Por Javier Pardo de Santayana

( Azul, blanco y verde. Acuarela de Jesús Lozano Saorín en artesaorin.blogspot.com.es. 46 x 62) (*)
En una conversación familiar me entero de rebote de que alguien ha desvelado un tema sumamente interesante para este blog de mis pecados, siempre atento a cualquier asombro nuevo. El asunto en cuestión tiene sus tonos divertidos y también algo cochinos como verán ustedes, pero espero que sean aceptados teniendo en cuenta que se refieren a costumbres foráneas y de merecido respeto y consideración. En efecto, pocas cosas habrá más respetables e incluso más admiradas por la mayoría de los ciudadanos de cualquier país honesto que la corona inglesa, tan exigente y circunspecta en materia de comportamiento.
Ustedes me concederán que el tema es bien curioso habida cuenta de lo que se trata, y muy especialmente si consideramos que se inició en el siglo XVI y se mantuvo hasta comienzos del XX, es decir hasta unos tiempos tan recientes que para entonces mi padre contaba ya con seis años de existencia. Sabido es que los briltánicos hacen cosas tan raras como tomar todos los días el té a las cinco no importa dónde estén, o sentarse codo con codo en el Parlamento, donde hablan de pie desde una mesa baja dando la espalda a la mitad del foro. También sabemos que miran al resto de la gente por encima del hombro como si la perdonasen el no ser inglesa, y que tan amigos son de sus tradiciones que aún conservan los taxis de toda la vida y los atuendos de la policía, mientras nosotros, que estamos como entontecidos con el cambio y la modernidad, no podemos resistir la tentación de tirar cuanto tenemos por la borda en cuanto surge la ocasión propicia.
Otra cosa a retener es que la gente inglesa está encantada con los títulos más o menos nobiliarios que tanto molestan – seguramente por envidia – a la izquierda española y no digamos a los de la Cofradía de la Malababa. Y a eso voy yo, porque uno de los más empingorotados títulos ingleses es aquel al que me referiré precisamente en este artículo: el de “Groom of the Stool”, que algunos maleducados españoles de hoy en día traducen por – perdónenme el palabro – “Limpiaculos” (que éste sí que habría podido ser un título con buen tirón para este artículo si no fuera por cierto pudor mío)*. Cuarenta y seis “Grooms” he contabilizado yo con nombre y apellido a lo largo de la Historia de Inglaterra, en una sucesión tan sólo interrumpida por Isabel I, que preferiría para el puesto a una “Lady of the Bedchamber”, o sea “del dormitorio”.
Para que ustedes sepan, hablamos de un personaje palaciego cuya importancia será imposible soslayar, puesto que, mientras existió, el mencionado título les fue aplicado a quienes debieron compartir la intimidad del rey auxiliándole en el aseo de su cuerpo y muy especialmente en los manejos que requiere la molesta y antibritánica costumbre de deshacerse del producto final de una digestión inevitable incluso para los ingleses. Y no es difícil imaginar las dificultades que había que superar en tal empeño, sobre todo cuando los monarcas iban revestidos de largas y voluminosas prendas de abrigo o de complementos representativos de sus altas responsabilidades oficiales.
Era, pues, tarea muy honrosa que ambicionó la nobleza del país, que se esforzaría por colocar a sus hijos en aquel puesto, favorecedor de una envidiable cercanía a su monarca que le haría conocedor sus más íntimos suspiros. Fíjense ustedes que uno de los agraciados llegó a ser primer ministro, y que el puesto llegaría a incluir un papel de tanta importancia como era la gestión fiscal, que a esto seguro le sacarán la punta ustedes. Mas no todos corrieron igual suerte, pues uno de los “Grooms” de Enrique VIII fue – aunque esto no sea noticia – ejecutado por orden del monarca, celoso de la intimidad del joven con su señora esposa, a la que también ejecutó como solía. Ustedes la conocen: se llamaba Ana Bolena, que ha salido en el cine varias veces.
Naturalmente, a la hora de organizar la agenda real, los “Grooms of de King´s Close Stool” – que éste fue su título completo* – advertirían a los secretarios de los horarios en los que el monarca acostumbraba a acudir a su segundo trono, y en esto serían meticulosos al extremo. Y supongo también que además de eso evitarían los contactos demasiado directos con determinadas partes de la fisonomía real, que manejarían con sumo cuidado para no herir su sensibilidad ni ser tomados por chapuzas**.
* El significado de stool es el de un asiento sin respaldo; en esta ocasión para el uso que usted bien imagina. Por lo que se ve sería trasladado allá donde fuera en cada caso necesario para compensar la ausencia de lo que hoy llaman “servicios” teniendo en cuenta las distancias existentes en las grandes mansiones y palacios, y la posibilidad de apretones y de urgencias.
** Esto es Historia; no se escandalicen.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1503/26429809622_4dde7bc383_b.jpg
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