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Añoranzas del teatro y la zarzuela

Tres foramontanos en Valladolid 11 May 2016 - 07:49 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Tansu Özmen en Facebook) (*)

Muchas son las cosas de las que uno se priva por aquello de llegar a fin de mes. Música y teatro son placeres que, como las salidas a cenar de vez en cuando, muchos españoles tienen como habituales en sus agendas de ocio y sociedad. Pero como ya confié al improbable lector mío, “la austeridad soy yo”, y mi imparable empeño por hacer y crear me lleva a gozar más de mi imaginación que de las creaciones de otros, así que, por mí ahí no hay problema. Y hay recursos en el youtube y en la televisión que siempre nos permiten situarnos en la primera fila de cualquier entretenimiento que elijamos.

Sin embargo sí que hubo un tiempo de mi vida en que llegué a frecuentar en directo del arte teatral. Recuerdo, no ya sólo las sesiones infantiles del Teatro Fontalba de Madrid, sino también las de las compañías españolas que de vez en cuando visitaban Lisboa, o aquel “Baile en Capitanía” de Foxá en el Español que yo vi siendo un niño. Ahora me hace gracia pensar que ,además de haber vivido en una Capitanía, emparenté con la familia del autor.

También en mis tiempos de joven oficial frecuenté los teatros con la intención de conocer alguna que otra firma destacada, aunque luego ya sólo fui de tarde en tarde hasta que no ha mucho me dio por ver, también en el teatro de la plaza de Santa Ana, un “Don Juan Tenorio” que me decepcionaría en comparación con el que viera años antes. Y he asistido a la ópera varias veces en Madrid, en París, en Canarias e incluso en el Arriaga de Bilbao, donde tuve la ocasión, no sólo de cenar como invitado especial en el teatro mismo, sino también de saludar a los artistas al final de la representación. Y no me digan que no es emocionante dar la mano a un Mario Cavaradossi recién fusilado y con la camisa teñida de sangre.

Hablo del teatro porque en mi labor de recuperación y restauración de antiguos recuerdos familiares he topado con aquel teatro infantil que hizo nacer en mí la emoción de ver apagarse las luces y alzarse el telón para ofrecernos un escenario y una historia. Un teatro de corte clásico interpretado en formato reducido y que gozó del éxito como juguete refinado. De él me subyuga lo que me fascinó toda la vida: poder entrar en la “trastienda” de las cosas; en este caso, ver un escenario y su tramoya. Así que consulté con google, según el cual este juguete fue internacionalmente conocido. En cuanto a su autoría, vino a darme una pista el telón publicitario para los entreactos, en donde yo mismo encontraría, entre anuncios con un toque de humor, el nombre de la litografía en que se fabricó: la empresa de Seix y Barral, fundada el año 1911 y con residencia en Barcelona.

Del famoso teatro no se conservan ni personajes ni libretos para poner en pie las quince obras – algunas muy nombradas, como “La fierecilla domada” o El mercader de Venecia” del insigne William Shakespeare – pero sí todos los decorados con las indicaciones que permiten una correcta instalación. Y a fe mía que los hay insuperables, como el de la estación de ferrocarril de “Viajeros al tren”, o aquel del submarino hundido, donde se aprecia el oscilante movimiento de las aguas y los reflejos de la luz en las profundidades del océano. Así que no se trata tanto de aprovechar todas las posibilidades que nos ofrece esta reliquia, sino más bien de entretenerse montando aquellos escenarios fabulosos y recrearse en su contemplación tal como he hecho ver en una hoja de presentación en la que animo a las nuevas generaciones a que sepan valorar este recuerdo y también lo cuiden y lo disfruten.

Por otra parte no me parece baladí la casualidad de que este hallazgo haya coincidido con mi restauración de los muñecos de otro viejo teatro: el del guiiñol – o “guignol» como era entonces conocido – que mis padres montaron siendo jóvenes, ya que me ha permitido disfrutar repintando sus cabezas de “papier mâché”, mejorando los atuendos también deteriorados, y añadiendo aquellos complementos que caracterizaban a cada uno de ellos pero que se habían perdido con el tiempo. Luego identificaría a cada de los personajes uno con los nombres que les dieron mis padres e incluso grabaría un disco con una especie de pequeña ópera que aún tenía en mi recuerdo y que musicalmente se basaba en determinados retales de zarzuela; que esto me ha venido a recordar también que en aquellos mis tempranos años todos conocíamos de memoria mucha de la buena música de quienes tan inspiradamente supieron traducir en pentagramas el “alma” española de toda la vida: esa que algunos quisieran desterrar por aquello del cambio y del rechazo a la cultura propia. Mas no es éste mi caso, pues ahora estoy de nuevo oyendo en “Youtube” muchas de las grandes y pequeñas zarzuelas de la época. Y aún he de confesar que se me saltaron las lágrimas más de una vez. Porque ¿quién no se emociona al oír la impresionante salida de “Bohemios” (“Allá en lo profundo del alma bohemia”) o las jotas y el coro de los repatriados de “Gigantes y cabezudos” (“Por la Patria te dejé, ay de mí”)? ¿Y quién no disfruta con los evocadores compases de “La Viejecita”, de cuyo coro yo mismo formé parte de cadete en el teatro Juan Bravo de Segovia?

En fin, que la coincidencia de las dos operaciones de recuperación de mis recuerdos de hace casi ochenta años me parece significativa de lo que entonces suponía la presencia del arte teatral y musical entre nosotros y supongo que también entre los miembros de otras muchas familias vallisoletanas.

Veo y oigo estas cosas, sí, tranquilamente en casa, y sin alterar mi presupuesto soy capaz de sentirme sumergido en el mundo mágico de un arte que empecé a saborear por inducción de mi familia en el Valladolid de aquellos años treinta.

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