Por Javier Pardo de Santayana

( Alfa de Centauro, foto en Google) (*)
La idea parece increíble, pero tiene explicación: aborda una posibilidad apocalíptica pero en el fondo práctica, pues no parece ocioso suponer que algún día el sol se apague dejándonos a oscuras, o que antes recibamos la desagradable visita de un meteorito, que, dándonos de lleno, nos desgracie. Al fin y al cabo, esto ya sucedió hace tiempo y nos dejó sin los famosos dinosaurios. Además recordemos que hoy mismo hacemos seguimiento de cuantos objetos andan por el espacio y pudieran caernos cualquier día encima: la famosa “basura espacial” que yo vi “in situ” al visitar el Centro de Defensa Aérea norteamericano excavado en el interior de una montaña en Colorado. No será inútil, por tanto, preparar la emigración hacia otro sitio más tranquilo.
Ocuparse de cosas como éstas y pensar lo que podría hacerse si esto ocurriera, es precisamente lo que ha hecho un personaje conocido – Stephen Hawkings – de quien dicen que ha propuesto un plan que ha convencido a varios millonarios y científicos; entre los primaros al inventor del Facebook que ustedes ya conocen. Y por ahora parece que la cosa ya va en serio: el plan consistiría en enviar por primera vez algo fabricado por el hombre al sistema estelar más próximo a nosotros, que es el de la estrella conocida como Alfa de Centauro, el “otro sol” que tenemos más cercano, y que, por tanto es el más accesible si es que este adjetivo puede serle aplicable, ya que – fíjese usted, improbable lector mío – está a una distancia de nosotros que se calcula en 4, 37 años luz, cuando ésta, según es bien sabido viaja a la friolera de 300.000 kilómetros… ¡por segundo!
Y aquí es donde uno se pregunta, ¿por qué no pensar en la Luna o en el planeta Marte? Pues a la luna ya llegamos y ahora estamos pensando en ir a Marte; además tanto aquélla como éste se pueden alcanzar en mucho – pero mucho – menos tiempo. Dado lo cual supongo, aunque a nadie le he oído esta razón, que mientras preparamos una sonda a Alfa de Centauro quizá llegara a conocerse si por aquellos andurriales cósmicos – para abordar los cuales hay que pasar la edad de una generación tan sólo en el viaje – existe algún planeta parecido al nuestro.
En cualquier caso la idea parece consistir en trasladarnos a un lugar del universo algo más amigable que los dos que ya hemos visitado o pensamos visitar en breve si conseguimos lo que pretende el proyecto de la Agencia Espacial Europea (ExoMars 2016). En todo caso, un viaje huyendo de la quema supondría comenzar de cero en nuestro nuevo lar con la ventaja del conocimiento adquirido aquí en la Tierra, aunque, como es de suponer, tan sólo se salvara del desastre un puñado de nuestros sucesores.
No entro en demasiadas consideraciones acerca del sistema porque probablemente algo les ha llegado ya de todo esto. Un cohete de porte considerable ascendería hasta poner en órbita una nave madre cuyo vientre albergaría miles de naves diminutas que serían impulsadas desde nuestro planeta por medio de unos poderosos rayos láser que las acelerarían hasta que llegaran a alcanzar una velocidad impresionante. Seguramente muchas no sobrevivirían, mas no se pierde la esperanza de que algunas llegaran a algún sitio. Dije que las pequeñas naves serían ciertamente “diminutas”, y dije bien porque se trataría como de pequeños trozos de unos pocos cientos de átomos de espesor, y de menos de un gramo de peso, que bien poco es esto. Eso sí, tendrían en su centro toda clase de diminutos artilugios electrónicos: propulsores, cámaras, fuentes de alimentación y equipos de navegación y comunicación, lo que supondrá una verdadera millonada.
Pero ante tanta fantasía con vocación de convertirse en realidad por voluntad del hombre, lo que más me llama la atención del gran invento son las contradicciones aparentes; esas múltiples cosas que no parecen encajar según nuestra experiencia de la vida. Por ejemplo, me choca que esta aventura espacial sin precedentes provenga de la imaginación de un hombre inválido, en éste caso, que no puede moverse en absoluto; que ni siquiera puede hablar y que si llega a expresar sus pensamientos es gracias a la más avanzada tecnología y a una impresionante exhibición de voluntad.
También encuentro otra contradicción entre la grandiosidad abrumadora del cohete espacial que impulsará la nave y el último contenido de su carga: esa especie de pequeños recortes como papelillos troceados que nos recuerdan a los que arrojamos sin más a la basura. O entre la pretensión de alcanzar un sistema “solar” que se halla de nosotros a una distancia sideral y la escasa posibilidad de llegar a alcanzarlo. Tanto bulto para tan poca cosa… Y esto sin contabilizar el costo y las flacas posibilidades de éxito.
¿Y qué me dicen de la contradicción entre el vuelo sin limites de una imaginación que aboga por la salvación nada menos que de la especie humana y el espectáculo de los conflictos y las guerras que hoy vivimos? No digamos ya el de nosotros, españoles, que, ciegos ante la necesidad de buscar soluciones todos juntos, usamos la imaginación para acentuar las diferencias y trazar ominosas líneas rojas.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/2/1609/25987648223_91c8550561_b.jpg
Home