pachá de Trípoli; es decir, muy lejos de lo que cualquier persona culta esperaría, y con un enemigo insospechado. Yo me enteré de esto tan sólo hace unos días en el curso de una comida de compañeros míos de promoción. Por el cafelito andábamos cuando surgió la conversación, y créanme que la suscitó un ilustrado y prestigioso amigo mío que que vivió varios años en Washington.
Se refirió mi amigo, efectivamente, a la primera guerra de los norteamericanos, y también, en consecuencia, a la primera actuación de los “marines”. Así que se lo contaré con más detalle, añadiendo para su tranquilidad que tampoco yo supe nunca nada de este hecho pese a haber vivido bastantes años en aquel país y haberme movido en el ambiente militar.
El caso es que, durante siglos, la amenaza de los barcos corsarios procedentes de Túnez, Argelia, Trípoli y Marruecos había sido tal, que para evitar que arrasaran los pueblos de la costa, éstos se construían a distancia del mar, donde podían ser avisados de la proximidad de los piratas por los vigías apostados en torres avanzadas desde las que podían atisbarse cuando de aproximaban.
Así, para cuando los Estados Unidos se convirtieron en un país independiente era normal pagar tributo a los países ya citados por la protección contra tales desmanes, que incluía la exigencia de entrega de dinero para la liberación de los cautivos, retenidos bajo la justificación de los preceptos del Corán y la condición de cristianos que tenían. Determinadas órdenes, como las de los Mercenarios y los Trinitarios, colaboraban al rescate solicitando aportaciones a los fieles. Ahí tenemos a Cervantes, prisionero en Argel durante cinco años, como ejemplo.
Y esto es lo que vieron inicialmente los norteamericanos – quienes ya desde el primer día tuvieron interés en mantener su comercio exterior sin sobresaltos – hasta que decidieron enfrentarse decididamente a este chantaje. Trípoli les desafió entonces humillando a la bandera de las barras y estrellas ante el propio consulado yankee; gesto curioso de declaración de guerra.
Pero el orgullo y el interés comercial de los gobernantes tropezaban con la carencia de una flota, ya que hasta que llegó la independencia la única existente en USA fue la inglesa. Habría, por tanto, que crearla incluso contra la opinión del presidente Adams, por lo que hubo que esperar a un nuevo presidente. Y de este modo se produjo la respuesta. Una respuesta que daría lugar a una guerra verdaderamente curiosa, salpicada de episodios llamativos, como aquel combate en el que los contendientes de cada uno de los dos países – Trípoli y Estados Unidos – actuarían desde sendas embarcaciones pertenecientes en origen a sus correspondientes adversarios. O en la que ganarían los norteamericanos, pero sin dejar de pagar al enemigo el rescate de sus prisioneros. O aquel estreno de la infantería de marina yankee pero con sólo ocho soldados. O el acontecimiento de ver por vez primera la bandera de barras y estrellas sobre el cielo de un continente ajeno.
Claro que eran las primeras horas de lo que con el tiempo llegaría a ser una potencia de ámbito mundial, y lo que allí ocurría no eran sino los balbuceos de una nación potente y ambiciosa con decidida presencia en todo el ancho mundo: la del “Destino manifiesto”, que entonces sólo tenía el objetivo de erradicar una amenaza – la piratería – que campaba por el Mediterráneo y era utilizada como fuente de financiación mafiosa por los mandamases “berberiscos”. Un mar donde ya en siglos anteriores se habían producido parecidas acciones españolas, como aquella expedición del Emperador Carlos para, en un golpe de autoridad que iba bastante más allá de las habituales precauciones defensivas, alcanzar La Goleta, clave del dominio territorial de un Túnez regido por el famoso Barbarroja. Ahora eran los norteamericanos quienes lucharían en aquellos mismos escenarios y culminarían sus operaciones – bloqueos, bombardeos, combates singulares y abordajes, todos ellos de carácter naval más o menos típico – con una larga marcha de Alejandría a Derna: 800 kilómetros de puro desierto para destronar al Pachá y sustituirlo por su hermano mayor, que estaba en el exilio. Quinientos hombres la realizaron, casi todos mercenarios africanos, pues tan sólo los ocho referidos “marines” y un simple marinero eran ciudadanos norteamericanos.
De esa acción decisiva de la primera guerra hecha por los Estados Unidos como nación independiente queda – tomen nota los amantes de los hechos curiosos de la Historia – una estrofa del himno de aquella nueva Infantería de Marina hoy conocida como “los Marines”. Una estrofa que le habría sorprendido a usted sin duda, a menos que ya la conociera y conociera también esta curiosa historia que les he contado.
Reza así:
“From de halls of Montezuma
to the shores of Tripoli
we will fight our country battles
in the air, on land and sea…”
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1669/26484769206_e5fe3deef9_b.jpg
Home