Por Javier Pardo de Santayana

( El doctor don Andrés Laguna) (*)
Escribo este artículo en una semana en que hemos celebrado varios acontecimientos relacionados con nuestro continente y su actual configuración política: entre otros, el cincuenta aniversario de la “declaración Schuman” – uno de los documentos germinales -, la entrega al Papa del prestigioso premio Carlomagno, que en su día recibiera nuestro Rey como reconocimiento a su crucial papel en la incorporación de España a las instituciones comunitarias, y la entrega por la Academia Europea de Yuste del premio a la impulsora del Programa Erasmus, hoy una realidad influyente a la hora de crear un verdadero espíritu común.
Y llega este momento de recuerdo y reflexión de lo hecho cuando constatamos el desfallecimiento de aquél impulso ilusionado que abrió camino a una transformación modélica que nos alejaría del círculo vicioso de la violencia cainita que nos caracterizó desde el comienzo de la Historia – dos guerras mundiales aquí generadas y todo un historial de luchas entre las naciones – y que nos situaría en el camino del acuerdo solidario y del desarrollo de una institución tan sabia y constructiva que permitiría desarrollar un “Sociedad del Bienestar” paradigmática para otras regiones del planeta. Su Santidad el Papa nos recordaría – heredero él mismo del genio europeo – lo que nuestro continente significa para el mundo y también su responsabilidad en lo que respecta a liderar la Humanidad hacia un horizonte de cordura y de esperanza. Sus palabras se fijaron muy especialmente en nuestros titubeos y flaquezas a la hora de afrontar uno de los grandes retos del momento: la acogida de las masas humanas que hoy se dirigen hacia nuestros pagos huyendo de la persecución y la pobreza.
Voces han surgido señalando que, pese a la inadmisible tibieza y confusión en la acogida a quienes sufren y hasta pierden sus raíces en el esfuerzo por salir con vida de una situación insostenible, conviene recordar que a las grandes migraciones que de esta forma hoy nos complican la existencia ni se les ocurriría dirigirse hacia países más próximos y afines por no decir más ricos; lo que hace ver que nuestro continente sigue siendo uno de los espacios más acogedores y que mejor vida parecen ofrecer al ser humano. O sea, que esta Europa nuestra se lleva los reproches de quien observa la situación actual siendo así que es la elegida a la hora de buscar algo mejor ante una situación desesperada.
He aquí un caso clásico en el que se aplica mayor exigencia a quien mejor y más ofrece a los que buscan solución a sus problemas. Para mí que en el fondo no se trata tanto de superar nuestra indiferencia a la acogida solidaria como de una falta de capacidad para reaccionar inteligente y organizadamente ante un reto cuyas repercusiones aún no han sido debidamente calibradas. O sea, de corregir algo parecido a lo que nos ocurre con la economía: una pérdida de impulso en el proceso de construcción del nuevo ente político, que quedaría así incompleto; fenómeno degenerativo que se habría iniciado cuando, agobiados por la acumulación de peticiones de incorporación a la Unión al concluir la “Guerra Fría”, abandonamos la línea implantada por nuestros padres fundadores – aquella combinación de idealismo en cuanto al objetivo y pragmatismo en el proceso – para caer en un feroz relativismo impulsado hasta desde el poder e incluso despreciar aquella base de tradición cristiana que fue nuestro sustento y que hoy es rechazada por nuestros ignorantes “nuevos barbaros”.
Todo lo cual me trae a la memoria la egregia imagen del doctor Laguna, un hombre de su época que, como Su Santidad el Papa, se plantaría un día en el corazón de Europa – en aquel caso en la ciudad alemana de Colonia – para proclamar en una intervención dramática su preocupación por el futuro de un continente que él presentaría, en un ambiente de crespones negros y hachones encendidos, como una mujer envejecida y demacrada. “Discurso de una “Europa que a sí misma se atormenta” fue el título de una conmovedora intervención de nuestro ilustre y prestigioso segoviano, de quien supe por primera vez – perdonen ustedes mi ignorancia – cuando yo mismo preparaba una conferencia – “Europa y las piedras elocuentes” – pronunciada días más tarde en el Salón de Reyes” del majestuoso Alcázar de Segovia.
El caso es que en los tiempos de don Andrés Laguna reinaba en nuestras tierras y en gran parte de Europa el emperador Carlos I, con quien el doctor mantuvo una privilegiada relación. Y que ya entonces existía la impresión, no muy distinta de la que hoy tenemos, de que todo se venía abajo estrepitosamente. Y no de extrañar, ya que el Imperio Otomano amenazaba nuestro continente como en nuestros días lo amenazan el terrorismo y la ambición de un supuesto y sangriento Estado Islámico, mientras los enfrentamientos religiosos asediaban la fe de nuestros padres como hoy los amenazan el feroz relativismo y la agresividad de quienes quisieran ver arder los templos. También nos hostigaban las luchas internas que se produjeron tras el levantamiento de los comuneros; disensiones estas que añadían al ambiente un creciente sentimiento de desánimo, a pesar de que entonces, bastante más que ahora, era Europa el centro intelectual y de poder del mundo y el más avanzado y organizado territorio del planeta.
Quizá por eso fuera Europa entonces capaz de hablar de sus problemas en tono de reproche. O de autoanalizarse como lo hace ahora de nuevo – esto es, a corazón abierto – en busca de arrepentimiento y de propósito de enmienda.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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