Por Javier Pardo de Santayana

( Corzo. Acuarela de Gonzalo Gil en arteinatura.blogspot.com.es. 37×50 ) (*)
Viajamos hacia La Montaña, o sea hacia lo que hemos dado en llamar Comunidad Cántabra: la antigua montaña de Castilla. Ya estamos en una primavera bien entrada pero por el momento con pocas amapolas. Algunas hay ya por donde vivo últimamente, pero no tantas como solía haber tan sólo hace unos pocos años, cuando escribí un artículo mostrando mi sorpresa por ver que todas habían surgido prácticamente al mismo tiempo. Luego recordamos el esplendor del rojo allá por las cercanías de Aranda, con los viñedos marcando los límites de los viñedos aún desnudos. El paisaje de aquel día era tan bello que necesitamos dar gracias a Dios por permitirnos disfrutar de él.
Surgirían en cambio los campos de colza. Sé que lo eran porque pregunté qué podían ser aquellos sembrados de amarillo denso y luminoso que se venían mostrando a nuestro paso aquí: en estas cercanías de Madrid que nos despedía y en algunos tramos de la ruta. Y puede que estuviera equivocado al sorprenderme, pero lo hice como si no los hubiera visto en mi vida; eran rectángulos perfectos en contraste con el jugoso verde de los campos vecinos. Yo ya había oído hablar, sí, de la colza, cuando aquello del aceite que destrozó vidas de gentes humildes que pretendían ahorrarse unas pesetas. Pero ni se me ocurrió pensar qué pinta tenía aquella planta oleaginosa y herbácea causante del desastre. Según Wikipedia, veinte mil fueron los afectados por el síndrome tóxico, y unos mil cien los fallecidos por la misma causa.
Ya saben ustedes que a mi ruta hacia Cantabria – que pasa por Burgos y por Oña, Trespaderne y Medina de Pomar para tomar después el puerto de los Tornos – la llamo yo “la ruta de los corzos”. Y por otros escritos igualmente míos saben que fue mi hijo, cazador avezado, quien me hizo ver que estos animalillos son de los más frecuentes en España: seres huidizos y temerosos de los hombres que permanecen escondidos en los bosques y salen a los sembrados a la caída de la tarde. También les dije que son como pequeños fantasmas cuya abundancia es poco conocida pese a que su silueta se repite en nuestras carreteras para alertarnos de la posibilidad de un accidente.
Sí; los corzos existen efectivamente y conviven con los humanos aunque procuren no coincidir con ellos; que por eso escasean quienes sepan que andan por todas partes. Yo lo supe como les tengo dicho, por mi hijo el cazador, y desde entonces miro a un lado y otro cuando viajo en horas asequibles, aunque rara vez los veo excepto cuando él viaja conmigo y me los hace ver. Sí que se me han cruzado dos corzas yendo solos mi mujer y yo: una al iniciar la bajada de Los Tornos y otra en la salida de Oña. Y los he visto también aquí en Guadalajara; tan cerca de mi propia casa que desde allí casi pude tocarla.
Lo que no había visto nunca, y esto ha sido para mí una gran noticia, es a un corzo al lado de la vivienda montañesa donde he pasado temporadas desde hace nada menos que sesenta cinco años. Ha ocurrido por primera vez ahora, a finales de abril del 2016; o sea anteayer como quien dice. ¡Menuda sorpresa! Culminábamos por fin nuestro viaje y estábamos entrando ya en el pueblo, lindante con la ría de Santoña, cuando vimos cómo uno de estos animales asomaba por entre los árboles a escasos metros de la carretera. Y, naturalmente, recorrimos los caminos escondidos entre eucaliptos y bosques en busca de calveros sombríos y trochas abiertas por el paso de nuestros amigos ignorados. Así descubriríamos sitios hasta entonces para mí desconocidos, como la “Fuente de la Teja”, donde el agua mana en el silencio allá en la soledad del bosque, o la antigua “Parada de la Diligencia”.
Luego comenzarían unas jornadas de trabajo intenso, casi inhumano para gentes de nuestra edad. Había que preparar la huerta, cosa que no convenía demorar, y también podar al ras los setos que crecieron y ensancharon desmesuradamente para acabar invadidos por las zarzas, cuya retirada se haría con ayuda de una camioneta provista de brazo extensible que de paso nos trajo una buena carga de gravilla. Digna de verse fue la enorme nube formada por las zarzamoras enredadas, que quedarían como flotando en el vacío.
Sólo falta decir que nuestro regreso se haría por la misma ruta, en un día perfecto hasta en el mismo Burgos, que esto sí que es noticia reseñable. Y que cogimos los corzos a destiempo, es decir, a aquellas horas en que, por si acaso pueden verlos, no se atreven a abandonar la sombra de los bosques.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7457/26704701652_da4fe67f7d_o.jpg
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